lunes, 17 de octubre de 2016

La forja de un fetichista

Crecí rodeado de primas. Donde yo vivía, había vacas, gallinas, cerdos, perros, cabras, gatos... y también primas, muchas primas. Unas vivían a un kilómetro, otras a trescientos metros y otras a un paso de mi casa, pero confluíamos todos en la inmensa huerta donde se congregaba toda esta fauna animal.
Me gustaban mucho las vacas, tanto que algunas mañanas le pedía a aquel señor de manos ásperas que me permitiera jalarle a una de ellas, con mis manos aún diminutas, aquellas enormes tetas para tratar de llenar, mal que bien, la lechera que luego llevaría a mi casa, tibia la leche aún, y que yo sorbía, de vez en vez, durante el trayecto polvoriento. Pero me gustaban más mis primas, aun cuando no tenían tetas. Y de entre todas ellas, me gustaba una: Lula.
De Lula me gustaba todo, desde el principio. Y digo desde el principio porque apenas tengo ningún recuerdo de mí, como criatura viviente, sin que ella pululara a mi alrededor. Además, mi casa era la suya, prácticamente, y la suya era la mía. Eran como dos madrigueras, a cierta distancia una de la otra, a las que accedíamos con total normalidad. Los olores, dentro de cada una de ellas, eran diferentes, pero eso sí: la suya olía a detergentes, desinfectantes y jabones, porque su mamá coneja era una fanática de la limpieza. Me gustaba más cómo olía mi madriguera.
No sé si siempre que dejan sueltos a dos mocosos como nosotros dos, macho y hembra, en unos cercados tan ricos de vida y tan llenos de preciados recovecos, ocurre lo mismo, es decir, que se juntan y no paran de explorarse. Porque eso es lo que hacíamos Lula y yo: explorarnos. Lo hacíamos con los ojos, con la nariz, con los dedos y con la lengua. Ya digo que no tengo demasiados recuerdos de mí, siendo tan chico, sin que se me cuelen escenas eróticas con ella, como cuando nos escondíamos tras el largo sillón de mi casa, en el recibidor, para lamernos el culo.
Nuestros oídos debían ser finísimos. Y digo «debían» porque no puedo explicarme de otro modo cómo lográbamos hacernos mutuamente todo lo que nos hacíamos estando tan cerca de los adultos que nos cuidaban. Por ejemplo, estando mi madre cosiendo en la habitación de al lado, yo podía estar lamiéndole el coñito rosado bajo una manta, sobre un amplio sofá, y ella podía, bajo la misma manta, chuparme los huevos y el pene. Perdón: yo podía estar «tomándome el agua de la fuente», porque tenía mucha sed, y ella podía «tomarse su chocolate caliente de los contenedores», porque tenía mucha hambre. Porque esa es otra: nunca llamábamos a cada cosa por su nombre, sino por medio de subterfugios, símiles y eufemismos. Cuando ella se ponía a cuatro patas, en la parte de atrás de mi casa, junto a la ventana donde mi padre roncaba a pierna suelta, yo no le chupaba las tetas ni la vulva, sino que «la mamá vaca alimentaba a su ternerillo»; poco importaba que las tetas estuvieran donde brotaban sus pezones o donde nacía su vagina: yo, el ternerillo, tomaba mi leche de donde me apetecía. Lula, la vaca, me lo ofrecía todo.
Puedo decir ahora sin equivocarme que hacíamos las cosas por instinto, como dos animalillos. ¿Cómo se explica, si no, que yo me situara detrás de ella, pecho contra espalda, sobre una cama y bajo una manta, y colocara mi pene tieso allí, entre sus nalgas, o en el hueco que dejan los muslos donde nacen, e hiciera movimientos pélvicos cuasi mágicos o inspirados en la nada, hasta que experimentaba esas sacudidas propias del orgasmo, aunque de mi pene no saliera ni una gota de semen?
A medida que nuestras mentes se llenaban de información, nuestros juegos se hacían más complejos. Con la edad, nos volvíamos más sofisticados. Así, en la oscuridad de mi garaje, que era amplísimo y lleno de escondrijos, yo visitaba al médico, que era ella, porque «me duele aquí, doctora, en esta zona», le decía yo señalándome el paquete. «Desnúdese», decía la doctora. Y ella, con su instrumental médico, me curaba.
Otras veces, mi dormitorio era la suite de un hotel, ella era la huésped, una señora muy ricachona y envarada, y yo era su sirviente. «Acércate, Sebastián», decía la ricachona, y yo me acercaba a su cama con el pene tieso. Entonces ella hacía que cogía su bolso, que podía ser un coletero o una goma elástica cualquiera, y me lo colgaba allí. «Gracias, Sebastián, retírate», y yo me iba, aunque no más lejos de dos o tres pasos, sin salir de la «suite». Al cabo del rato: «Sebastián, necesito que me pongas la crema». Ella me tendía el bote ficticio, se recostaba sobre la cama, me ofrecía desnuda la parte del cuerpo que debía recibir el tratamiento, y yo se la ponía...

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12 comentarios:

  1. Que maravilla de historia...felicidades. Un relato extraordinario.

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    1. Muchísimas gracias. Un placer para mí. Saludos

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  2. Wow!! Me dejaste boca abierta que relato más bien narrado y que manera de describir tu deseo por los pies. Enhorabuena.

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    1. ¡Hola, Katy! Muchas gracias. Me encanta que te haya gustado. ¡Saludos!

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  3. Sólo puedo decir que parece autobiográfico, al menos tendrá alguna parte real. No sólo a ti te gustan los pies ;). Genial relato, muy bien narrado, transmites mucho. Saludos,

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    1. Lo es. Hay mucho aficionado al pie femenino. Muchas gracias, Mendiel. Un saludo.

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  4. Un buen relato fetichista , ayer escribí yo uno pero en este caso era un ladrón de tangas y bragas. Un saludo

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  5. Es cierto, podemos decir que hasta es tierno :-)
    Me gusta cómo relatas. Es fluir en las letras, estar...
    Besos.

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    1. Vaya, Mag, muchas gracias. Me alegro de que mi manera de escribir te transmita esa sensación. Saludos.

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