martes, 27 de septiembre de 2016

Izas, rabizas y otras profesionales (ensayo erótico)

Según el diccionario de la RAE, una iza es una prostituta, es decir, una mujer que practica el sexo a cambio de dinero, y una rabiza es una «ramera muy despreciable» ("ramera" significa igualmente "prostituta".) "Puta" y "zorra" son términos más comunes, y también más vulgares, y, entre sus muchas acepciones, se encuentra igualmente la de "prostituta".
No voy a hablar aquí, sin embargo, de las «profesionales del sexo», como sí hizo Camilo José Cela en su libro Izas, rabizas y colipoterras, a quienes ridiculizaba, sino de las que manifiestan, queriéndolo o no, su verdadero deseo por el sexo. Porque este es el quid de la cuestión y lo que a mí me llama la atención: la necesidad de la mujer de ocultar este deseo y la de hombres y mujeres de denigrar y poner en la palestra a las que lo manifiestan «cuando no deben».  
Probablemente tenga su origen, como casi todo lo relacionado con nuestras vidas sexuales, en la religión. Cualquier mujer «que se haga respetar» ―léase: que copule con un macho sólo cuando existe el objetivo respetable de procrear o de llevar a cabo un proyecto de vida comprometido― vendría a ser lo mismo que el capullito de una flor inmaculado que no permite la entrada a un insecto con las patas sucias, pero que una vez con el permiso concedido por su comunidad vecinal o con el del cura de la parroquia correspondiente, desea sentirse «como una puta» en la cama (léase esta vez «con ganas de sexo», sin más). Y repito: no como una verdadera profesional de la materia, pues no hay nada más aburrido que una mujer que cuenta los minutos, mientras uno se desfoga, para recibir unos pocos euros, sino como una mujer deseosa de tener relaciones sexuales.  
Mostrarse «como una señora» en la calle y desear sentirse «como una puta» en la cama: he aquí los dos extremos de un mismo continuo. Como un músculo que se contrae y se distiende periódicamente, nuestro cerebro también se estira y se contrae con los significados, como si éstos canalizasen nuestros instintos: después de un intervalo de tensión, necesitamos relajarnos reposando periódicamente en el extremo contrario, como la chica que en una sesión BDSM hace de "sumisa" pero que en su vida cotidiana detenta una dureza de carácter de mil demonios. (Con frecuencia, en la fantasía de Dominación/Sumisión, los roles son a menudo intercambiables, y ambos participantes pueden representar, según como se hayan despertado ese día, uno u otro rol.)  
Y es que todas las etiquetas, que parecen tener dos caras, tienen en realidad sólo una, una muy larga y estirada que se prolonga hacia dos extremos distantes. Si nos encontramos en uno de ellos, queremos estar en el otro, como si el equilibrio residiera justamente en el vaivén: cuanto más estricta es la educación sexual de una persona, más satisfacción encuentra en la experiencia morbosa contraria. «Llámame puta, dime zorra», me decía que le decía su novia, una chica bastante recatada, un amigo de mi infancia mientras se la metía. ¡Y qué morbazo me producía a mí, que la conocía a ella, tan modosita!  
Los insultos no significan a menudo gran cosa. En líneas generales, significan que estamos cabreados. De modo que cuando llamamos "puta" a una mujer, no estamos diciendo que ella manifieste abiertamente su apetencia por el sexo ni que desee comerciar con su cuerpo, sino que nos acaba de tocar las narices. Lo que ocurre es que queremos hacer daño donde más jode, y, sin duda, a una mujer le jode mucho que la hagan pasar al otro extremo con tanta rapidez y cuando no toca, y tanto más si hay espectadores. Vamos, que le jode que la hagan una maestra de la jodienda.  
La línea es finísima. Este insulto, tan desagradable en determinadas situaciones, puede resultarle a ella apetecible cuando se encuentra a cuatro patas, húmeda y abierta sobre la cama, y a salvo de miradas incómodas. Ese capullito inmaculado, delicado y volátil que es «la mujer que se hace respetar», franqueado por un portero como el de una discoteca madrileña, se convierte por arte de magia en una hembra viciosa, húmeda, atrayente y morbosa cuando se siente a salvo para dar rienda suelta a su impulso reprimido. 
No es una regla de tres, pero parece plausible que cuanto más nos fuerzan a contener nuestra libido, por mor de unos principios o un credo religioso, con más ansias deseamos desfogarnos, y de manera más abrupta o inconveniente. Piénsese, si no, en los curas y jueces pederastas. ¡Cuánta tensión acumulada sujeta por principios y códigos de conducta! ¡No hay Dios que pueda aguantar eso!  
Recuerdo que, en algunas de nuestras sesiones de cibersexo por whatsapp, una amiga casada, que se educó bajo la estricta mirada represora de su madre ―quien decía que debía siempre «guardar el punto»― y de sus profesoras monjas, quien se ponía roja como un tomate y desviaba la mirada cuando yo le presentaba de improviso una foto porno en la pantalla del móvil, solía escribirme, en el fragor de la batalla whatsappil, cuando ya estaba muy húmeda y a punto de correrse: «¡fóllame!, ¡métemela duro!». ¡Yo no la reconocía!  
Por cierto, quede constancia de que no solo el hombre tiene el cerebro diseñado para clasificar a la mujer en función de cómo gestione sus impulsos sexuales. La mujer lo tiene tanto o más claro que el hombre, y no duda en apelar a la «ligereza de cascos» o a la «frescura» de una contrincante ―cuando el contexto no las deja ir más allá― en cuanto ven la más mínima oportunidad de insultarlas, o llamándose directamente unas a otras «putas», «zorras» o «guarras» cuando los ánimos están realmente revueltos y quieren hacer daño donde más duele.
En el programa Mujeres y hombres y viceversa podemos ver casi sin filtros todo este tipo de insinuaciones entre las chicas que compiten por el macho disponible, el «tronista». El adjetivo «guarra» se puso muy de moda en una de las últimas ediciones del reality Gran Hermano, y no salía, precisamente, de boca de los concursantes varones.

La violencia, la fuerza física o, si se quiere, la rudeza es otra consecuencia que emana de esa tensión sexual que se crea entre la hembra escurridiza ―que se hace "respetar"― y el macho hostigador que desea poseerla a toda costa; y también, por extensión, un ingrediente de lo más excitante y morboso en el escenario del cortejo y de la cópula.
Si bien el hombre insulta a la mujer muchas veces, como he dicho, sólo por haberle ella tocado las narices, otras veces utiliza estos insultos porque son los más apropiados, porque la ha descubierto, precisamente, «jodiéndole» en materia de sexo, esto es: manifestando deseos sexuales por otro hombre. 
Y es que en el sexo hay cierto sentido de apropiación o de posesión en contra de la voluntad del otro, como si obtuviéramos algo que se nos retiene. (Me viene a la mente esa imagen del león que amaga con morderle el cuello a la leona cuando la penetra, y de ella revolviéndose y tratando de morderle, a su vez, cuando ha terminado la cópula.)  
He aquí otra moneda con una sola cara: la del consentimiento. ¿Cuántas mujeres no tienen la fantasía erótica de ser sometidas en el acto sexual? Hartas de tener que desfogar su deseo libidinoso sólo después de un modosito y recatado «sí, quiero», la mujer desea por una vez ser cogida con fuerza, contra su voluntad ―aunque sea en el escenario de su fantasía erótica recurrente― por un buen macho que la someta y se la clave. La gradación de esta fantasía ―de la dureza que se emplee―, como ocurre en todas, es muy amplia. Sólo sé que la mujer quiere ser penetrada y que el hombre desea penetrarla, para lo cual ambos sudan, a su manera, la gota gorda.   
Una vez me reveló uno de mis ligues una reflexión que se había hecho a sí misma: que, por lo general, una mujer prefiere una relación sexual con penetración pero sin orgasmo, que una relación sexual con orgasmo sin haber sido penetrada. Esto reduce la cópula entre humanos ―como sucede con los demás animales― a una cuestión estrictamente de supervivencia de la especie: en la hembra el orgasmo es un mecanismo accesorio, y nunca puede funcionar como un impedimento para que sea inseminada.  
Así y todo, estando la naturaleza tan a favor de la penetración, al hombre moderno ―de la sociedad «civilizada», digamos― le cuesta dios y ayuda meterla todas las veces que desearía, ¡y especialmente con todas las mujeres que desearía! Y a la mujer le cuesta otro tanto que se la metan sólo después de que haya habido un compromiso por parte del macho.
Estoy convencido de que muchas de ellas están hartas de ese compromiso, y de que es por eso por lo que fantasean con «practicar el sexo por el sexo mismo», como verdaderas "viciosas" ―es decir, como putas―, sin esa carga de responsabilidades, o por lo que acuden a páginas de encuentros sexuales clandestinos.
No hace mucho leí, por cierto, un libro de Pilar Cernuda: Madres solas. En él se explica, y además muy bien, la cada vez más frecuente inclinación de las mujeres por tener hijos solas. Es cierto que algunas toman esta alternativa al no haber dado con el hombre "adecuado" ―es decir, con uno bien centrado, que provea comodidad material al nido y que no necesite de otras hembras―, pero otras optan por esta vía por propia decisión, no por falta de otras opciones. Les resulta un engorro mayúsculo tener que convivir con un hombre sólo por el hecho de que él sería el padre de su criatura. ¡Las comprendo perfectamente!
No es la norma ―todavía―, lo sabemos. Quiero decir que la fórmula del matrimonio ha funcionado durante siglos, y que sigue funcionando hoy en día, aunque menos. Por cierto, que "funciona" significa que ambos logran convivir bajo el mismo techo sin matarse, sobrellevando como pueden el peso de los cuernos, las peleas y las desavenencias, y que acogen en el nido, en medio de este ambiente algodonoso, a los vástagos, que crecerán con las taras y las virtudes de los progenitores.
Sin embargo, las cosas parecen estar cambiando. La mujer, hoy en día, trabaja, cada vez con más frecuencia, fuera de casa. Dispone, por lo tanto, de su dinero, es decir, de su tiempo y de su libertad. ¿Para qué atarse, bajo estas nuevas condiciones, a un eterno compañero de cama, a veces demasiado peludo, otras, demasiado sucio y, otras veces, excesivamente afeminado, cuando ella sola podría hacerse cargo del fruto de la cópula? ¿A santo de qué soportar peleas, acosos, férreos controles y demás condimentos matrimoniales? Su nueva libertad material les ha llevado a darse cuenta de que... ¡solo necesitan la semillita, no al agricultor! Es por esto que muchas acuden, para concebir a su hijo, o bien a un desconocido al que embaucan en una noche de placer ―opción que comporta muchas consecuencias negativas―, o bien a un banco de semen. Nada más aséptico y cómodo.
Pero volvamos a la cuestión que nos ocupaba: las ganas de unos y de otras de llegar a la cópula, y las cortapisas que ellas, por mor de alcanzar un compromiso, les colocan a ellos ―y a sí mismas― en mitad del camino. En todo este escenario me imagino al hombre, furioso y frustrado, queriendo coger a la fuerza a la mujer, a ese objeto de deseo escurridizo que tantas trabas pone a su satisfacción sexual, y que tantos esfuerzos le supone atrapar, no sé si queriendo morderle en el cuello, como el león, agarrándola por las caderas, metiéndosela bien a fondo, soltándole al oído: «Ven aquí, puta, ¿quieres polla, eh? Te voy a dar lo que a ti te gusta», y descargando sobre ella no sólo su semen, sino también su rabia. Y ella, jugando justamente el rol contrario y sublimando su deseo sexual constreñido, le diría: «Oh, sí, necesito una buena polla. Métesela duro a tu putita».  
Otra chica, una asturiana que se enojaba con mucha facilidad en nuestras conversaciones eróticas por el messenger cuando yo era "irrespetuoso" con ella, me podía decir, cuando ya estábamos calientes, cosas como: «¿Te gusta cómo te la chupa tu putita?». Y yo: «Oh, sí, me encanta cómo me la chupas. ¿Dónde has aprendido, zorrita?». Y ella: «Fóllame la boca, cabrón». ¿Cabrón? ―pensaba yo, sorprendido―. Pues sí, cabrón. Yo era el cabrón que trataba a las mujeres como trozos de carne, que sólo las quería para el sexo, y que las reducía a meros objetos de placer, como a ella, que expresaba así su rabia pero también su excitación morbosa: deseaba sentirse como esas zorras que a mí, según ella, tanto me gustaban. «¿Dónde has estado?», me decía cuando nos encontrábamos de nuevo en el messenger, «¿ya te has follado a todas tus putas?». 
Con todos mis respetos a las izas, las rabizas y las prostitutas que se ganan la vida cobrando por ofrecer sexo ―esto hay que añadirlo siempre, como una coletilla; queda muy bien―, yo nunca he ido de putas, pero, madre mía, ¡cuánto juego nos proporcionan en el complejo entramado de las relaciones sexuales!

4 comentarios:

  1. A mi modo de ver, veo que ofreces una visión real de las mujeres respecto al sexo. Sobre lo que quieren, esperan o necesitan. Pero no todas lo vemos así. No nos mueve o nos conmueve de las misma forma. Me ha gustado el relato. Es curioso.

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    1. Hola, Rosa. Gracias por el comentario. Bueno, esto es una reflexión mía. Y por supuesto no se puede generalizar a todos. Digamos que es algo que sucede a menudo, muy a menudo. Pero todos no entramos en el mismo saco. Un saludo.

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  2. Esto es raro, mientras leía sé que hay personas que pudiesen sentirse ofendidas si no pensaban de la mera correcta, que el afán no es de ofender sino de ver la realidad de las cosas, que hay casos sabidos de que todo esto es así, por fuera se puede aparentar una cosa, pero por dentro, la sangre hierve en lujuria inexplicable.
    Interesante, ya os había visto en L-VS-E, pero hasta apenas hoy me he dado el tiempo de pasar a leerles.
    Os mando un abrazo, y muy buena vibra!

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    1. Hola,Helena. Sí, sé que muchas pueden ofenderse, pero, como tú dices, se debería a que interpretan mal, porque esta reflexión es nada más que una descripción de las cosas, tal como yo las veo. Así es: una cosa es lo que se aparenta y otra la lujuria que hierve por dentro. Bien dicho. Un saludo.

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