domingo, 23 de octubre de 2016

Un dulce correctivo

―¿Y qué tal os va?
Me refería a ella y a su actual marido, Alberto. Le hice esta pregunta con algo de desdén, con una pizca de rencor, quizás. Desiré había estudiado conmigo Farmacia, y durante los años de carrera estuve obsesionado con ella. Era una chica más bien delgada, de ojos verdes y piel blanca, muy atractiva, y con un culo respingón que no perdía ocasión de hacer notar con sus conjuntitos ajustados. Su pelo castaño, lacio y abundante era otra de sus armas de seducción, pues no dudaba en atusárselo, provocativa, en cuanto se veía observada por algún chico interesante. Pero, más que nada, me obsesionaba su forma de ser, esa descarada coquetería que mostraba sin descanso. Me ponía de los nervios.
Intenté en varias ocasiones que saliera conmigo, pero sólo obtuve negativas. Tenía la habilidad de crearte falsas expectativas. Esto era lo que más me indignaba: que se «hiciera querer» para luego dejarte con un palmo de narices. Hablando en plata: era un poco calentona. Le gustaba llamar la atención, captar las miradas de los machitos que la rondaban, pero manteniéndolos siempre a distancia. En cuanto cualquiera de nosotros intentaba obtener algo más, se hacía la estrecha. Así era ella: un dulce que bordeaba constantemente nuestros labios sin dejar nunca que la saboreáramos.
Este detalle de su personalidad, si bien la hacía más atractiva, también fomentaba nuestra frustración y nuestra rabia. A más de uno nos sacó alguna vez de quicio, y más de una vez yo mismo fantaseé con la idea de retenerla en algún rincón de la facultad y forzarla para obtener de ella lo que tantas veces me había negado después de haberme dado esperanzas. Se podría decir que no se decidía por nadie porque le gustaba tenernos a todos babeando a su alrededor. Era un juego peligroso, debo reconocer.
Estábamos cenando esa noche los tres en un restaurante y le lancé esta pregunta aprovechando que su marido, Alberto, un médico radiólogo que conoció en su último año de carrera, se había levantado de la mesa para ir al servicio.
―Pues muy bien, no me puedo quejar ―me dice desdeñosa, rebuscando despreocupada en su bolso.
―¿Y él? ―agrego, apenas sorprendido por que hable en singular, como si su pareja no contara demasiado―, ¿se queja él? ―le pregunto con una mirada maliciosa, con la rabia creciéndome por dentro. Su actitud me recordaba épocas pasadas.
―No veo por qué habría de quejarse ―contesta con chulería, mientras repasa sus labios con la barra de carmín que acaba de sacar, mirándose en un espejito, frotando un labio sobre el otro y paseando la punta de la lengua de una comisura a otra.
Lo más natural, después de que yo me interesara por su relación, habría sido que me preguntara por Fabiola, con quien yo salía actualmente, pero tratándose de ella, ¿qué podía esperar? Así era Desiré. Quiero decir, quería ser siempre el centro de atención. Mostrar interés por mi pareja habría sido como concederle un minuto de gloria para robárselo a sí misma, y eso no podía permitírselo.
A riesgo de resultar vanidoso, he de decir que yo seguía gustándole, por más que tratara de mostrarse altiva conmigo. Por otra parte, Fabiola era muy atractiva, más alta que ella, y de algún modo el hecho de mencionarla era como propinarse a sí misma un pellizco en su propio ego. Su modo de protegerse consistía en mostrar desinterés hacia cualquier «competidora». Para su propio alivio, Fabiola no había podido reunirse con nosotros. Era enfermera en el Hospital Victoria Eugenia, y le había tocado el turno de noche.
El verla perfilarse los labios al otro lado de la mesa, con coquetería, y cardarse el pelo como si se tratara de un ave que acicala sus plumas delante de un posible candidato ―mejorando lo presente―, hacía que volviera a experimentar la misma sensación de antaño: la de desearla y odiarla al mismo tiempo; desearla, porque seguía siendo muy atractiva, y odiarla, porque volvía a retenerme en aquel odioso juego de atracción imposible, un juego que hacía emerger de nuevo la maldita frustración y la rabia que ya sintiera tantas veces en los años de universidad. Sintiéndome a salvo por que los pensamientos fueran invisibles, fantaseé, mientras la veía acicalarse, con arrastrarla a los servicios del restaurante y follármela contra su voluntad, quizás emborronándole los labios con ese provocativo carmín que se acababa de poner.
―Siempre has sido muy considerada. Tu sensibilidad me abruma ―le digo queriendo incomodarla, turbado por los pensamientos que cruzaron por mi mente hacía un segundo.
―No sé de qué hablas ―me dice, indiferente, sin dejar de tocarse el pelo.
―Venga, Desiré, corta el rollo, que ya no tienes veinte años, joder. Descansa un poco. ¿No te agota tener que estar con ese rollo de femme fatale las veinticuatro horas del día? Por el amor de Dios, que tu marido está en los servicios.
Sus ojos echaban chispas. Me miró apretando los labios, visiblemente contrariada. Me dice:
―¿Y tú tienes que sacar esto precisamente ahora?
―¿Y qué hostias quieres que haga? ¡Mírate, joder! ―le digo señalándola, extendiendo el brazo con la palma de la mano hacia arriba―. ¿Es que quieres que te folle aquí mismo delante de todos los comensales? Córtate un poco, Desiré, tómate un respiro.
La expresión de su cara empezaba a ceder, sabía que tenía razón. Nunca le había hablado así.
―Ponte un poco en mi lugar, por una puñetera vez en tu vida ―le digo. Ella me sigue observando con los ojos cada vez más abiertos―. ¿O es que ya no te acuerdas? Te encantaba darnos cuerda, a todos, y a la vez. A algunos de nosotros nos gustabas de verdad, Desiré, y digo «de verdad», ¿comprendes? Sergio, Miguel, Tony, Emilio, yo mismo... ¿Sigo con la lista? ―continúo, visiblemente enojado. Las palabras me salen a borbotones. Hacía mucho que quería decirle todo esto―. Pero para ti todo formaba parte del mismo juego. Y era un juego peligroso, ¿sabes? ¿No lo pensaste en ningún momento? Menos mal que finalmente apareció Alberto y se acabó todo.
Llevaba dos años casada con él. Era un chico bien, de familia adinerada, que estudiaba en aquel tiempo medicina y al que conoció en su último año de carrera, cuando debió replantearse su vida un poco más a largo plazo y dejarse de tonteos. Nunca llegó a abandonarlos del todo, esto era algo que llevaba en su ADN. Tuvo que, digamos, «aplazarlos» durante un tiempo mientras se aseguraba el futuro con un buen partido. Alberto fue el elegido. Ahora que tenía esta necesidad cubierta ―pensaba yo para mí― podía dedicarse de nuevo a su pasatiempo preferido. Me ponía de los nervios.
―Fran, ¿qué mosca te ha picado? Han pasado más de trece años ―me dice guardando la barra de labios en el bolso y mirándome sorprendida.
―Nunca te lo había mencionado, eso es todo. Además, no he podido evitarlo, viéndote... ―iba a usar la palabra «calentarme», pero me contuve―. En fin, olvídalo ―añadí con sequedad―, simplemente era algo que tenía clavado desde hacía mucho y me ha salido ahora.
Ella me observaba con la cabeza gacha, un poco avergonzada de sí misma y a la vez conmocionada por mis palabras. Sin duda, le había hecho mella.
Aunque me diera calabazas, yo nunca dudé de mi propio atractivo. Siempre supe que le gustaba. Por aquel tiempo, yo compaginaba mis estudios en la universidad con el tenis. Lo practicaba desde los trece años. Ya en 2º de carrera, me sacaba incluso un sueldo dando clases en un club deportivo. Cuando me licencié en Farmacia, en la misma promoción que ella, no lo pensé ni un segundo: me contraté a jornada completa en el club de tenis, y ahí sigo hasta hoy. Con mi 1'83 de estatura y un físico bastante más que aceptable, no tenía ninguna duda de que yo también le gustaba a ella, por más que me hiciera sentir como uno del montón.
Pero ahora era distinto. Ya no me jugaba nada, y yo estaba convencido, más que nunca, de que ella se sentía atraída por mí sexualmente. No es por menospreciar a Alberto, pero él no era, digamos, alguien que quitara el hipo. Muy buena persona, eso sí. Con los años, habíamos acabado haciendo cierta amistad, y algunos días entre semana acudíamos al club donde yo trabajaba para echar un partido de squash. Le daba unas palizas monumentales, para mi regocijo. Él se llevó a la chica, y yo le hacía sudar la gota gorda sobre el parqué. ¡Menudo consuelo!
De repente, regresa de los servicios, caminando apresurado entre las mesas:
―Lo siento, pero tengo que marcharme. Me acaba de telefonear un colega. Están pasando dificultades en la planta, y me ha pedido si puedo adelantar mi turno. A cambio, esperan darme libre el próximo viernes. Lo siento, de verdad.
Desiré se echa mano al bolso, lo cuelga de su hombro y hace el ademán de levantarse. Alberto interviene de nuevo:
―No, no, quédate si quieres, termina de cenar. Fran, ¿tú la alcanzarías después a casa?
―Claro, no te preocupes. ¿Desiré? ―le pregunto, mirándola.
―Ok ―dice dudando―, vete tranquilo. ¿A qué hora terminas el turno?
―Todavía no puedo decírtelo, después te llamo. Hay un follón tremendo ahora mismo, pero calculo que estaré unas doce horas. Gracias, Fran ―me dice apoyando la mano en mi hombro, y haciendo luego el gesto de sacar la billetera para pagar la cena­.
―No, déjalo, yo invito hoy ―le digo, sujetándole el brazo. Recoge su chaqueta de su silla y le da un beso en los labios a Desiré.
―Fran, yo invito a la próxima ―me dice―. Te veo esta semana para darte una paliza ―y se marcha guiñándome un ojo. El jueves teníamos partido de squash.
Nos quedamos de nuevo a solas. Se hace un pequeño silencio incómodo en la mesa, que ella rompe finalmente para decirme que no era su intención parecer una harpía.
―Eso es muy heavy, Desiré, tampoco exageres ―le digo­―, pero sí que mereciste algún que otro «correctivo».
―¿Un correctivo? ―me dice expresiva, con una media sonrisa, dejando la boca entreabierta. Me alegra ver que se relaja por fin el tono de la velada―. ¿Y quién me lo iba a dar, tú? ―añade, picándome.
―Puede... ―le digo mirándola fijamente a los ojos―. Más de una vez tuve ganas de hacerlo, como habrás podido imaginar.
―Sí, creo me hago una pequeña idea... ―me dice sosteniéndome la mirada, con una pícara sonrisa en los labios―. A veces veía cómo me mirabas después de uno de mis desplantes. Te salía humo de las orejas ―agrega, divertida―. ¿Puedo confesarte algo?
―Miedo me das... ―le digo―. Dispara, anda.
―Me gustaba verlo ―dice, maliciosa, mordiéndose el labio...

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