viernes, 30 de septiembre de 2016

En la mujer, el órgano sexual más potente es el oído

[23:12] Jero:
¿En serio?
[23:12] Cris:
En serio.
[23:12] Jero:
Pero, ¿no dices que es gay?
[23:12] Cris:
Que sí, es gay.
[23:13] Jero:
Joder… ¿Y cómo es que se enrolló contigo?
[23:13] Cris:
¡Y yo qué sé! Fue totalmente inesperado. Te juro que el plan era que él me buscaría un tío para esa noche.
Cristina y yo manteníamos esta conversación a través de internet. Ella me contaba su última experiencia en un club de intercambios, uno que había visitado ya alguna vez y al que había acudido esa noche con su amigo Paulo, que era homosexual. Éste solía tener ideas ingeniosas, y esa noche le propuso a ella buscarle un chico "adecuado", alguien que le hiciera pasar un buen rato de placer. Sin embargo, y para completa sorpresa de Cris, lo que ocurrió fue algo completamente distinto.
[23:15] Jero:
¿Encontrar un tío para ti? ¿Y es eso tan fácil allí?
[23:16] Cris:
Bueno, nunca se sabe lo que puede pasar en un local de esos. Pero esa fue su idea. Me imagino que él pretendía tomárselo con tranquilidad, andar de voyeur por las distintas salas. Él frecuenta bastante ese local.
[23:17] Jero:
Ya veo. ¿Y te lo encontró?
[23:17] Cris:
Pues claro, ¡y estaba buenísimo!
[23:17] Jero:
No me jodas… Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué no te enrollaste con él entonces?
[23:18] Cris:
Es que también me enrollé con él.
[23:18] Jero:
Ah…
[23:18] Cris:
A ver, te explico. Mi amigo me consiguió este chico. Nos presentó, nos saludamos y estuvimos de acuerdo. Fue todo muy natural. Así que nos fuimos a una de las salas privadas y empezamos a enrollarnos.
[23:19] Jero:
Vale. O sea que te liaste primero con este chico, que estaba como un queso, y luego, con Paulo, que es gay pero se le cruzó el cable.
[23:20] Cris:
Pues no, ja, ja, no fue exactamente así. Mira, nos fuimos los tres al privado. El chico y yo nos echamos en la cama y empezamos a enrollarnos, mientras mi amigo Paulo nos miraba y se masturbaba.
[23:21] Jero:
Ya… Así que el semental te echó un polvete mientras tu amigo homosexual se masturbaba observándoles. Y cuando acabaron, Paulo, que se había puesto como un cohete y ha­bía olvidado su orientación sexual, se lanza sobre ti y te echa otro.
[23:22] Cris:
Ja, ja, ja, no. Mi amigo se masturbaba, sí, pero el chico no fue el primero en echarme el polvete.
[23:22] Jero:
¿Te tiraste primero a Paulo?
[23:22] Cris:
¡Sí!
[23:22] Jero:
Menudo tinglado. Venga, explícamelo de una vez, anda.
[23:23] Cris:
Esto que te voy a contar fue toda una sorpresa para mí, que conste. La cosa fue que Paulo no sólo observaba, sino que de pronto se puso a dar instrucciones al chico. Empezó a decirle al oído cómo tenía que hacerme las cosas.
[23:24] Jero:
¿Perdona?
[23:24] Cris:
Fue una sorpresa, te digo. Paulo se inclinaba sobre él y le iba diciendo al oído cómo debía actuar. Concretamente te hablo de cómo debía... hacerme sexo oral.
Me cuesta asimilar lo que me acaba de decir. Pongo una frase, la borro, la vuelvo a poner… Cris se debía estar desesperando.

[23:26] Cris:
¿Hola?
[23:27] Jero:
Sí, sí, hola… Es que no acababa de creérmelo.
[23:28] Cris:
Me lo figuraba.
[23:28] Jero:
Qué fuerte. ¿Instrucciones? ¿En serio?
[23:28] Cris:
Lo que lees.
[23:29] Jero:
Increíble. Pero, por lo que dices, no llegó a darle instrucciones de cómo follarte, porque primero lo hizo tu amigo... que según tú es homosexual.
[23:30] Cris:
¡Sí!, primero mi amigo. Lo que sucedió fue que no le gustaba cómo me lo hacía el chico. Le daba instrucciones al oído, pero nada, no lo hacía bien. Y era verdad, no era demasiado espabilado, todo hay que decirlo. Así que Paulo se hartó, me lo quitó de encima y comenzó a hacérmelo él.
[23:32] Jero:
¿A comértelo?
[23:32] Cris:
Efectivamente. Y mientras me lo comía, seguía hablándole al chico, enseñándole. Le ponía muchísimo eso.
[23:33] Jero:
¿Enseñarle?
[23:33] Cris:
Sí. Estaba ahí, sobre mí, comiéndomelo, y le decía cosas como: «¿Ves?, tienes que usar la lengua así», o «le metes los dedos y los mueves así por dentro».
[23:34] Jero:
Qué-fuer-te.
[23:34] Cris:
Y tanto. Yo estaba alucinada, ¿eh? Y no te imaginas cómo me lo hacía el mariconazo. ¡Qué suerte que el maromo lo hacía fatal!, ja, ja, ja.
[23:35] Jero:
Eres la pera. Y vaya con tu amigo homosexual… ¡Y un cuerno!
[23:35] Cris:
Sí, no me lo esperaba para nada. Y luego ya, cuando empezó a echarme un polvo, flipé en colores. Siempre hemos tenido una fuerte atracción el uno por el otro. Eso es innegable. Nuestras conversaciones sobre sexo son tremendas. Pero nunca pensé que llegara a hacer eso.
[23:37] Jero:
El que alucina soy yo.
[23:37] Cris:
Ja, ja, ja, heavy, ¿eh?
[23:38] Jero:
Muy heavy. Bueno, entonces te echa un polvo, se queda a gusto y luego el maromo coge el testigo, ¿no?
[23:38] Cris:
Pues no, tampoco. Paulo comenzó a echarme un polvo, pero luego el otro chico fue interviniendo, acariciándome, tocándome, etc., y acabaron turnándose. Me pusieron en todas las posturas posibles.
[23:40] Jero:
A-lu-ci-no.
[23:40] Cris:
Vecino.
[23:40] Jero:
O sea, que tu amigo Paulo, que es gay, tócate las narices, encuentra un maromo para que se ocupe de ti, se van los tres a uno de esos cuartitos y al final lo que acaba pasando es que los dos se turnan para follarte.
[23:41] Cris:
Exactamente. Ni en mis mejores fantasías.
[23:42] Jero:
Te lo pasaste pipa, vamos.
[23:42] Cris:
De lujo. Una auténtica pasada.

Tuvimos muchas conversaciones como estas. En cuanto a citas, flirteos, visitas a clubs de intercambios, experiencias grupales, con parejas liberales, etc., Cris llevaba un ritmo de locos. En poco más de un año se había ventilado a más de cuarenta personas, entre chicos y chicas.
La conocí en esta web de contactos donde mante­níamos esta conversación, y donde ella había logrado confeccionarse una abultadísima agenda de placer, cantidades de números de teléfono a los que podía echar mano cuando le apetecía tener una buena sesión de sexo.
Sin embargo, entre nosotros dos eso quedó descartado desde un principio. Nuestro nexo de unión no era el sexo. Por su parte, sí, desde luego. Es decir, ella me ha­bría comido y luego habría tirado el hueso, como si yo fuera una aceituna. Pero no por la mía. Físicamente no era mi tipo, en absoluto. Fue un chasco, porque me encantaba escribirme con ella.
Es cierto que me dio curiosidad la foto que tenía en su perfil, en la que aparecía parte del rostro y el torso. Se perfilaba los labios con lápiz de color rojo sangre, y con muchísima precisión, acentuando todas las curvas. Pare­cía una geisha japonesa. Pero su físico no me atrajo para nada. Nuestra conexión era exclusivamente intelectual. Casi sin proponérnoslo nos encontramos pasando horas escribiéndonos delante del ordenador.
Finalmente, después de algunos meses, fui a su tierra a visitarla, nos apetecía mantener una conversación cara a cara. Vimos enseguida que seguía habiendo buena conexión. Las cosas fluían, no parábamos de hablar.
Aunque yo creía haberme hecho una idea bastante acertada de Cristina, la impresión que me llevé al conocerla en persona rompió todos mis esquemas. En un primer momento no supe cómo asimilarlo. Sólo fui capaz de hacerlo bastante después. Se lo explicaba una mañana en su casa, sentados a la mesa de la cocina.
―Estás empeñado en que soy bisexual, y te repito que no lo soy ―me dijo ella―. Lo he hecho con algunas tías, pero ha sido por probar. Ya sabes que me gusta experimentar.
¿Qué si lo sabía? Yo me sentía pequeño a su lado. Cada uno de sus encuentros sexuales era más rocambolesco que el anterior, como aquellas sesiones de "travestismo" ―así lo llamó Cris―, en las que tanto ella como el chico con el que realizaba este juego se vestían, pintaban y arreglaban con las prendas que habían seleccionado y comprado juntos viendo páginas de lencería femenina en internet. Él traía a su casa todos los paquetes de las últimas compras que habían hecho, se lo ponían todo, se maquillaban, bailaban juntos, hacían el pase de modelos, se sacaban fotos y, finalmente, daba comienzo una desenfrenada sesión de sexo. Al final, había prendas de lencería diseminadas por todo el cuarto y dos cuerpos sudorosos en pelota con todo el maquillaje corrido.
Me impresionaba su capacidad para no tener prejuicios hacia casi nada, o hacia casi nadie. Era como si tratara de relacionarse con cuerpos, con la carne, sencillamente. Yo me sentía perdido ante tal amplitud de miras.
―Pero al menos reconoce que te encanta la ambigüedad ―le dije―. Juegas a eso.
―¿A la ambigüedad? ¿A qué te refieres?
A mí me daba la impresión de que se hacía la ingenua.
―Es algo extraño, pero a veces te veo como dos personas distintas ―le dije.
―Explícame eso.
―Uhm… Es algo muy curioso, jamás me había pasado. Pero…
―Venga, hombre, dilo, no te preocupes ―me instaba ella. Tenía una ligera sonrisa pícara en los labios. Creo que en cierto modo se lo olía.
―Pues… Verás, en ocasiones veo en ti a un hombre y en otras veo a una mujer.
Silencio. Me mira. Yo sigo.
―Incluso físicamente. No sé cómo es este conjuro, pero todo cambia de un momento a otro. Te veo de espaldas ahí, lavando los platos, con esos pedazo de pendientes que te pones y esas uñas rojo sangre y veo a un hombre. Y otras, te veo salir del baño en pijama, con tu pelo cortísimo y la cara lavada y veo a una mujer.
Para mi sorpresa, no parece molesta, u ofendida. Más bien, creo que sonríe. Como siempre, iba algunos siglos por delante de mí.
―De modo que ―continué―, para mí eres una especie de hermafrodita, un cuerpo bisexual que se lo come todo, y al que le encanta jugar a la ambigüedad.
Por fin, comenzó lo que parecía una especie de confesión.
―Bueno, reconozco que sí, que a veces juego a la ambigüedad. El cuerpo de una mujer me resulta bonito, deseable, pero eso no quiere decir que me las quiera follar, ¿no?
―Bueno, no necesariamente. Yo también sé cuándo un tío está bueno.
―Pues eso. Pero sí, reconozco que…
―Que qué ―le hurgo.
―Que yo he sentido esa ambigüedad dentro de mí, sobre todo antes, siendo más joven. Era como si pudiera situarme en ambos lados, y como si no supiera cuál era realmente el mío.
―Vaya… ―murmuro, atento.
―Pero, bueno, ya te digo que no soy ni bisexual ni lesbiana. Me gustan mucho más los tíos, aunque haya podido enrollarme con mujeres y aunque sus cuerpos me parezcan preciosos.
Después de desayunar, de acicalarnos y demás, decidimos seguir charlando mientras hacíamos algo de turismo. Nos fuimos en su coche.
Cristina había tenido muchas experiencias, no ca­bía duda, pero eso también tenía su contrapartida. En ocasiones, las cosas no salían tan bien como cabía esperar. Se llevó algunas sorpresas desagradables, incluso muy desagradables, y más de una vez sintió que estaba corriendo cierto riesgo.
La experiencia que me contaba en este momento, mientras paseábamos por una barriada de chalecitos bastante pija, a unos kilómetros del mar, era uno de esos casos. Y se notaba, porque su modo de hablar había cambiado, se la veía crispada, tensa.
  Debía llevar hablándome de todo este asunto unos veinte minutos, sin interrupción, desde que veníamos en el coche. Me encontraba tan saturado que ya me costaba trabajo seguirla. Mi mente había entrado en una especie de modorra, y yo caminaba junto a ella con las manos en los bolsillos, mirando al suelo o a cualquier parte, escuchando su discurso como un runrún.
―Sí, claro, claro… ―le decía sin pensar, con un hilillo de voz.
No sabía cómo hacerla parar. Ella seguía dale que te pego, abstraída, casi reviviendo aquella intensa experiencia que me estaba contando. Por culpa del chico que se había ligado ―mucho más joven que ella, con el cuerpo esculpido y con un miembro enorme―, se había visto envuelta en un juicio, a raíz de una demanda que le había interpuesto su novia celosa. Y, mientras me lo contaba, parecía que esta pareja de jóvenes desquiciados estuviera allí mismo, haciéndola pasar otra vez por el mismo calvario.
Yo soltaba alguna nueva coletilla desganada, evitando en lo posible avivar aquella avalancha de agravios, llamadas telefónicas acosadoras, amenazas e insultos.
―Ya, ya… Increíble, ¿no?
De pronto deja de hablar y me mira. En ese momento subíamos por un pedazo de cuesta adoquinada con una pendiente tan pronunciada como yo pocas veces ha­bía visto. Nos cortaba el aliento. Detiene el paso y me dice:
―Tío, ¿te estoy agobiando?
 Me pilló in fraganti. Miro hacia ella un poco aturullado. Le envío una sonrisa algo forzada.
―No… ¿por qué? ―le digo dubitativo. Resoplo, vuelvo a sonreír―. Bueno, un poco, la verdad. ¿Te has visto? Parece que estés en la sala del juzgado otra vez, o que te esté llamando por teléfono su novia psicópata.
Ella me mira sorprendida.
―Ostras, tío, perdona ―me dice reanudando el paso.
―No pasa nada. Estabas completamente absorta contándomelo. Se nota que lo pasaste fatal.
―Joder, perdona… Odio cuando lo hacen conmigo.        ―Que no pasa nada, Cris, olvídalo. Pero ya lo he pillado, ¿eh?, no me tortures más ―le digo en broma―. Quiero decir que ya entiendo todo el asunto. Una experiencia de mierda, vamos. Eran dos niñatos, lo sabes, ¿no?
―¿Quiénes, él y yo?
―¡No, joder!, ese chico y su novia. Eran dos niñatos de libro. Te viste pringada por los dos típicos críos que se hacen la vida imposible el uno al otro. ¿Qué edad dices que tenía, veintidós?
―Sí… Pero, tío, ¿yo qué sabía? ¡Me juró que no tenía novia! Me enteré porque el imbécil le envió aquellas fotos guarras que nos sacamos. ¡Quería ponerla celosa! ¿Pero se puede ser más gilipollas?
Volví a mirarla a la cara, con el gesto más serio que pude fabricar.
―¿Vas a empezar otra vez, coño? ―le digo. Luego, sonrío y ella me imita, bajando la cabeza. Mantengo la mirada sobre su rostro un instante y, aunque la veo sonreír, creo notar que se cuela en sus labios un gesto de tristeza. No digo nada.
Continuamos subiendo en silencio. La cuesta se empinaba cada vez más. Era impresionante. Pero las vistas eran igualmente impresionantes: toda una loma de chalecitos en pendiente, salpicada de árboles y pequeños jardincillos, el mar al fondo, el contorno oscuro de la costa, con el ribete blanco que dibujaba en su falda la espuma del mar, el cielo celeste brillante y, bañándolo todo, la luz limpísima del sol de finales de septiembre.
Llegamos al final de la subida respirando con dificultad. La pendiente era exagerada. Cuando alcanzamos el rellano, nos tomamos unos segundos para recuperar el aliento. Entonces, rompo el silencio, que ya empezaba a ser incómodo.
―¿Nos sentamos allí? ―le pregunto señalando un banco de madera que había junto a un murete de color blanco, con la superficie granulosa. Apoyamos los pies sobre él y enviamos nuestras miradas al horizonte, que en aquel lugar era una línea perfectamente recta, justo donde el mar se separaba del cielo.
Volvíamos a estar en silencio. De cuando en cuando, le buscaba el rostro con los ojos, sin girar la cabeza. Allí estaba sucediendo algo. Vi que una de sus piernas se movía arriba y abajo, inquieta. Tras unos instantes, decido mirarla abiertamente.
―¿Cris? ―le digo―. ¿Va todo bien?
Ella tarda unos segundos en contestar. Sigue algo abstraída. Al cabo, consciente de que yo no dejo de mirarla, dibuja una sonrisa forzada en los labios.
―Sí, bien ―me dice―. Pero hay algo que no te he contado.
―Ya me lo estaba oliendo.
Vuelve a sonreír sin girar la cara.
―Me da un poco de corte, debe ser eso ―añade.
Le doy tiempo. Permanezco callado. Ella retoma la palabra.
―No fue solo una experiencia de mierda porque tuviera que pasar por aquel juicio absurdo. Es que me había enganchado de aquel niñato. Me da vergüenza reconocerlo, porque yo tenía treintaicuatro años, y él, veintidós.
Vuelve a hacer una pausa. Su rostro está ahora visiblemente serio. Ya no lo oculta.
―Tenía que haber gato encerrado ―intervengo yo. Mi voz es suave y lenta, como si temiera romper algo frágil―. Mientras te escuchaba contarlo, no me cuadraba que te pusieras así solo porque te hicieran ir un día o dos a los juzgados.
―Ya… ―susurra ella―. No, hubo mucho más. Lo he distorsionado un poco, digamos. No fue un mero ligue, ni un rollo de cama. El sexo era buenísimo, no cabe duda, pero no se trataba de eso. Nos vimos durante meses, puede que cinco o seis, aunque con algunas interrupciones.
Veo que comienza a soltarse, su rostro se distiende levemente. Ahora me lanza miradas tímidas, luchando con la vergüenza, supongo. Continúa hablando.
―Me enamoré como una perra, Jero, esa es la verdad. Me enamoré de un niñato de veintidós años.
Yo me limito a asentir con la cabeza.
―Nos veíamos con intermitencia, cosa que me extrañaba, pero la mayor parte del tiempo lo pasábamos genial. Me hacía sentir muy bien. Tenía una labia que no te imaginas, ¿sabes? ―me dice ahora mirándome abiertamente, como si me estuviera revelando algo importante.
Vuelve a desviar la cara y a mirar al frente, sus ojos muy abiertos, como recordando.
―Me decía unas cosas preciosas. Y no solo en la cama ―sigue Cris―. Ya ves, me sobran bastantes kilos ―dice haciendo un gesto con los brazos, señalándose el cuerpo―, pero a él parecía no importarle nada en absoluto. Créeme si te digo que incluso logró subirme la autoestima. Y él tenía un cuerpo impresionante, te lo he dicho.
―Sí, me lo dijiste.
Y tras pronunciar esta frase, veo que niega con la cabeza, agachándola.
―Fue lo contrario, ¿comprendes? ―lo retoma sin mirarme―. Sí, fue una puta mierda al final, cuando descubrí el pastel, cuando apareció la psicópata de su novia y me vi asistiendo a un juicio por su culpa. Pero hasta entonces yo estaba en una nube. Literalmente.
De nuevo, un silencio prolongado. Yo no encuentro nada que decir y permanezco callado. Luego, continúa.
―Me lo tragué todo ―seguía negando con la cabeza. Observo de nuevo un velo de tristeza en su rostro. Diría que le brillan los ojos―. Me sentí como una imbécil, siento mucha rabia cuando lo recuerdo.
Sigo sin atreverme a hablar. La busco intermitentemente con los ojos. Los tiene llorosos. Pasan unos instantes. El silencio, de pronto, es adecuado, como si tuviera un efecto sanador. Yo llevo mi mano a su rodilla, se la aprieto levemente. Ella gira un poco la cara hacia mí, pero se contiene, no acaba de mirarme del todo, y luego posa un segundo su mano sobre la mía, presionándola con afecto.
Respiramos, nos invade el silencio sanador. Siento que empiezan a abandonarnos las malas vibraciones. Su rostro vuelve a distenderse. Sonríe de nuevo levemente. Al cabo de unos minutos, dice:
―A la mujer, Jero, se la conquista por el oído, ¿sabías?
Yo, sin dejar de mirar al frente, siento que se me dibuja una amplia sonrisa en la cara. Noto que ella se percata del detalle. Se extraña ligeramente, pero sigue hablando.
―Nuestro órgano sexual más potente no es el que vosotros creéis. ―Habla ahora con un tono distinto. La escucho algo más animada, y eso me relaja―. Es el oído ―concluye.
Ahora mi sonrisa ha superado las orejas y llega hasta más atrás, hasta la nuca. Lo ojos se me han achinado tanto que parezco oriental. Cris lo nota.
―¿Qué pasa? ―me dice intrigada, sonriendo ella a su vez, mirándome. Yo no puedo dejar de hacerlo.
―Nada ―le digo―. Es que me ha hecho gracia.
Cris se anima por momentos. El mal rollo que la invadió con el recuerdo casi se ha esfumado de su cuerpo.
―¿En serio? ―me dice exagerando la entonación―. No lo había notado. Se te va a herniar la boca como sigas.
Suelto una carcajada.
―Ha sido por eso que has dicho ―le explico.
Para contestar, se toma un tiempo que no interpreto bien. Cuando se arranca a hablar, me doy cuenta de que estaba buscando una respuesta ingeniosa.
―¿Lo de que somos lelas y nos llevan al huerto con palabras bonitas? ―me suelta. Me alegra que recupere el humor.
―Eso mismo ―y estallo en una carcajada―. Tengo toda una teoría sobre ese asunto.
―¡Anda ya! ―me dice―. ¿Una teo­ría?
―Bueno, ya sabes cómo soy, que me gusta darme el pego. Quiero decir que he pensado muchísimo en eso. Siempre me ha resultado muy intrigante el modo que tienen las mujeres de vivir las relaciones, la importancia que le dan a las palabras, lo vulnerables que son.
Cris me mira con ojos curiosos. De nuevo se toma unos segundos para responder. Esta vez me preocupa menos. No me equivoco.
―¿Por lo fácil que se nos puede embaucar? ¿Por lo sencillo que es colarnos mentiras con dulces palabras? ―me suelta burlándose de sí misma. Observo que lanza las preguntas al aire como si quisiera verlas escritas delante de su cara, o para tomar consciencia de algo que llevara dentro desde hace mucho.
―Pues sí… ―digo escuetamente, sonriendo―, por eso exactamente.
Cris, sin abandonar un ápice el tono de humor, me pregunta, teatrera:
―¿Y a qué conclusiones ha llegado, doctor? ¿Tenemos remedio?
Tuve que reírme.
―Me parece que no ―contesto, y exploto de nuevo en carcajadas. Ella se une a mí. Nuestros cuerpos se agitan, nos balanceamos unas pocas veces adelante y atrás. Ella se pone la mano en la boca. Tiene una risa aguda muy contagiosa.
Segundos después, una vez recuperados, me dice:
―Vamos, que no te he desvelado el secreto del santo grial.
―Me parece que no ―le digo, burlón.
―Estás de acuerdo, entonces, ¿no? ―pregunta.
―Al cien por cien.
―Pues qué bien, estupendo. Lo llevamos claro las mujeres ―añade divertida―. A ver, cuéntame,  ¿qué es lo que has pensado? Como ves, soy parte afectada. Necesito un antídoto, doctor.
Los dos volvemos a estallar en carcajadas. Estoy a punto de arrancarme a hablar, pero ella se me adelanta.
―Por cierto, ¿tiene que ver con que seas sociólogo? ―me pregunta.
―¿Qué cosa? ¿Que me haya entretenido analizando esto?
―Claro.
―Qué va, mujer, para nada. Son cosas mías. Mero entretenimiento ―le digo.
―Si es que hay gente para todo… ―dice poniendo los ojos en blanco, sonriendo―. Bueno, venga, desembucha.
―Pues mira ―empiezo―, atando cabos llegué a comprender por qué es tan importante la sinceridad para vosotras. Es lo primero que pedís en un hombre. Es casi una obsesión.
―No voy a negarte eso ―me suelta como una flecha...

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8 comentarios:

  1. Me he tomado el tiempo de leer todas y cada una de las entradas; y las encuentro realmente estupendas. Los relatos son muy cuidados en cada detalle y muy sensuales y eróticos, sin dudas.
    Y estos otros escritos, estos "ensayos", ¿qué decir? ...con éste en particular he reído bastante, razón por la cual decidí comentar aquí y no en el último relato. Me ha parecido una conversación que he tenido con un amigo no hace mucho tiempo atrás; con la única diferencia que en vez de buscar el porqué en el "otro" soy de las que reflexiona en que momento de estupidez y debilidad humana un@ cae en ciertas cosas... en fin.

    Un placer haber llegado hasta aquí, con tu permiso, me quedo.

    Tentadores besos.

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    1. Misthyka, qué placer el mío al leer tu comentario. ¡Y qué sorpresa al verlo en uno de mis "ensayos"! Sé que no lo hago a menudo, pero confieso que me encanta escribir reflexiones de vez en cuando. Como la temática del blog es la erótica, procuro ponerlos en un rinconcito. Bueno, y también te agradezco todo lo que has dicho sobre mis relatos. Muchas gracias, Misthyka. Quédate cuanto quieras. Saludos ;)

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  2. Como puedes comprobar, he leído el ensayo. Y he soltado una carcajada de la leche. Lo digo tal y como lo siento. Te diré porqué. Porque es la vida misma y una realidad como un templo. Mientras que lo leía, me iba poniendo en la posición del hombre y cuando tocaba,en el de la mujer. Me gusta ponerme en la piel... digámoslo así, de los personajes. Está claro que la mujer es emocional, la miremos como la miremos. Es nuestro punto débil. ¡Qué le vamos a hacer! Y que vosotros sabéis regalarnos los oídos. Luego está la capacidad de ver a tiempo vuestros puntos débiles, aquellos que os delatan y que muchas veces no queremos ver, y están, vamos que si están, pero hay que ser hábil y encontrarlos antes de que sea tarde y hagáis posesión absoluta de nuestra voluntad ante el estímulo de los sentimientos y sensaciones, que necesariamente necesitamos sentir. Sentir para seguidamente caer en el abismo, tarde o temprano, de la decepción. Sinceramente, tus reflexiones las veo acertadas.

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    1. ¡Yo también estoy soltando una carcajada mientras leo tu comentario! No sólo lo has leído, es que has pillado perfectamente la idea. Te dije que te gustaría ;) Gracias por el comentario, ¡saludos!

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  3. Muy bueno, debo ser la única mujer que no le valen esos rollos, jajajaja. Orfherius te suena algo como que guapo eres, vaya voz, jajajaja

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    1. Hola, perversa. Creo que se me ha pasado este correo, no lo había visto. Saluditos ;)

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  4. A mi criterio, usted generaliza mucho. Quizás usted se ha topado con esa clase de experiencias, porque los contextos en los que usted se ha manejado también han sido similares. O no. La diversidad masculina y femenina es absoluta, si así se elige encontrarla. El universo de cada persona, masculina o femenina es tan único como aquel que así lo desee ver e investigar. Gracias por su artículo. Ah, y soy mujer.

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    1. Disculpe, pero no acabo de entenderle. ¿En qué generalizo? Es sólo mi perspectiva de un fenómeno. No quiere decir que ocurra así en TODOS los casos, obviamente. Por otra parte, aquí solo ha podido leer la mitad del ensayo. Es probable que no se haya hecho una idea completa de lo que quiero decir.

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