domingo, 9 de octubre de 2016

El beso de la araña

Corrían los tiempos en que los jovencitos, los varones, hablábamos de chicas y de sexo a todas horas. En el instituto, comenzábamos a ver los cambios que la naturaleza había provocado, de un verano para otro, en los cuerpos de aquellas hembras pubescentes, deformándolos sabiamente con nuevas protuberancias y curvas voluptuosas.
Las clases de gimnasia constituían una ocasión sin igual para deleitarnos con los glúteos mórbidos de Pili, que asomaban por debajo de los pantalones cortos y arrastraban, adherido a la piel húmeda, un trozo de braguita; con las tetas firmes y rebosantes de Soraya, que apenas podían contener, durante la carrera, su fatigado e insuficiente sujetador; con las piernas estilizadas de Bea, acabadas en unos finísimos tobillos y unos delicadísimos pies, los que yo me deleitaba mirando en el gimnasio cuando tocaba estiramientos sobre colchonetas, pues el profesor, seguramente más preocupado por su propio placer morboso que por el cuidado del material, nos obligaba a descalzarnos; y con la cintura de avispa de Lupe, detalle anatómico que ella procuraba resaltar vistiendo una camisita blanca bien ajustada. La atención libidinosa del macho adolescente estaba siendo progresiva e ineluctablemente atraída por esta tropa de abejas portadoras de rica miel.
Cuando yo escuchaba a otros compañeros hablar de penetración, de coitos o de follar, me los imaginaba realizando un acto insólito, no sólo por lo increíble que me parecía llegar a «disponer» de la voluntad de una cualquiera de aquellas gráciles y perturbadoras gimnastas, sino también por el halo de misterio que lo envolvía, pues, ¿en qué consistía realmente su mecánica? Me imaginaba a Montse entre mis manos, la chica bajita y pechugona que se sentaba delante de mi pupitre, haciéndole «aquello» de lo que todos hablaban, y un estremecimiento me recorría el cuerpo. «¿Qué se sentirá?, ¿qué hará ella?, ¿sabré metérsela?, ¿sabré por dónde metérsela?, ¿he de derramarme dentro?», me preguntaba.
En las clases de religión, gracias al cura salido que teníamos como profesor, se hablaba de semen, de manchas imborrables en los calzoncillos, de vulvas obstruidas por un velo de piel maldito, de embarazos, de condones... Un sinfín de acertijos. Y yo quería averiguarlos todos. Me imaginaba «haciéndoselo» a Pili, abierta debajo de mí en una postura obscena, como había visto en alguna revista pornográfica; o a Soraya, puesta a cuatro patas y exponiendo su vulva tumefacta y circundada por un halo de vello oscuro, turbador, con sus enormes pechos bamboleándose con mis sacudidas, mi pene clavado «allí», no sabía muy bien dónde.
Yo, con mi inexperiencia, me sentía un extraterrestre frente a Esteban, aquel chico de segundo que «lo hizo» con Lena en la última excursión a los Llanos de la Pez, entre los pinos; o frente a Antonio, aquel chico de orígenes venezolanos y piel morena que «te llenaba la boca» con su eyaculación, según decían. Hasta entonces, mi experiencia sexual se había limitado a la minuciosa exploración del cuerpo de Lula, mi prima inseparable durante la infancia.
Entretanto, me masturbaba. A mis dieciséis años, me deleitaba observando salir de mí aquel líquido viscoso y perfumado que brotaba después de practicar sobre mi miembro erecto un enérgico masaje, acompañándolo con las más vivas y variadas imágenes que iba recopilando cada día con aquellos cuerpos femeninos que provocaban mi excitación involuntaria. Uno de ellos era el de mi prima Sandra, dos años mayor que yo y protagonista indiscutible de mis poluciones diurnas (y no sé si también de las nocturnas).
Sus curvas eran del tipo por cuya razón se suele usar el símil de la guitarra para referirse al cuerpo de la mujer: tenía unos pechos muy abundantes y firmes, una espalda estilizada, una cintura asombrosamente fina y unas caderas que, por contraste, parecían la caja de resonancia de dicho instrumento. Sus nalgas... para qué hablar de sus nalgas. Sólo sé que cuando la veía alejarse de mí, estando yo en su casa para pasar la noche, andando por el pasillo en ropa interior, las braguitas se le metían por en medio hasta casi perderse, mientras las dos masas mórbidas de carne vibraban a ambos lados con cada paso, provocando mi asombro y mi excitación. Estas cosas, como veremos enseguida, las hacía a conciencia. Además de todo esto, era una chica muy guapa, de nariz afilada, grandes mofletes garantes de juventud lozana, labios carnosos, bien dibujados, y pelo castaño, largo y lacio.
Asistíamos al mismo instituto, pero allí apenas la veía. Estando dos cursos por encima, sentía que «jugaba en otra liga». Le conocí uno de sus muchos «novios», un chico alto y tan rubio que parecía alemán, con el que se besaba y magreaba discretamente durante el recreo, apoyados en una de las vallas que circundaba el recinto. Federico, uno de sus muchos admiradores, me paró más de una vez por las escaleras, entre clase y clase, y me decía al oído: «me vuelven loco las tetas de tu prima», con la esperanza, quizás, de que yo se lo transmitiera a ella.
Pero Sandra era relevante para mí en su casa, no en el instituto, pues era allí donde yo pasaba muchísimo tiempo. No con ella, pues para mí era inaccesible ―y yo debía parecerle un gracioso animalito―, sino trasteando, jugando o fabricando alguna chapuza en la azotea. Su casa era también la mía, y yo podía acercarme allí a almorzar cualquier día, si me apetecía, sin avisar siquiera.
Sus padres eran unas personas muy chapadas a la antigua, y en materia de ligues y de sexo se comportaban con ella como dos carceleros con su prisionero. De hecho, en una ocasión su padre la sorprendió besándose con el rubito de apariencia germana cuando pasaba con su coche por una carretera adyacente al instituto: estuvo dos meses sin dirigirle la palabra. (Ignoro en qué consistió la escena cuando ella regresó ese día a su casa, pero conociendo el carácter de mi tío, debió ser un plato de malísimo gusto.)
Presencié también, algunas noches que pasé allí a dormir, cómo su madre permanecía en vela viendo la televisión hasta las tantas, dando cabezadas, si se daba la circunstancia de que el «pretendiente» de Sandra se encontraba en aquel momento con ella, en una habitación anexa. La mamá gallina vigilaba que el intruso no le metiera mano a su polluelo.
Bajo este clima de vigilancia férrea, Sandra parecía conducirse con total indiferencia, como si hubiese a su alrededor una película aislante que la protegiera de semejante influencia. En un ambiente donde todo debía realizarse a plena luz y bajo la mirada franca de sus padres, quienes no daban ocasión a que se les forzara a interpretar nada (incluso ducharse o hacer la necesidades debía hacerse con la puerta del baño abierta o entornada: cerrar una puerta implicaba, para aquellos dos seres mojigatos, deseos indecorosos), Sandra podía pasearse por toda la casa, sin la más mínima aprensión, en bragas y sujetador o con ropa rematadamente ligera. ¡Qué maravilla!, ¡aquella prima que jugaba en las ligas mayores paseándose para mí de semejante manera!, ¡toda aquella carne apreciadísima a mi disposición!, ¡jódete, Federico!
Ella sabía que causaba expectación. Fueron muchas las ocasiones en que pude observar cómo se las gastaba y qué intención ponía en los movimientos de su cuerpo. Por ejemplo, si nos encontrábamos en su casa algunos primos y amigos varones, ella podía hacer acto de presencia con sus mínimos modelitos y sus impresionantes curvas y marcharse, acto seguido, generando tras de sí, con el balanceo de sus caderas, un caudal de miradas concupiscentes. Para desgracia suya, no disponía de ojos en el cogote, de modo que se veía obligada, mientras se alejaba, a girar mínimamente la cabeza para atisbar, con el rabillo del ojo, el destrozo que había provocado con su llegada, y el que estaba provocando al marcharse. Yo me relamía no sólo observándola a ella, como hacían todos los demás, sino observando también este detalle.
Yo me masturbaba con estas visiones, pero no sólo con estas visiones. Como digo, yo debía parecerle a ella un animalito indefenso. Era tal su poderío sexual, que yo me sentía menguar a su lado. Su interés por mí debía ser el mismo que manifestara una araña por una mosca jugosa: yo era una presa cualquiera a la que podía atrapar, manipular y devorar a su antojo.
Era conocido que Sandra tenía muchísimo deseo sexual y que no perdía ninguna ocasión que le reportara un mínimo de placer morboso. De modo que sí, yo debía parecerle a ella, dada mi fragilidad de cervatillo, un sencillo bocado, pero al fin y al cabo con cuerpo de varón y con mis órganos sexuales en pleno funcionamiento. De hecho, me encontré en muchas ocasiones «enredado en su tela». Yo jamás la reclamaba: sencillamente, yo «caía en sus redes»...

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12 comentarios:

  1. Recomendando blogs
    Ve a ver el video, no te arrepentirás
    https://youtu.be/nFjxoIA9b9I

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    1. Muchas gracias. Ya lo he visto, te escuché narrando un trozo del relato. Espero que tengas suerte con tu canal. Un saludo.

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  2. Impresionante cómo siempre. Tenías razón...me ha gustado mucho.
    Seguiré leyendo los otros.

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    1. Me alegro, Broken Dreams. Gracias, un saludo. ;)

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  3. ��maravilloso! Me ha encantado

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    1. Y a mí me encanta que a ti te encante, Gazmira. Un saludo. :)

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  4. Lo dicho, muy bueno. La indefensión y el deseo del protagonista están muy bien narrados.
    Un saludo,

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Juan. Y gracias por la apreciación. Un saludo.

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  5. Estupenda narración te lleva lentamente sin prisas y te transporta al tiempo.sin caer en lo vulgar. Repito muy buena.

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    1. Muchísimas gracias, Luis Felipe, un placer. Saludos ;)

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  6. Excelente relato, muy bien narrado. Es muy estimulante!!! Salu2 y bendiciones!!!

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    1. Muchas gracias, encantado de que le guste. Saludos.

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