jueves, 6 de octubre de 2016

Diversión entre mojigatos

Merche (por whatsapp):
¿Estás en tu casa? Vine caminando hasta Ronda, a casa de mis padres. Ya estoy de vuelta. ¿Me invitas a un café?
Yo:
Vale, pásate.
A Merche la conocí en la universidad. No era mi tipo, sexualmente hablando, pero hicimos buena amistad. Era de ese tipo de chicas que lo reivindica todo. Se encontraba en su elemento cuando tenía que plantear a la junta universitaria, en el salón de actos, todas las demandas que los alumnos le transmitían a ella. Era bastante guerrera, siempre detrás de las causas injustas. Yo pensé que con el tiempo acabaría ejerciendo la política. En la universidad, la tachábamos de feminista empedernida.
―Hala, ¿y ese conjuntito? ―le dije, en el umbral de la puerta.
La miré de arriba abajo, sonriendo. (Tengo este defecto, y es que soy bastante indiscreto. Sólo cuando me lo hacen saber, me doy cuenta de que podría «cortarme un poco». Ella ya estaba acostumbrada.) Su cuerpo estaba cubierto casi por completo de licra negra: unos pantis que le llegaban a la pantorrilla, un top bien prensado sobre su busto, y una chaquetilla rosa chillón con cremallera, de manga larga. Todavía sudaba un poco. Se había recogido el pelo en una coleta, detalle que la hacía más «jovial», un contrapunto juguetón en su apariencia: por lo general, por su forma de vestir, parecía siempre mayor de lo que era: camisas abrochadas hasta arriba, zapatos planos o con muy poco tacón, fulares, gafas de sol de pasta sobre el pelo largo, pantalones (rara vez falda), etc.
―¿Qué le pasa al conjuntito? ¿Te vas a meter ahora con él? ―me dice tratando de parecer enfadada, pero descojonándose.
―Calma, calma, peleona, que está muy bien ―le digo abriendo la puerta y haciendo que pase. Ella avanza por el pasillo, delante de mí, y yo, por supuesto, la miro de nuevo de arriba abajo, deteniéndome a cada pasada en su culo y su espalda. Ya digo que no era mi tipo, pero Merche tenía una espalda bastante atractiva. Actualmente había cogido bastantes kilos, de ahí su «caminata» hasta la casa de sus padres.
Pasamos al salón y traigo de la cocina dos tazas de café. Nos sentamos en el sofá central del tresillo, uno a cada lado. A ella le gusta estar en contacto conmigo, físicamente, cuando estamos conversando. Si no es con un dedo, que desliza por mi brazo cuando estamos más cerca, es con su pierna, como hacía ahora, que rozaba intermitentemente contra la mía.
Ella estaba casada actualmente, tenía dos hijos, y, por lo que yo sabía, jamás había estado con otro hombre, más allá de algún rollito durante sus épocas de infancia y juventud. Detrás de su faceta feminista y guerrera se escondía justo lo contrario: una personalidad dócil, constreñida por una educación firmemente religiosa, y supeditada por entero a los deseos del hombre. Era una chica tremendamente mojigata, que se sorprendía a sí misma después de pronunciar frases del tipo: «es que no es natural tener sexo con quien no es tu esposo». En ocasiones como esa, la vi echarse la mano a la boca en un acto reflejo, avergonzada e incluso conmocionada por sus propias palabras.
Mi vida «desordenada», según la llamaba ella ―rara vez estuve con una chica más de dos años; mi experiencia sexual y afectiva se reducía a rollos pasajeros, follamigas, citas con desconocidas con las que contactaba por internet y demás fauna― era para ella una fuente de excitación y morbo. Le gustaba conocer los detalles de mis incursiones sexuales. En esta ocasión, mientras rozaba mi pantorrilla con su pierna, quería saber cómo me iba con mi nuevo ligue, la chica «del parking».
―Pues bien, me va muy bien ―le decía yo, haciéndome el interesante.
―¿Ah, sí?, cuenta, cuenta.
―He comprado el chisme que te dije...
Le había contado que, para añadir algo más de morbo a mis sesiones de sexo con este nuevo ligue, había comprado un «juguetito», un dildo de unos 20 cm. de color crema, grueso y liso, que terminaba en una punta con forma de glande.
―¿Quieres verlo? ―seguí diciendo.
―¡No! ―soltó estallando en una risa nerviosa―, ni se te ocurra traerlo.
―Pero, ¿por qué? Espera, que lo traigo ―le dije, levantándome del sofá.
―¡Que no lo traigas! ―me «gritaba» ella, temblándole la voz.
Sus «gritos» no resultaban en absoluto creíbles. Se moría de ganas de verlo, pero no se atrevía a hacerlo delante de mí. Los nervios se la comían por dentro. No sabía dónde meterse. Cuando asomo de nuevo en el salón, ella trataba de mirar para otro lado, martirizada, cubriéndose la frente con una mano. Yo, por mi parte, estaba tan nervioso como ella, aunque trataba de ocultarlo.
Desde siempre he tenido un sentido del pudor y del ridículo exacerbados. En mi juventud, a la menor señal de que podía sentirme reprobado por mis acciones, mi cuerpo se tensaba por dentro y experimentaba una sensación abrumadora de vergüenza y culpa. Este aspecto de mi personalidad, según creo, es el que se encuentra en el origen de mi fascinación por las situaciones morbosas en las que se roza la línea de lo prohibido, lo censurable y lo pecaminoso. Merche lograba conducirme, con su rubor y sus escrúpulos, a las cumbres de la excitación morbosa. Me senté bruscamente en el sofá, dejándome caer, y solté el juguetito en medio de nuestros cuerpos.
―Mira, ¿qué te parece? ―le pregunto riéndome y mordiéndome los labios a un tiempo.
―Qué capullito eres ―me dice, sin atreverse a mirarlo. Se quita la mano de la frente y gira la cara hacia mí, aunque yo sé que ella logra percibir por el rabillo del ojo, como hacen muy bien las mujeres, aquel objeto color crema que, desde este momento, pasa a ser el centro de su atención. Su cara es un poema, roja como un tomate, y su excitación aumenta verdaderos enteros, como la mía.
―Mi niña, sólo quiero saber tu opinión ―le digo, haciéndome el sueco.
―Sí, ya, claro...
Y en un acto de arrojo, aprovechando un descuido de su pudor, lanza una mirada fugacísima al objeto, medio segundo quizás, y las llamaradas cubren por completo sus mejillas. Yo me pongo como una moto, una Harley Davidson de 800 cm. cúbicos como mínimo.
―Muy... bonito ―logra decir a partir del fugaz recuerdo, levantando la barbilla para alejar su mirada del objeto prohibido.
―¿Verdad que sí? Yo creo que sí, que está muy bien. ¿Has visto la forma que tiene?
―No... No me he dado cuenta.
―¿No?, pues míralo, mujer. Anda, dime qué forma tiene.
Logrando reunir la confianza necesaria, vuelve a echar un nuevo vistazo tratando de demorarse lo más posible, y lo observa durante 2 ó 3 segundos. La excitación le sale por los poros...

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12 comentarios:

  1. Menuda escenita. Es increíble que pueda ser tan excitante una escena en la que no aparezca sexo explícito. Erótica en estado puro.

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    1. Hola, Dafne. Exacto, has dado en el clavo. Esta escena es eminentemente morbosa, nada de sexo explícito. Muchas veces es incluso más excitante, como una especie de striptease, ¿no crees? Me alegro de que te haya gustado. Saludos.

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  2. Me ha encantado el relato. Muy sutil y morboso. Pero, sobre todo,lo que más me ha gustado es tu manera de narrar. Escribes tan bien que me dan ganas, ya solo por eso aunque no solo por eso, jajaja, de quedarme para siempre en tu blog.
    Un abrazote.

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    1. Vaya, Sue, qué subidón me producen a mí tus palabras, imagínate. Estoy encantado de que te haya gustado. Gracias por dejarme publicar en tu comunidad. Seguiré subiendo poco a poco los posts. Son todos muy diferentes. Y te advierto de que hay alguno que otro que puede hacer saltar ampollas. En mi descargo diré que son sólo relatos, fantasías que extraigo de todos ustedes. Un saludo.

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  3. La verdad es que ella, para estar casada, simula la mar de bien no saber nada de nada. Un juego excitante y una excusa genial para hacer y decir muchas cosas que, de otro modo, hubieran sido consideradas las provocaciones intencionadas de alguien experimentado. Mojigata o no, el juego resultó muy placentero para ambos :))

    Un relato muy bueno, Orpherius. Narras muy bien las emociones y sentimientos de los protagonistas y eso, en mi opinión, lo hace todo más creíble. He sido espectadora de primera fila de la escena y me ha encantado.

    ¡Un saludo!

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    1. Hola, Julia. Muchísimas gracias por tu comentario. Llevo poco menos de dos meses en este mundo de la erótica, y, sorprendentemente, estoy recibiendo muy buenas críticas, como la tuya. Suelen decirme lo que has comentado, que transmito muy bien las emociones de los personajes, con mucho detalle. En fin, yo estoy encantado. Gracias de nuevo, me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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  4. El juego no está nada mal :-) Realmente tiene un puntazo sensual increíble y para ser mojigata :-) bueno, un puntito más... y se le acaban todas las vergüenzas que no tiene :-)

    YO no sé si me hubiera resistido a meterme sola en el baño :-)
    Besos.

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    1. Entre mojigatos, el morbo es lo que dispara la excitación, pues el sexo explícito está fuera de su alcance. ;)

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  5. Has narrado muy bien la escena de la mojigata que no sabe nada,jajaja. Escribes con tanto detalle el jueguecito que hacer estar viendo en primera fila la escena no sin sentir algo por dentro. Un saludo

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    1. Hola, María del Carmen. Muchas gracias, esta escena sin sexo me encanta. ;) Saludos.

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