miércoles, 12 de octubre de 2016

Un intruso muy deseado

Sé que es un poco infantil, pero tengo que admitir que estoy algo nerviosa. Le he invitado a mi casa a pasar la noche. Se lo dije con la mayor naturalidad que pude, pero, ¿a quién voy a engañar? Me conoce tan bien como yo a él, y sabe que me da mucho morbo la situación. Y a él también. Pero no es una cuestión realmente sexual, ni mucho menos, porque yo sé que no soy su tipo, y los dos sabemos que nunca ocurriría nada; la razón es más que nada por la tensión erótica que se genera entre los dos, por esta personalidad mojigata que he heredado.
En el fondo él se parece a mí en ese sentido. Sí, vale, puede no haya comparación, pero sé que en un rincón de su personalidad existe una fuerte moralidad que le hace experimentar mucho pudor y al mismo tiempo mucha excitación por las situaciones «indecorosas». Esto es lo que le excita de mí. Y vaya si lo sabe explotar...
Pues nada, como venía diciendo, aprovechando que mi marido y mis hijos iban a pasar unos días en Los Cristianos, al sur de Tenerife, en casa de sus abuelos, le propuse pasar esta noche de hoy viernes en mi casa viendo alguna película o charlando. ¿Por qué no? No es ningún pecado, ¿verdad? Somos amigos desde hace muchos años, ¿qué hay de malo?
Yo no fui con ellos porque el domingo tengo la despedida de soltera de una de mis primas. ¡Qué pereza me dan estas reuniones!, pero no podría faltar esta vez. Me siento muy incómoda en esas situaciones, sobre todo cuando las chicas ya están bastante achispadas y empiezan a bromear con los regalitos obscenos y las típicas tonterías sexuales. ¡Es que lo odio! Para colmo, yo apenas pruebo el alcohol, así que ya se pueden hacer una idea. Menos mal que mi prima es de «mi escuela», y dudo mucho que hayan planeado nada demasiado salido de tono para ella. Como mucho, si hay suerte, tendré que hacer que me divierto cuando saquen algún dulce con forma de pene de alguna caja. Cruzaré los dedos.
Lo mío con Fer, este amigo que vendrá hoy a mi casa, viene de bastante atrás. Nunca ha estado realmente comprometido con una chica, y desde hace ya bastantes años me hace partícipe de sus correrías sexuales. Reconozco que me da un morbo que me muero. Además, él no se ahorra detalles. No cabe duda de que se excita contándomelo. Tonto que es el niño, ¿verdad?
El otro día me contó por email, con pelos y señales, otro de sus jueguecitos con la chica con la que se ve últimamente. Idearon una nueva escena morbosa: ella hacía de prostituta y él era su cliente. Usaban el dinero del Monopoly, y él le iba tendiendo los billetes según fuera el «servicio» que ella debía ofrecerle: 20€ una felación; 30€ por lamerle a ella el sexo; 60€ una penetración vaginal... Él le pidió que se vistiera como una «puta de alto standing»: vestido negro ceñido, con encajes y remates de tul en el busto que transparentaban sus pechos, pelo recogido en la nuca, y zapatos abiertos de tacón, de finas tiras, que le permitían ver sus pies desnudos ―él es algo fetichista, me lo ha confesado―. Cuando le tendió 60€ le dijo: «no te desnudes. Inclínate, apóyate sobre la cama». Y así, con las manos apoyadas sobre el colchón, le subió la falda, le bajó las bragas hasta los muslos y la penetró sujetándola por las caderas, hasta que se corrió derramando su semen sobre las nalgas. ¡Sin comentarios! No les diré lo «nerviosa» que me pone imaginármelo a él haciéndole todo eso a esa chica.
Otra manera con la que Fer instiga mi morbo es contándome chismes acerca de sus incursiones en internet. Sé que ahora todo el mundo chatea y liga a través de las redes sociales, los chats y todo eso, pero yo no me atrevo a usarlo. Les juro que tengo miedo de mí misma. Mi matrimonio ha flaqueado muchas veces, y estoy bastante segura de que asomarme a esa misteriosa ventana que es la World Wide Web me podría llevar a cometer alguna estupidez. De hecho, una amiga mía lo dejó todo, marido e hijos, y se marchó a Bélgica con un chico que conoció en un chat. Así que prefiero no sucumbir a la tentación.
Pues, como les decía, Ferni me cuenta todas las cochinadas que hace a través de internet, y me pone mala. Estoy segura de que no me lo cuenta todo, faltaría más, pero así y todo me subo por las paredes. Gracias a él ―¿o debería decir por culpa suya?― he conocido una versión muy light de lo que llaman cibersexo. El muy cabrito le ha cogido el gusto a enviarme mensajes morbosos por el móvil, hasta que el otro día, ya bastante tarde en la noche, cuando todos dormían en mi casa, me toqué hasta correrme con la conversación que mantuvimos a través del whatsapp. Yo no me lo podía creer, me quedé temblando; no recuerdo la última vez que me excité de esa manera. Y después de eso, cuando nos vimos las caras en persona, me dio un corte tremendo, aunque se me pasó enseguida. Ninguno osaba mencionarlo, es curioso, ¿no? En fin, que perdí ese día mi cibervirginidad, y a partir de entonces nos enviamos algunos mensajes subidos de tono.
Como les decía hace un rato, estoy un poco nerviosa. Me avergüenza un poco reconocerlo, porque es una tontería. Me refiero a pasar esta noche con él en mi casa. Aunque estoy empezando a comprender por qué. Creo que se debe a lo que sucedió la última vez que estuve en la suya, cuando me invitó él a mí a pasar allí la noche. Me lo volvió a recordar hace unas semanas mientras tomábamos un cortado en una cafetería:
―¿Puedes dejar de trastear con el juguetito? ―me preguntó acentuando la palabra «juguetito», con esa vocecita reprobadora que suele poner para martirizarme y que me saca de quicio.
Se refería a mi móvil, pues estábamos tomando un café en una terraza del centro comercial El Mirador y yo estaba enviando un whatsapp a una amiga. Pero en realidad el muy capullo lo decía con segundas. Hacía alrededor de dos meses, me quedé en su casa a pasar la noche y me pilló «jugando» con un consolador que había comprado para usarlo con sus ligues. Lo cogí de su mesa de noche, todavía de madrugada, y me pilló in fraganti con eso metido «ahí»... Madre mía, qué vergüenza pasé. Me pongo roja como un pimiento cada vez que lo menciona, como estaba haciendo ahora. Lo saca a relucir cada vez que puede, el muy cabrito. Sé que disfruta con eso. Le encanta verme avergonzada y martirizada. Le pone como una moto, doy fe.
―No puedes evitar sacarlo, ¿eh, capullito? ―le dije sin poder mirarle a la cara, notando el calor que me subía a las mejillas.
―¿Sacar el qué? No sé de qué me hablas ―me dijo haciéndose el sueco, el muy cafre―. Es que es de muy mala educación ponerse a trastear con el móvil mientras estás charlando con una persona, ¿no crees?
―Sí, claro, soy tan maleducada... Anda, niño, corta el rollo, ¿sí? ―le respondo ocultando mi rubor tecleando en la pantalla.
―Pues sí, muy maleducada y muy traviesa ―me dijo, recalcando la palabrita «traviesa».
Me dan ganas de matarlo... Pero a la vez me pone muy mala, ¿te lo puedes creer? En fin, la cuestión es que esta tarde nos veremos en mi casa, sobre las ocho. Me ha dicho que él traerá esta vez una película, pero no me ha dicho cuál. Se ha asegurado de que yo no la hubiese visto.
―¿Merche? ―le oigo decir por el interfono.
―Sube ―le digo, pegando la voz al micro­―. ¿Qué peli has traído?
―Una de aventuras ―oigo que dice mientras camina, empujando la puerta.
Después de cenar un poco de sushi, que ha comprado él de camino a mi casa, nos acicalamos y nos ponemos algo más cómodo. Antes de que él viniera, le he arreglado la habitación del fondo, algo así como un cuarto que tenemos para invitados. Para llegar allí, ha de pasar por delante de mi habitación, algo que ―debo ser tonta―, me pone nerviosa.
Estoy en la cocina preparando dos tazas de una infusión con sabor a canela. Cuando llego al salón, él está ya apoltronado en el sofá, y juguetea con el mando a distancia. No se ha cortado un pelo y se ha puesto unos bóxers de color pistacho pálido, con listas naranjas, muy chulo, y una camiseta blanca completamente lisa. Coloco su taza en el borde de la mesa, a su alcance, y procuro no mirar sus calzoncillos cuando estoy tan cerca, aunque no puedo evitar sentirme atraída. Cuando estoy segura de que no me ve, logro lanzar una rápida mirada: son tan elásticos que puedo notar su pene aprisionado hacia un lado y la forma del glande. Me he puesto colorada. Cuando me doy la vuelta y me alejo unos pasos, turbada, me dice:
―Gracias, Gricelia, puedes retirarte ―me habla como si se dirigiera a su sirvienta, mientras coge la taza caliente―. Por cierto, mujer, te he dicho que uses tu uniforme mientras estás trabajando. No me gusta que te pasees así por la casa.
Yo me había puesto una licra de algodón de color gris, una camisola beis, holgada, y unos calcetines rosa de esos que no llegan a cubrir el tobillo.
―Mira, bonito, yo me paseo por mi casa como me viene en gana ―le contesto yo, poniendo mi voz de «enojada»―. Mejor harías tú en... ―y de repente me freno en seco. No quiero que piense que me he fijado en su atuendo, pero me temo que ya es tarde.
―¿En qué? ―me dice haciéndose en extranjero.
―Nada ―le digo, aturullada―. Bebe y calla, Gricelio.
Me tiro sobre el sofá central del tresillo. Él está en uno de los laterales. Desde mi posición, puedo verle sin que él me sorprenda mirando...
―A saber qué habrás traído. ¿La metiste ya? ―y de nuevo me encuentro en un laberinto. ¿Le sacará punta?
―Sí, ya la «he metido» ―me dice enfatizando el comentario, con retintín―. Está en un pen-drive. Espero que tu reproductor admita el formato.
―¿En un pen-drive? ¿La tuviste que descargar? ―le pregunto.
―Yes ―me dice―. Venga, acomódate.
Le da al play. A mí todo este asunto me huele a chamusquina. Me tiendo en el tresillo y me recuesto sobre los cojines y el apoyabrazos, como si estuviera en mi cama. Poco después de ver los créditos de portada, le digo lo más seria que puedo:
―Fer, mira una cosita, guapo: puede que yo no sea La Veneno, pero sé quién es Rocco Siffredi.
―¿Rocco qué? ―me dice casi gritando, tomándome por loca.
―No me puedo creer que hayas traído una peli porno. Sé quién es Rocco Siffredi, y lo he visto en los créditos. ¿En serio vamos a ver Tarzán? ―le pregunto tratando de parecer enojada, pero no me sale; me han entrado taquicardias ante la sola idea de ver sexo explícito delante de él. Siento que me invade un escalofrío desde la punta de los pies a la cabeza. ¿Cómo me libro de esta?―. Ni se te ocurra, ¿me oyes? ―le digo casi gritando, pero mi voz temblorosa no resulta en absoluto creíble. No sé cómo parar esto...

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2 comentarios:

  1. Jajajaja!! Me has echo reír!! Una realidad, jiji

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    1. Si no supiera yo lo perversa que eres, esa sonrisilla podría llegar a confundirme. ;)

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