sábado, 8 de octubre de 2016

Un juguete muy travieso

Aprovechando que sus hijos pasaban varias semanas del mes de agosto en un campamento de verano en El Robledal, organizado por la agrupación Cruz Roja Juventud, y que su marido iba a estar en viaje de negocios durante unos días en Córdoba, Merche decidió prolongar la charla que habíamos tenido durante la tarde en el Parque García Lorca y quedarse a pasar la noche en mi casa. Nos despedíamos a la salida del parque:
―¿Te parece bien a las siete? ―me pregunta.
―Claro, cuando quieras. A mi mujer y a mis nueve hijos les parecerá bien cualquier hora ―le contesto yo riéndome y haciéndole ver lo innecesario de su precisión. Yo vivía solo.
―Qué simpático eres. No hace falta que te burles ―me dice tratando de parecer enojada. Yo sabía que estaba excitada, como una jovencita que se prepara para un baile de fin de curso. No quise preguntárselo, pero estaba bastante convencido de que no había hecho esto antes―. Venga, sobre las siete estoy en tu casa. Al final, ¿en qué hemos quedado? ¿Llevo Los puentes de Madison?
Habíamos elegido esta película para pasar la tarde-noche. Ambos ya la habíamos visto. A ella le encantaban esas películas en las que la mujer tenía un papel predominante, donde hacía valer sus derechos y donde, de algún modo, lograba desprenderse de ciertas ataduras y abandonar ese rol de sumisión que se le suele asignar al lado del esposo.
Esta era la faceta «feminista» de su personalidad, pero tenía otra casi contrapuesta: su carácter servicial y entregado al hombre, o, como ella decía, al objeto de su amor. De hecho, una de sus películas preferidas era Memorias de África, donde la protagonista era una mujer «guerrera». Sin embargo, adoraba esa escena en la que la heroína, Karen Blixen, se encuentra a su amante, Denys Finch-Hatton, en la terraza de su casa, dormido en una butaca de mimbre y sujetando un vaso de whisky en su mano. Karen se acerca, retira el vaso, coloca otra butaca a su lado y se queda junto a él, embelesada, viéndole dormir. El nirvana.
―Vale. No hace falta que traigas el pijama, que hace mucho calor ―le digo, picándola.
―Muy gracioso ―me dice riendo, con la miel en los labios―. Nos vemos después.
Eran ya las ocho y pico y yo me encontraba en el salón, sentado en el sillón individual del tresillo, esperando a que regresara de «prepararse». Yo me había puesto un pantalón largo de pijama de cuadros y una camisa blanca. Mientras hacía tiempo mirando algo en la tele, me excitaba imaginándome su nerviosismo en ese momento, decidiendo qué ponerse para pasar estas horas conmigo viendo a Clint Eastwood enrollándose con Meryl Streep.
Aunque estuviera vestida, pasar una noche en una casa que no era la suya, con un chico que no era su marido, su tío o su hermano, la debía hacer sentir poco menos que desnuda. Yo había sido capaz de ver su turbación en otras ocasiones que había venido a tomar un simple café o a ver algún arreglo que había añadido yo en la decoración. Se sentía relativamente incómoda, como en un lugar en el que «no debía estar».
Se había demorado mucho tiempo acicalándose en el baño y, ahora, cambiándose en el cuarto que yo le había dejado para pasar la noche. Era mi habitación. Yo dormiría en la del fondo, donde se acumulaba algún trasto que otro. De repente, aparece por el umbral de la puerta.
―Hombre, por fin, ¡lo has conseguido! ―le digo burlándome, arrastrando las palabras―. Las palomitas han cogido moho. ¿Hacemos nuevas?
―No me des mucha caña, ¿vale, listito? ―me dice con retintín.
Chincharnos era algo habitual entre los dos. Nos conocíamos desde hacía muchos años, y a menudo yo solía incidirle en esos detalles de su educación que sacaban a flote su pudor y su vergüenza, como cuando le decía que «no creo que sea correcto que lleves tanto escote», que qué iba a pensar su madre.
En otra ocasión, tomando un café en una terraza, en medio de la conversación, me suelta: «córtate un poco, mi niño». Por lo visto, llevaba un rato mirándole demasiado fijamente a los labios, los cuales se había pintado ese día de un color pardo con mucho brillo. Yo, en realidad, no le veía mayor problema, así que le pregunté por curiosidad:
―Oye, ¿es que tú no miras nunca a los labios?
―Pues claro que miro, pero las mujeres logramos que los tíos no se den cuenta ―me respondió de un tirón.
―Toma, esa sí que es buena. Pues sí que deben hacerlo bien, porque yo no te he pillado ni una vez. Pero, a todo esto, ¿qué hay de malo en mirar a los labios?
―Pues... ―y antes de hablar se da cuenta de que va a pronunciar una de esas frases que despiertan su propio asombro―: Que no está bien ―y se echa la mano a la boca, negando con la cabeza y mordiéndose los labios―. Me enseñaron que no era correcto mirar a los labios ―termina de decir, riéndose. ¿Cómo no iba yo a excitarme con estas perlas eróticas?
Entra tímidamente en el salón, con la cabeza gacha, visiblemente incómoda y con una ligera mancha rosada en sus mofletes. Va descalza. Se ha puesto un pijama de seda completo, color beis: camisa de manga corta, abrochada con botones hasta bastante arriba, y pantalón largo.
Avanza por el salón, cruza por delante de mí, con paso rápido, se dirige aturullada hacia el sofá del tresillo, trastabillándose un poco cuando sortea la mesa de centro, y se sienta recogiendo las piernas y ocultándolas bajo un cojín. Lleva las uñas pintadas de color vino tinto, cosa que no suele hacer. Se ha recogido el pelo con unas pinzas que imitan al nácar. Se recuesta contra el apoyabrazos del sofá, con movimientos bruscos, y acomoda otro cojín detrás de su espalda
―Vaya modelito, ¿eh? ―le digo, prolongando todavía un poco más mis chanzas.
―Si no dices nada, revientas, vamos ―me responde «indignada».
―Vale, tranquila, Naomi Campbell ―le digo, reprimiendo mis carcajadas―, ya te dejo en paz. Bueno, ¿qué?, ¿la ponemos?
―Venga, y así te callas un poquito ―me dice, remarcando cada palabra, picada, siguiéndome el juego.
Y así, sin más preámbulos, nos ponemos a ver la película. De vez en cuando hacemos algún comentario, pero la mayor parte del tiempo estamos en silencio, sobre todo en las escenas eróticas. En esos casos, se palpaba la tensión sexual en el ambiente, pues a cada uno le producía excitación saber que el otro estaba presenciando lo mismo.
Yo instigaba un poco más, si cabía, esa tensión, haciéndole observaciones incómodas, como cuando el protagonista, el fotógrafo, se aseaba en el jardín y la anfitriona le espiaba desde la ventana de su cuarto, escondida tras el visillo:
―Merche, ¿qué haces espiando tras las cortinas? Eso no se hace.
―Tú te callas ―respondía―. Es mi casa, y en mi casa hago lo que quiero.
―Desde luego... ―seguía yo―. Mira que andar excitándose detrás de las ventanas...
―¿Te quieres callar? ―saltaba ella, «molesta», chasqueando la lengua, descojonada al mismo tiempo.
Desde mi posición en el salón, algo más retrasada que la suya ante el televisor, podía observarla sin que me viera. Merche no era en absoluto mi tipo, nunca lo fue. Sin embargo, me excitaba su mentalidad mojigata, alimentaba mi morbo. Pude ver cómo se iba relajando poco a poco, cómo se recostaba sobre el sofá en una posición cada vez más cómoda, extendida, cómo sacaba los pies de debajo del cojín y jugueteaba con él, pellizcándolo con los dedos.
Al acabar la película, nos quedamos charlando un rato, antes de irnos a acostar. Ella había cogido el cojín y lo apretaba contra sí misma, abrazándolo. Eran ya cerca de las doce.
―Bueno, ¿nos vamos? ―pregunto...

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6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¿Aún no habías leído este, destroyer? No hay muchas lectoras que se "diviertan" con este tipo de relatos, ¡tú y algún bicho más! :)

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  2. Tremendo amor, me encantó.

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    1. Me alegro de que hayas disfrutado, Keila. Gracias, un saludo.

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  3. Respuestas
    1. Jajaja, juegos muy morbosos, ¿verdad? ¡Saludos!

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