miércoles, 1 de agosto de 2018

Mi primera noche en el club Tabou

Ese día, yo estaba en la cocina picando cebolla, y me lloraban un poco los ojos. Él se me acercó despacio por detrás y se pegó a mí, abrazándome por la cintura. En mi cabeza parpadeó un letrero luminoso: «Uy, uy, este quiere algo».
―¿Por qué estás triste, cariño? ―me dice.
«Ya, ya, primero se hace el gracioso», pienso. De todos modos, yo me río de su tontería.
―Nada, que me da mucha pena esta cebolla ―le contesto, y me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano, sin soltar el cuchillo.
Ahora se ríe él. Pasan unos instantes.
―Hoy sábado por la noche sería un buen día para probar ―me dice, y me acerca los labios al cuello.
«Ahí lo tienes», pensé. Yo llevaba el delantal puesto y me había recogido el pelo en un moño. Sus labios me hicieron cosquillas en la nuca. Estaba preparando el almuerzo. En la cocina había un fuerte olor a especias y cebolla pochada.
―¿Probar el qué? ―le digo haciéndome la sueca. Intuía a lo que se refería.

miércoles, 25 de julio de 2018

Caprichos mañaneros de una gatita menesterosa

―¿Dónde vas?
―¿Cómo que dónde voy? ―le digo subiéndome los calzoncillos, girando la cabeza y mirándola de reojo―. Sabes que he quedado con Róber. Tengo partido.
Era domingo. Habíamos acabado de follar esa misma mañana. Eran algo más de las diez, y yo comenzaba a vestirme, sentado a un lado de la cama. Ella seguía desnuda, recostada de lado, dándome la espalda. Trataba de taparse los pechos con un trozo de sábana, pero tenía las piernas separadas y se le podía ver el vello del coño y los labios internos sobresaliendo ligeramente. Seguía húmeda.
―No puedes irte ―me dice tajante. Yo recojo los vaqueros del suelo para ponérmelos.
―¿Qué? ―le pregunto sin girarme.
―Que no puedes irte, no puedes dejarme así.
Detrás de mí, oigo el siseo de las sábanas. Estoy tratando de meter un pie dentro la pernera del pantalón, pero al escuchar su comentario me detengo. Me vuelvo a girar hacia atrás y, ¿qué es lo que veo?
―Tengo mucha necesidad… ―me dice. Los ojos se me salen de las cuencas. Se ha puesto a cuatro patas, dándome la espalda, y ha abierto ligeramente las piernas. Balancea su cuerpo hacia delante y hacia atrás, poniendo el culo en pompa y moviéndolo hacia los lados―. Y no puedes irte ―sigue diciéndome.

martes, 17 de julio de 2018

Las puertas del paraíso

Ocurrió aquel maravilloso verano en el que cumplí dieciséis años. Y digo maravilloso no porque me lo hubiese pasado genial ni nada parecido, qué va. Yo soy de un pequeño pueblecito de unos seiscientos habitantes, en un lugar de España cuyo nombre no voy a revelar, no vaya a ser que a mis catetos padres les dé por llamar a las autoridades, ir a por mí y joderme la vida de lujo que llevo ahora.
Yo odiaba aquel pueblo, ¿comprenden?, con todas mis ganas. No había gran cosa que hacer, más que oír a las marujas chismorrear todo el santo día, de balcón a balcón, hacer los encargos que nos mandaban las puñeteras monjas del convento, algunas de ellas antiguas profesoras de mi colegio de primaria, ir a la fuente a por agua con el cántaro a cuestas y ayudar a mi madre en las tareas de la casa. Lo de maravilloso lo digo ―y perdonen ustedes, que se me va la olla―, porque ese verano fue el que me abrió las puertas del paraíso.
Yo era una chavala muy atractiva, ¿saben? Bueno, a ver si nos entendemos: ahora, a mis 26 años, estoy todavía mejor, ustedes me van a perdonar, pero lo que quiero decir es que en aquel tiempo yo ya estaba la mar de buena. Sí, tenía solo dieciséis primaveras, pero tenía unas tetas y un culo que ya quisieran muchas para ellas.
Mi pelo era negro azabache, ligeramente ondulado, y lo tenía siempre muy brillante, precioso. Me llegaba hasta algo más abajo de los hombros. Era la envidia de mis compañeras de clase. Parecía una reina mora. Para colmo, siempre he tenido la piel muy blanquita, y mis ojos verdes me lucían bajo esa mata de pelo como dos esmeraldas.

martes, 10 de julio de 2018

La mamá de Carla

Al entrar, estuvo a punto de llevarse la mano a nariz. El ambiente estaba realmente cargado, casi espeso. Como mujer que era, su olfato registró de inmediato un olor que, si bien era excesivo, le produjo una punzada de excitación. No era más que una reacción instintiva, algo que no podía controlar.
Los chillidos de las zapatillas de goma sobre el parqué parecían emitidos por extraños animales persiguiéndose sin descanso. Bajo las altas paredes del pabellón, los sonidos se escuchaban amplificados y duplicados. Era como una inmensa caja de resonancia, en la que aquella música del movimiento y el ejercicio resultaba hipnotizante. En ocasiones irrumpían algunas voces estridentes desde las gradas, sonidos de palmas, alguna chica alentando a su adonis en pantalón corto, algún chico criticando una mala acción, y todo se mezclaba con los constantes jadeos y respiraciones agitadas de los jugadores que recorrían el recinto de una punta a la otra tras el balón.

martes, 19 de junio de 2018

Los juegos de mi prima Bego

¿Alguno de ustedes ha tenido la mala suerte de encontrarse con la mismísima perdición en su propia familia?
Yo sí, y se llamaba Begoña.
Era mi prima.
Bueno, sigue siendo mi prima, y se sigue llamando Begoña. Quiero decir que en aquel tiempo ella se convirtió en mi absoluta perdición. Menuda pieza...
No sabría decir cuándo empezó todo realmente, pero yo debía tener unos 9 años, y ella 13. De lo que sí me acuerdo es de que, ya por esa edad, ella comenzó a practicar juegos “sucios” conmigo. Hoy me atrevería a decir que me cogió como sparring para poner a prueba sus inquietudes sexuales.
Yo apenas podía hacer nada, casi no me daba oportunidad para reaccionar, tal era su empuje y su poder de persuasión. Tampoco era demasiado consciente en aquel momento de lo que sucedía. Me fui dando cuenta con el paso del tiempo.
Puede que ahora, a mis 24 años ―momento que he escogido para contarles esto―, nadie se alarmase porque una chica de 28 ―que son los que ella tiene― se me insinuara y coqueteara conmigo. Con la edad, las diferencias se diluyen, ¿verdad? Pero cuando yo era apenas un mocoso, esas diferencias eran enormes.

viernes, 8 de junio de 2018

Amor rojo, placer negro

―Gabinete de psicología Arco-Millares, le atiende Celina.
―Buenas tardes. ¿Podría hablar con la doctora Cebrián, por favor?
―No sé si está ocupada en este momento. ¿Es cliente suyo?
―No. Soy su pareja.
―Ah, disculpe. Le paso con otra línea, no se retire.
―Gracias.
Se oye el chasquido del teléfono, y a continuación los tonos de llamada. Alguien descuelga.
―¿Dígame?
―…
En el auricular, se oye una respiración.
―¿Hola? ―vuelve a preguntar la señorita Cebrián.
―Tiene las piernas muy bonitas, doctora.
Se escucha una voz gruesa y pausada, jadeante. Quien quiera que sea, está forzando la voz, tratando de pronunciar lentamente, arrastrando las palabras. Parece un degenerado. Ella está a punto de colgar, pero se toma unos segundos más. Responde:
―… ¿Perdone?
―Largas, estilizadas… La veo salir cada día, señorita Cebrián. Me gustan mucho las medias que lleva hoy.

sábado, 27 de mayo de 2017

La trama de la falsa mucama

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
Gricelia:
La semana que viene voy a tu tierra.
Me escribía a través del servicio de chat de la página de contactos. Yo trataba de hacerme el chulito, el machote, y la hacía esperar.
SrDiscreto:
¿Y?
Gricelia:
¿No te apetecería un café?
SrDiscreto:
¿Un café, sirvientita? ¿Y eso?

jueves, 11 de mayo de 2017

Miradas lascivas entre las rocas

―No sé para qué te he hecho caso, de verdad ―le dije cubriéndome los ojos con la mano, a modo de visera, tendida sobre la toalla.
―Oye, que tampoco te puse una pistola en la cabeza, ¿eh? ―me dijo él, molesto.
―Pero no me dirás que no te pusiste pesadito ―le insistí. Yo tenía una pierna flexionada, procurando que no se me viera nada, y un brazo sobre los pechos, que ponía y quitaba intermitentemente. No lograba sentirme cómoda.
―¿Por qué no intentas relajarte? Olvídate de que estás aquí, jolín. Estás tomando el sol, punto.

lunes, 8 de mayo de 2017

La poderosa imaginación de Miss Cotton

[10:06] May:
¿Te apetece ir a la playa?
Es domingo por la mañana. Oigo la llegada del mensaje mientras hago estiramientos en el salón de mi casa, sobre una colchoneta. Me levanto, me acerco a la mesa donde está el móvil y lo abro. Es May, una chica con la que he intimado bastante últimamente.
[10:07] Javi:
Buenos días, Jane. ¿A la playa?
Estamos a principios de marzo, y todavía el tiempo es fresco. Por eso mi pregunta.
[10:07] May:
Sí, Tarzán. Asómate a la ventana, anda.

jueves, 4 de mayo de 2017

La chica de enfrente

Allí estaba, una vez más, sentada al borde de la cama, en su dormitorio, en ropa interior, velada su figura por una ligera penumbra. Me acerqué un poco más a mi ventana, descorrí ligeramente el visillo e incliné la cabeza hacia el cristal, lo suficiente como para que la luz del exterior, tenue ya a aquella hora de la tarde, bañara sólo un retazo de mi rostro. Entonces, ella gira su cabeza y mira en mi dirección buscando una presencia, algún movimiento, una sombra. Acto seguido, yo di un paso atrás, escapando de su mirada, y esperé, semioculto tras el visillo, que diera comienzo el ritual que Ariadna estaba a punto de brindarme.