sábado, 17 de diciembre de 2016

En el cielo con Bogart (relato no erótico)

 La luz blanca de la mañana entraba franca a través del cristal, iluminando la habitación. Un rayo tibio chocaba directamente contra una esquina de la pared, cambiando el color celeste de la pintura. Lo busqué con mi cuerpo y lo hice tropezar contra mi camisa, a la altura del pecho. Sentí cómo calentaba la tela y me producía una sensación agradable en la piel. Yo estaba de pie, frente a la cama, masticando, mirando por la ventana cómo el mar trataba de lamer con su lengua azul y blanca la fachada de los edificios de la playa.  
―Quiero queso.
Mi pensamiento se detuvo. Mis ojos, que reposaban perezosos sobre el vaivén de las olas, ligeramente entornados, se abrieron con sorpresa, como cuando escuchamos un sonido extraño que desentona con el lugar donde uno se encuentra. En el tiempo que llevaba allí acompañándola, apenas había­mos hablado. Además, la voz que escuché no era suya, o no parecía suya. Volví la cabeza. Su expresión y su tono de voz eran los de una niña, a pesar de que tenía sesenta y nueve años. Desconcertado, necesité tomarme unos segundos para comprender qué estaba pasando. Se me quedó mirando, divertida, esperando mi respuesta. Mi primera reacción fue echar un rápido vistazo a la bandeja de la comida que había traído la enfermera hacía unos veinte minutos, la que aún reposaba en la mesa plegable, a un lado de la cama. Casi no había comido, aparte de que le era prácticamente imposible tomar nada sólido. Lo vomitaba enseguida.

martes, 22 de noviembre de 2016

Entrega a domicilio

―¿Freddy? ―dije casi gritando, con el móvil pegado a una oreja y con la palma de mi mano cubriendo la otra. Le hablaba mientras andaba por la acera, esquivando a la gente, camino de una cafetería―. ¡Fred!, ¿me oyes?
―Te oigo, te oigo. ¿Qué pasa, Leo, qué cuentas?
―¿Dónde estás? ―contesto―, me llega mi voz rebotada.
―Estoy en el coche, con los cristales cerrados y el aire acondicionado a toda mecha. Voy de camino a los juzgados. Me demandaron.
―¿Que te qué?, ¿quién?

jueves, 10 de noviembre de 2016

Gemidos en el despacho

El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.

domingo, 23 de octubre de 2016

Un dulce correctivo

―¿Y qué tal os va?
Me refería a ella y a su actual marido, Alberto. Le hice esta pregunta con algo de desdén, con una pizca de rencor, quizás. Desiré había estudiado conmigo Farmacia, y durante los años de carrera estuve obsesionado con ella. Era una chica más bien delgada, de ojos verdes y piel blanca, muy atractiva, y con un culo respingón que no perdía ocasión de hacer notar con sus conjuntitos ajustados. Su pelo castaño, lacio y abundante era otra de sus armas de seducción, pues no dudaba en atusárselo, provocativa, en cuanto se veía observada por algún chico interesante. Pero, más que nada, me obsesionaba su forma de ser, esa descarada coquetería que mostraba sin descanso. Me ponía de los nervios.

lunes, 17 de octubre de 2016

La forja de un fetichista

Crecí rodeado de primas. Donde yo vivía, había vacas, gallinas, cerdos, perros, cabras, gatos... y también primas, muchas primas. Unas vivían a un kilómetro, otras a trescientos metros y otras a un paso de mi casa, pero confluíamos todos en la inmensa huerta donde se congregaba toda esta fauna animal.
Me gustaban mucho las vacas, tanto que algunas mañanas le pedía a aquel señor de manos ásperas que me permitiera jalarle a una de ellas, con mis manos aún diminutas, aquellas enormes tetas para tratar de llenar, mal que bien, la lechera que luego llevaría a mi casa, tibia la leche aún, y que yo sorbía, de vez en vez, durante el trayecto polvoriento. Pero me gustaban más mis primas, aun cuando no tenían tetas. Y de entre todas ellas, me gustaba una: Lula.

viernes, 14 de octubre de 2016

Una esposa en préstamo

Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Un intruso muy deseado

Sé que es un poco infantil, pero tengo que admitir que estoy algo nerviosa. Le he invitado a mi casa a pasar la noche. Se lo dije con la mayor naturalidad que pude, pero, ¿a quién voy a engañar? Me conoce tan bien como yo a él, y sabe que me da mucho morbo la situación. Y a él también. Pero no es una cuestión realmente sexual, ni mucho menos, porque yo sé que no soy su tipo, y los dos sabemos que nunca ocurriría nada; la razón es más que nada por la tensión erótica que se genera entre los dos, por esta personalidad mojigata que he heredado.
En el fondo él se parece a mí en ese sentido. Sí, vale, puede no haya comparación, pero sé que en un rincón de su personalidad existe una fuerte moralidad que le hace experimentar mucho pudor y al mismo tiempo mucha excitación por las situaciones «indecorosas». Esto es lo que le excita de mí. Y vaya si lo sabe explotar...

martes, 11 de octubre de 2016

Reencuentro al amanecer

Solyluna:  
Hubo un detalle que me puso como una moto, no sé si te acuerdas, cuando me sacaste el pecho por encima del sujetador. Entonces te empapaste los dedos en tu saliva, me embadurnaste el pezón y te pusiste a rozar la punta con el dedo, muy suave, ¿te acuerdas? Luego me dijiste bajito: "mira cómo se te pone". Uf, chaval...   
MrCat:  
Jejeje, a mí me puso como una moto lo "cochina" que fuiste tomando "tu biberón"...   
Solyluna: 
¿Perdona? ¿Cochina dices?
MrCat:  
¡Sí!, ¿o es que ya no te acuerdas? Al principio, cuando te inclinaste para chupármela, te la metías en la boca, la empapabas con la saliva, la soltabas, y luego te quedabas mirando cómo colgaban los hilillos transparentes entre tu labios y mi glande hinchado. Lo hiciste como cuatro veces, ¡fue la leche! 

domingo, 9 de octubre de 2016

El beso de la araña

Corrían los tiempos en que los jovencitos, los varones, hablábamos de chicas y de sexo a todas horas. En el instituto, comenzábamos a ver los cambios que la naturaleza había provocado, de un verano para otro, en los cuerpos de aquellas hembras pubescentes, deformándolos sabiamente con nuevas protuberancias y curvas voluptuosas.
Las clases de gimnasia constituían una ocasión sin igual para deleitarnos con los glúteos mórbidos de Pili, que asomaban por debajo de los pantalones cortos y arrastraban, adherido a la piel húmeda, un trozo de braguita; con las tetas firmes y rebosantes de Soraya, que apenas podían contener, durante la carrera, su fatigado e insuficiente sujetador; con las piernas estilizadas de Bea, acabadas en unos finísimos tobillos y unos delicadísimos pies, los que yo me deleitaba mirando en el gimnasio cuando tocaba estiramientos sobre colchonetas, pues el profesor, seguramente más preocupado por su propio placer morboso que por el cuidado del material, nos obligaba a descalzarnos; y con la cintura de avispa de Lupe, detalle anatómico que ella procuraba resaltar vistiendo una camisita blanca bien ajustada. La atención libidinosa del macho adolescente estaba siendo progresiva e ineluctablemente atraída por esta tropa de abejas portadoras de rica miel.

sábado, 8 de octubre de 2016

Un juguete muy travieso

Aprovechando que sus hijos pasaban varias semanas del mes de agosto en un campamento de verano en El Robledal, organizado por la agrupación Cruz Roja Juventud, y que su marido iba a estar en viaje de negocios durante unos días en Córdoba, Merche decidió prolongar la charla que habíamos tenido durante la tarde en el Parque García Lorca y quedarse a pasar la noche en mi casa. Nos despedíamos a la salida del parque:
―¿Te parece bien a las siete? ―me pregunta.
―Claro, cuando quieras. A mi mujer y a mis nueve hijos les parecerá bien cualquier hora ―le contesto yo riéndome y haciéndole ver lo innecesario de su precisión. Yo vivía solo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Sexo en la P27

Me dice que no es por mí, que en realidad yo le transmito bastante confianza, pero que no puede arriesgarse a cometer ningún error. Le es imposible darme el nº de móvil. De modo que acordamos comunicarnos exclusivamente a través del correo electrónico. No es ningún problema. Es tan solo algo más lento. Podemos entendernos perfectamente.
Pero sigo sin saber quién es, no he visto su cara, no he visto su cuerpo, al menos no por completo. Tengo una cita con una cuasi desconocida. Me dirijo en coche hacia el lugar del encuentro. La excitación es tremenda, los nervios me hacen sujetar el volante con más fuerza de lo habitual. Han pasado semanas desde que entré en contacto con ella.

jueves, 6 de octubre de 2016

Diversión entre mojigatos

Merche (por whatsapp):
¿Estás en tu casa? Vine caminando hasta Ronda, a casa de mis padres. Ya estoy de vuelta. ¿Me invitas a un café?
Yo:
Vale, pásate.
A Merche la conocí en la universidad. No era mi tipo, sexualmente hablando, pero hicimos buena amistad. Era de ese tipo de chicas que lo reivindica todo. Se encontraba en su elemento cuando tenía que plantear a la junta universitaria, en el salón de actos, todas las demandas que los alumnos le transmitían a ella. Era bastante guerrera, siempre detrás de las causas injustas. Yo pensé que con el tiempo acabaría ejerciendo la política. En la universidad, la tachábamos de feminista empedernida.

viernes, 30 de septiembre de 2016

En la mujer, el órgano sexual más potente es el oído

[23:12] Jero:
¿En serio?
[23:12] Cris:
En serio.
[23:12] Jero:
Pero, ¿no dices que es gay?
[23:12] Cris:
Que sí, es gay.
[23:13] Jero:
Joder… ¿Y cómo es que se enrolló contigo?
[23:13] Cris:
¡Y yo qué sé! Fue totalmente inesperado. Te juro que el plan era que él me buscaría un tío para esa noche.
Cristina y yo manteníamos esta conversación a través de internet. Ella me contaba su última experiencia en un club de intercambios, uno que había visitado ya alguna vez y al que había acudido esa noche con su amigo Paulo, que era homosexual. Éste solía tener ideas ingeniosas, y esa noche le propuso a ella buscarle un chico "adecuado", alguien que le hiciera pasar un buen rato de placer. Sin embargo, y para completa sorpresa de Cris, lo que ocurrió fue algo completamente distinto.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Encuentro en la P-27

Me dice que no es por mí, que en realidad yo le transmito bastante confianza, pero que no puede arriesgarse a cometer ningún error. Le es imposible darme el nº de móvil. De modo que acordamos comunicarnos exclusivamente a través del correo electrónico. No es ningún problema. Es tan solo algo más lento. Podemos entendernos perfectamente.
Pero sigo sin saber quién es, no he visto su cara, no he visto su cuerpo, al menos no por completo. Tengo una cita con una cuasi desconocida. Me dirijo en coche hacia el lugar del encuentro. La excitación es tremenda, los nervios me hacen sujetar el volante con más fuerza de lo habitual. Han pasado semanas desde que entré en contacto con ella.

martes, 27 de septiembre de 2016

Izas, rabizas y otras profesionales (ensayo erótico)

Según el diccionario de la RAE, una iza es una prostituta, es decir, una mujer que practica el sexo a cambio de dinero, y una rabiza es una «ramera muy despreciable» ("ramera" significa igualmente "prostituta".) "Puta" y "zorra" son términos más comunes, y también más vulgares, y, entre sus muchas acepciones, se encuentra igualmente la de "prostituta".
No voy a hablar aquí, sin embargo, de las «profesionales del sexo», como sí hizo Camilo José Cela en su libro Izas, rabizas y colipoterras, a quienes ridiculizaba, sino de las que manifiestan, queriéndolo o no, su verdadero deseo por el sexo. Porque este es el quid de la cuestión y lo que a mí me llama la atención: la necesidad de la mujer de ocultar este deseo y la de hombres y mujeres de denigrar y poner en la palestra a las que lo manifiestan «cuando no deben».  

jueves, 22 de septiembre de 2016

Sonidos extraños en la oficina

El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.

martes, 6 de septiembre de 2016

El órgano sexual más potente de la mujer es el oído (ensayo erótico)

En cierta ocasión, una chica con la que hablaba a menudo sobre sexo me hizo la siguiente pregunta, no sé si con estas palabras: «¿sabes que el órgano sexual más potente en una mujer es el oído?». La conversación que manteníamos en ese momento versaba seguramente sobre los factores que intervienen en el juego de la seducción entre un hombre y una mujer. Yo le respondí algo como: «¿que si lo sé? ¡Tengo toda una teoría acerca de eso!». Le dije que quizás redactara un ensayo explicando esa «teoría». Pues bien, aquí va. 
Durante unos años, estuve obsesionado por descubrir los enigmas de la mentira y también las claves de la necesidad de los seres humanos de mentir. Me resultaba muy llamativo como fenómeno sociológico, porque provoca verdaderos estragos, mucho dolor y muchos quebraderos de cabeza.