martes, 6 de septiembre de 2016

El órgano sexual más potente de la mujer es el oído (ensayo erótico)

En cierta ocasión, una chica con la que hablaba a menudo sobre sexo me hizo la siguiente pregunta, no sé si con estas palabras: «¿sabes que el órgano sexual más potente en una mujer es el oído?». La conversación que manteníamos en ese momento versaba seguramente sobre los factores que intervienen en el juego de la seducción entre un hombre y una mujer. Yo le respondí algo como: «¿que si lo sé? ¡Tengo toda una teoría acerca de eso!». Le dije que quizás redactara un ensayo explicando esa «teoría». Pues bien, aquí va. 
Durante unos años, estuve obsesionado por descubrir los enigmas de la mentira y también las claves de la necesidad de los seres humanos de mentir. Me resultaba muy llamativo como fenómeno sociológico, porque provoca verdaderos estragos, mucho dolor y muchos quebraderos de cabeza.
Pienso que todos mentimos habitualmente ―hay algunos que dicen no mentir nunca: he ahí su primera mentira―, y que todos tenemos que ingeniárnoslas dia­riamente para averiguar cuándo se nos está mintiendo o cuándo se nos dice la verdad. Pero, ¿por qué es tan importante la verdad y su reverso inseparable? Porque las palabras movilizan la voluntad, crean emociones e influyen en el comportamiento de las personas: a veces sentimos que «juegan con nosotros». 
Por lo general, confiamos en lo que la gente nos dice, aunque esto siempre depende del contexto. Si estamos hablando con un comercial inmobiliario o un vendedor de seguros, es normal que tengamos activado el chip que nos avisa de que «existen intereses ocultos. Desconfía de esta persona». Pero si hablamos con alguien en un ambiente distendido, donde no parece que quieran aprovecharse de nuestra confianza, no existe ninguna necesidad de poner este filtro. 
A lo mejor parece una obviedad, pero la razón principal por la que creo que el ser humano miente es porque habla. La comunicación a través del lenguaje permite provocar una ruptura entre, por un lado, el sentimiento o el interés genuino y, por el otro, las acciones. En otras palabras: podemos hacer lo contrario de lo que estamos diciendo.  
Hemos oído decir infinidad de veces que los perros son adorables, nobles, y que incluso podemos llegar a quererlos más que a las personas, porque ni nos mienten ni nos juzgan, y que los animales en general son siempre verdaderos. Cierto, y curiosamente ninguno de ellos habla. Pero si ese perrito tan mono que mueve la cola cuando nos ve, o ese mono tan mono que acepta solícito nuestro plátano hablaran, otro gallo parlante cantaría. Tendríamos el mismo problema con ellos que con cualesquiera de nuestros congéneres humanos. 
La mentira y su contrapartida son inherentes al lenguaje. Si gracias a ella podemos obtener más cosas traicionando la confianza del otro, ¿por qué no íbamos a utilizarla?
En aquel tiempo en el que yo estaba, digamos, obsesionado con este tema, encontraba ocasión para reflexionar en cualquier circunstancia o ante cualquier estímulo. Por ejemplo, y lo recuerdo ahora, me ocurrió cuando estaba leyendo Justine o los infortunios de la virtud, ese famoso libro del Marqués de Sade. No recuerdo las palabras exactas en el texto, pero me impactó muchísimo. Decía algo como: «si puedo obtener placer de ti, aunque sea provocándote dolor, ¿por qué no voy a hacerlo?». Efectivamente: si uno desea algo de los demás, sea cual sea el modo de obtenerlo, ¿por qué no lo iba a hacer? Si hay que mentir, se miente. Algunos dirán: «pero no está bien traicionar la confianza de los demás». Bueno, eso de «no está bien» puede que signifique algo para una persona empática o para alguien con una estricta moral, pero... es que no somos todos iguales. En definitiva, los estragos que provoca la mentira en nuestras vidas son inevitables. 
La mentira ―y sus consecuencias― me parecía especialmente atractiva e interesante como objeto de estudio en el contexto de la seducción y de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer. Es un contexto en el que confluyen todos los ingredientes necesarios para que se fragüe una historia intensa de celos, odios, frustraciones, venganzas y desengaños. ¿Por qué? Porque está presente el amor. Es decir, lo que se ve traicionado en estas situaciones por la despiadada insinceridad de la otra persona son los sentimientos de amor del que se ve engañado. Me aproximo despacio al tema que da título a este pequeño relato. 
La mujer, cada una individualmente, debe sentirse muy original cuando dice eso de «valoro, ante todo, la sinceridad», como si una afirmación tal las infundiera de cierto aura de pureza, madurez o autenticidad. Pero, vistas en conjunto, un hombre no puede por menos que pensar: «otra más, otra vez el mismo rollo de siempre».  
No olvidemos que la mujer miente tanto como el hombre ―muchas mujeres admiten abiertamente que son incluso más falsas o más sibilinas―. Pero, para el tema que nos ocupa, no olvidemos sobre todo que los intereses de unos y otros, cuando hablamos de relaciones sexuales, no son exactamente los mismos.  
La naturaleza, con sus planes maquiavélicos para perpetuar la especie, ha dispuesto las cosas de este modo: el hombre debe tener unas ganas irrefrenables de penetrar a la mujer, y ella, que debe tener las mismas ganas de que la penetren, hace todo lo posible para atraer sobre sí la atención del hombre «adecuado». La fuerza del instinto sexual, unida a la confluencia de esos intereses particulares, tiene como resultado la cópula. Pero, ¡ah, amigo, no es tan fácil! ¡Para ninguno de los dos! 
Si Darwin no se equivocó, descendemos del mono. El mono bajó del árbol, se irguió y, después de muchísimos miles de años, comenzó a hablar. Pues bien, antes de que comenzara a hablar, la perpetuación de la especie tenía lugar tal como la presenciamos hoy día en los documentales de National Geographic: el macho dominante observa a su harén, percibe a la hembra receptiva, en celo, la mira, ella ve que la mira, adopta una actitud sumisa, ofrece su sexo, él la olisquea y finalmente la copula. Sencillo. 
Pero en la especie humana, si nos circunscribimos a lo estrictamente visual, por muy dominante que sea el macho, a la hembra no le basta con que aquel tenga unos enormes pectorales. Debe ostentar, además, todos los demás atributos típicos de una novela rosa: aparte de un cuerpo inmenso, fibroso y trabajado ―vengo de leer 90 páginas de De rodillas, de Malenka Ramos, ¡santo Dios! ¿Es que copian y pegan?―, debe tener una mirada cálida, unos ojos penetrantes, unas manos fuertes, ser comprensivo, atento, cariñoso, detallista y... tener un Ferrari. Si la hembra humana no sucumbe a un macho como este, o es ciega o es tonta. Pero la mujer no es eminentemente «visual», sino «auditiva». El que es visual es el hombre. Él sucumbe a las formas de la carne, a sus curvas y sus movimientos sensuales. Son aspectos que ella domina para atraer su atención. Y, por el contrario, la «mona parlante», aunque tampoco es ciega, sucumbe ante la palabra, se derrite bajo el hechizo de un buen discurso romántico, muere por el oído.  
Enlacemos ahora unas pocas ideas que se han dicho hasta aquí. Por un lado, que la comunicación a través del lenguaje nos permite hacer lo contrario de lo que decimos; por otro, que nada impide a una persona traicionar o aprovecharse de otra para sus propios intereses, y, finalmente, que un hombre galante puede hacer creer a una mujer receptiva cosas que no son ciertas. ¿Para qué? ¡Pero, hombre, por Dios! ¿Para qué va a ser?  
Seamos objetivos: todos los hombres no tenemos un cuerpo de infarto o una mirada cálida, todos no somos atentos, detallistas o tan simpáticos, ni tenemos una cuenta bancaria como la de Rodrigo Rato. Hay que currárselo de otro modo. ¿Cómo? ¡Pues cómo va a ser! ¡Mintiendo!
Así y todo, no es nada fácil. El oído de la mujer no se estremece ante cualquier tipo de información. Pero sí es especialmente sensible a determinado tipo de información, a la información que accede directamente a su órgano emocional por excelencia: el corazón. Y aquí nos adentramos en la parte peliaguda de este asunto ―sobre todo para ellas, porque salen malheridas―: el hombre que logra acceder al corazón de la mujer a través de su discurso tiene muchas probabilidades de tenerla a su merced.  
Esto puede sonar exagerado, incluso para ellas, que son las víctimas en este sortilegio, pero sólo porque en este momento están leyendo con objetividad, sin estar abrumadas por sentimientos arrebatadores. Pero una vez que esos sentimientos son inducidos en la mujer, está perdida. ¿Se comprende ahora por qué es tan importante para ellas la sinceridad del hombre? Porque una vez superado ese umbral, una vez que él ha logrado estremecer su corazón a través de la palabra, sean estas falsas o ciertas, su voluntad ya no le pertenece: ¡le pertenece a él!  
Al margen del timbre de la voz, que cumple su función cautivadora, las palabras bonitas, los susurros, el discurso embaucador, encantador, cálido, sugerente y romántico tiene vía directa al corazón de la mujer. Y una vez creado el efecto deseado ―¡qué encanto de hombre!―, no hay retorno. Sólo los mensajes a través de la fibra óptica viajan con más eficacia. Bauticé este fenómeno, en tono de broma, como Disfunción Auditiva Congénita (DAC), una particularidad con que la naturaleza ha dotado a la mujer ―la mona parlante― en orden a preservar su especie.  
Esto no quiere decir, ni mucho menos, que todo aquel que se proponga «llevar al huerto» a una mujer, como hacía Don Juan con Inés, pueda lograrlo soltando unas pocas frases ―su gozo en un pozo―. En absoluto. Es más bien una cuestión de personalidad. No todos estamos diseñados para esto. Lo que quiere decir, simplemente, es que existen hombres con una mayor habilidad para procurarse los favores de una mujer utilizando la boca; y que no es besando, sino regalándole el oído.  
Hace unos años, una amiga me contaba sus desgracias amorosas. Había conocido a un chico «encantador» que se lo hizo pasar muy mal. Y presten atención a la palabra entrecomillada. Si buscan en el diccionario de la RAE la palabra «encantar», encontrarán las siguientes definiciones:
1.tr. Someter a poderes mágicos.
2.tr. Atraer o ganar la voluntad de alguien por dones naturales, como la hermosura, la gracia, la simpatía o el talento.
3.tr. germ. Entretener con razones aparentes y engañosas.
4.intr. Gustar en gran medida, agradar mucho.
¿Se puede expresar mejor el fenómeno que estamos tratando aquí? Pues bien, esta amiga había conocido a un chico encantador. En realidad, ella llevaba poco tiempo «soltera», pues había roto hacía unos pocos meses con un chico con el que tuvo una relación de varios años. No estaba especialmente receptiva. Este chico encantador y ella se conocieron en una reunión de trabajo que su empresa tuvo con algunos clientes. Él era uno de ellos. Se cayeron bien, charlaron y tras la reunión se dieron los teléfonos. Después de unas pocas citas en terrazas y restaurantes, comenzó a surgir la química.  
Por alguna razón, ella se sentía extremadamente atraída por aquel hombre que la hacía sentir muy a gusto. Al margen de que fuera atractivo, había algo en él que le gustaba especialmente. De modo que pronto empezaron a intimar hasta que terminaron teniendo sexo. A veces quedaban en su casa (de ella) y otras él la invitaba a pasar alguna noche en un hotel.  
Ella estaba «encantada», se sentía muy cómoda a su lado, estaba empezando incluso a «ilusionarse». No paraban de enviarse mensajitos cariñosos y románticos. Él era tan atento, tan halagador, tenía tantos detalles con ella... Era perfecto.  
Sin embargo, llegó el día en que todo empezó a cambiar. Conforme pasaba el tiempo, los mensajes que él le enviaba se fueron haciendo más fríos, más cortos, y comenzaron a espaciarse. Parecía estar siempre muy ocupado, y a ella le resultaba cada vez más difícil citarse con él. Finalmente, tras semanas sin poder verse y tras algunos mensajes bordes que ella no lograba entender, la verdad se abrió paso: estaba felizmente casado y tenía tres niños, así que le dijo en un último mensaje: «te agradecería que dejaras de insistirme».
Su disgusto fue tan mayúsculo que durante esta conversación que mantenía conmigo seguía muy dolida, se sentía traicionada, y experimentaba aún esos sentimientos encontrados por no acabar de creerse lo que le había sucedido. Seguía teniendo la esperanza de que algo de toda esta historia fuera cierto.  
Yo, viendo el percal, y tratando de no resultar hiriente, le dije con una sonrisilla traviesa: «bueno, ya sabes cómo somos los hombres, sólo tenemos una cosa en la cabeza». Me miró sorprendida, como sin acabar de creer que un hombre pudiera pasar por todo aquello simplemente para obtener algo de sexo. Estaba casi enfadada, ofendida por que yo pudiera insinuar que su «bonito romance» podía reducirse a una mera cuestión de sexo. La conversación que siguió fue más o menos así:  
―Pero, ¿qué es lo que te indigna tanto? Han sido sólo unos meses ―le pregunté yo. 
―Pues ya sabes, que fingiera sus sentimientos, que me hiciera creer que realmente le gusté, que fingiera preocuparse por mí, todo eso ―me respondió.  
Me quedé pensativo unos segundos, y finalmente le dije:  
―Como tú comprenderás, yo no puedo saber si no le gustabas, yo apostaría a que sí, pero a los hombres nos gusta el sexo sin más, sin la parte afectiva que demanda habitualmente la mujer. Y para obtener sexo echamos mano de cualquier artimaña. 
―Pero es que lo que me decía parecía tan cierto...   
A mí se me vuelve a escapar la sonrisilla traviesa, imaginándome ya ciertas cosas, y le digo:  
―A ver, cuéntame, ¿qué es eso que te decía que sonaba tan cierto?  
―Pues, no sé, por ejemplo...   
Y antes de que ella empezara a contármelo, la interrumpo:  
―¿Te decía: «estás muy guapa, me encanta cómo llevas el pelo hoy»?  
―Bueno, claro, ¿y eso qué tiene de particular?  
―¿Te decía que le gustaba tu forma de sonreír?  
Y empezando a estar intrigada, responde:  
―Pues... sí, alguna vez.     
―¿Y también te decía que se sentía muy a gusto contigo?      
―Sí... eso también...           
―¿Y que se sentía tan a gusto que le parecía como si ya te conociera?      
―Pues sí, eso también me lo dijo...       
―¿Te decía, por ejemplo, que sentía que tú le comprendías, que se sentía muy a gusto contigo porque era como si le entendieras sin apenas hablar? ¿Te decía que no había conocido a nadie como tú, que le encantaba cómo eras, tu personalidad, que sentía que podía contarte cualquier cosa, que le sorprendía que supieras tantas cosas de él en tan poco tiempo?      
―Bueno, pues...   
A medida que voy hablando, veo cómo sus ojos se van abriendo, en un gesto de perplejidad.  
―¿Te llamaba con términos cariñosos, te decía «mi amor», «cariño», «tontita» y te hablaba con dulzura?
No me responde, pero me hace un gesto con las cejas, mitad asentimiento y mitad incredulidad.
―A lo mejor te dijo alguna vez que pensaba en ti todo el día, que estaba deseando estar contigo y que contaba los minutos hasta que estuvieran de nuevo juntos. O quizás te decía que cada vez que recibía un mensaje tuyo se le ponía una sonrisa en los labios. ¿Te decía que le encantaba tu forma de besarle y de acariciarle, que eras muy dulce y que le encantaban las chicas dulces y sensibles como tú? ¿Te decía que no quería marcharse cuando ya se marchaba, que ojalá pudiera quedarse contigo todo el tiempo? ¿Te decía este tipo de cosas?  
Con los ojos como platos y la mandíbula colgándole inerte, me dice:  
―Excepto lo de «tontita», que nunca me lo llamó, puedo suscribir todas y cada una de las cosas que has dicho. ¡La leche! 
―Te repito que no dudo que hubiese algo de química entre los dos, pero está claro lo que buscaba.      
―Joder, te debo parecer tonta del culo.  
Ya más distendidos los dos, con una amplia sonrisa dibujada en mi cara, le respondo:  
―Bueno, sé que podéis dar esa impresión, pero es que a la mujer se la conquista por el oído. No depende demasiado de vosotras.

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