viernes, 14 de octubre de 2016

Una esposa en préstamo

Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.
A nuestro alrededor, en la barra, en la zona de baile y en otros asientos repartidos por la estancia, la gente charlaba relajadamente. Frente a nosotros, en un sillón de tres piezas, otro cliente tomaba su consumición, un chico alto, atractivo. Claudia, protegida por la pequeña mampara que ocultaba sus ojos, lo observaba tomarse su copa a pequeños sorbos, con total indolencia. Aunque había un hilo de música de fondo, muy suave, se acercó a mi oído para decirme:
―Lleva un rato mirándome.
Mi esposa es una mujer muy atractiva: pelo negro ondulado, muy abundante, ojos azul oscuro, casi verdes, piel blanca, 1'69 de estatura, pechos de tamaño medio, con las areolas pequeñas, como botones, rodeando unos pezones puntiagudos, y un culo de infarto: dos montículos redondísimos, de carne blanca y trémula, que adquirían un ligero aspecto a la piel de naranja cuando estaba de pie, pero que parecían dos manzanas brillantes y pulidas cuando se ponía a cuatro patas.
―¿Y te extraña? ―le digo susurrando, sonriéndole a la vez―. Ya lo he visto. No te quita ojo.
Ella sabía que me encantaba verla vestida de manera sexy. Me gustaba «lucirla», alardear de poseer a una mujer como ella y sentir las miradas viciosas de otros hombres sobre su cuerpo. A ella, por su parte, le gustaba coquetear en mi presencia, experimentar la sensación morbosa de saberse observada y deseada delante de mí.
Para esta ocasión, se había puesto un vestido enterizo color púrpura, con una falda plisada que le llegaba un poco por encima de las rodillas, con un escote generoso velado por unas filigranas de encaje, muy transparentes. Llevaba el pelo suelto, y se había puesto unos zapatos de fino tacón, negros, abiertos en la punta, por donde asomaban dos dedos con las uñas pintadas igualmente de púrpura. Unas medias de redecilla cubrían sus piernas hasta sus muslos, donde permanecían sujetas por un liguero. Mientras hablábamos entre susurros, ella no dejaba de balancear el pie, como si fuera un reclamo, una pierna cruzada sobre la otra.
Semanas atrás habíamos hablado de dar un paso más en nuestras fantasías morbosas: buscar a un chico que la poseyera en nuestra alcoba de matrimonio mientras yo los observaría desde un discreto rincón. Nos habíamos confeccionado un perfil de pareja en un portal de contactos, pero hasta el momento no habíamos dado con nadie de su agrado. (Era ella la que tenía la última palabra en este sentido, lógicamente.)
―Es muy atractivo, ¿no? ―le vuelvo a susurrar al oído, hablándole con picardía.
―Sí... ―me dice apurada, temiendo herirme de alguna manera.
―¿Sabes?, creo que voy a saludarle ―le digo mirándola a los ojos, dándole a entender con un gesto de complicidad mis intenciones―. ¿Te parece bien? ―agrego, y ella me contesta moviendo los labios, pero sin producir ningún sonido: me envía un «ok» mudo. Me levanto y me dirijo hacia él.
―Hola, ¿qué tal todo por aquí? ―le digo sonriéndole y tendiéndole la mano―. Sergio.
―Pues muy bien, no hace mucho que he llegado. Marcelo ―responde él a su vez, ofreciéndome la suya.
―Ah, igual que nosotros ―le digo―. Oye, ¿tendrías un minuto? Me gustaría comentarte algo.
―Claro ―me responde girándose e indicándome con la mano que me siente.
―Verás ―le digo señalando a Claudia con el brazo en el que sostengo la bebida―, mi mujer y yo llevamos un tiempo buscando a una tercera persona, un chico, alguien que tenga sexo con ella... en mi presencia. Hemos conocido a algunas personas a través de una web de contactos, pero de momento no han sido de su agrado.
―Ah, entiendo ―me dice.
―Me he acercado porque hemos notado que... estabas interesado ―le digo sonriendo―. Es una mujer muy atractiva.
Marcelo gira el rostro hacia ella, sonríe, y lo vuelve de nuevo hacia mí.
―Desde luego que sí, mucho ―responde con énfasis.
Desde este lado de la salita, observo a Claudia atusándose su melena suelta, oculta tras su antifaz, y sé que se siente protagonista. Intuyo que está excitada. Su pie no deja de moverse, y su empeine estirado, cubierto por la media de redecilla, nos ofrece una estampa de lo más erótica. Yo empiezo a sentir la excitación que me provoca este juego entre los dos. Me pone nervioso, y desearía, como me ha ocurrido tantas otras veces, que fuera a más.
Marcelo interviene de nuevo:
―Oye, ¿has dicho «en mi presencia»?, ¿quieres decir que no «intervendrías»?
―En realidad, no hemos concretado demasiado los detalles. Es una fantasía que llevamos unos meses meditando, pero, en principio, sí, yo sólo observaría. Es algo que nos excita a los dos por igual ―le explico.
―Ajá, comprendo ―me dice.
―¿Y tú?, ¿has tenido alguna experiencia de ese tipo? ―le pregunto.
―No, la verdad es que no, pero no puedo negarte que es una escena tremendamente morbosa ―me explica mirándome, asintiendo con la cabeza mientras me habla―. Yo soy soltero. He practicado sexo con dos y más personas a la vez, chicos y chicas. En ocasiones han sido parejas; en otras, no, pero siempre éramos todos participantes activos. No sé si me entiendes.
―Perfectamente ―le digo.
―También vengo aquí de vez en cuando ―continúa―. Me gusta mucho mirar. Y en ocasiones me he unido a algunas parejas cuando me han hecho alguna discreta señal. Reconozco que me excita mucho «compartir» la mujer de otro ―me confiesa.
―Vaya ―le digo sonriéndole― me alegra oír eso. Nosotros venimos aquí ocasionalmente, desde hace unos meses. Hoy sólo hemos venido a tomar una copa. Pero por lo general nos gusta pasearnos, echar alguna ojeada... Y, más que nada, a los dos nos gusta que la miren. A veces busco algún rinconcito en un reservado y disfruto viendo cómo ella se pasea por las dependencias, casi siempre en tacones y ropa interior ―le explico, regodeándome con la imagen que debo estar creando en su mente.
―¿Han pensado en el lugar del encuentro? ―me pregunta.
―Sí, claro, sería en nuestra casa. Nos gustaría usar nuestro dormitorio ―le contesto con una sonrisa traviesa, revelándole un detalle más de nuestra fantasía.
Aprovecho este momento para hacer una señal a mi mujer, pidiéndole que se acerque. Ella se aproxima despacio, contoneándose, y se queda de pie, junto a mí. Está espectacular con su vestido color púrpura. Yo me hincho como un pavo―: Claudia, te presento a Marcelo ―le digo levantándome y mostrándola, pasando mi brazo por su cintura, sacándola a escena.
Él coloca su bebida sobre la mesa, se levanta del sillón, se inclina ligeramente hacia ella y le tiende la mano, muy educado. Yo no puedo evitar sentir una nueva oleada de excitación y, al mismo tiempo, el pellizco de los celos y de, incluso, la envidia. Marcelo es un tipo bastante alto, calculo que debe rondar el 1'85 m. Mientras se saludan, observo el reloj de acero y de correa metálica, resplandeciente bajo las luces de neón del local, que lleva en su muñeca y que sobresale bajo el puño de la camisa blanca que ha elegido para la ocasión, vuelto hacia atrás.
Un fino vello oscuro puebla su brazo, bien formado y surcado por finas venas palpitantes que denotan su buen tono muscular. Es de tez morena, pero no debido al sol, sino de natural genético. Una fina pelusa ensortijada cubre la piel de su pecho, que asoma bajo el cuello de su camisa, que se ha dejado sin abrochar. Lleva unos vaqueros de color azul petróleo, y calza unos mocasines negros de suela muy baja, aparentemente muy cómodos. Su pelo moreno, brillante y ondulado, le cubre parcialmente las orejas. Tiene la frente recta, la mandíbula marcada y los ojos marrón caramelo, más bien rasgados. Pienso en mi mujer, que debe estar viendo lo mismo que yo, y siento una punzada de celos.
―Encantada, Marcelo ―le dice ella mostrando su dentadura, con toda la naturalidad de que es capaz, excitada ante la posibilidad, que yo casi veo como una certeza, de que pudiera estar, más pronto que tarde, entre sus brazos.
―Un placer ―le contesta.
―Le he estado comentando un poco nuestra «idea» ―intervengo de nuevo. Claudia asiente, pronunciando un imperceptible «ajá», buscando los ojos de Marcelo con la mirada, un tanto turbada.
Lo más disimuladamente que puedo, me llevo los dedos a mi mejilla para indicarle que lleva el antifaz puesto, y que considero que debería quitárselo. Ella me obedece, haciendo pasar algunos mechones de su melena oscura por medio de la cinta elástica y volviéndosela a cardar con la mano. Yo me pavoneo estando a su lado, sujetándola por su imponente cintura, mostrándola como un trofeo.  ―¿Y le agrada la idea? ―dice ella mirándonos alternativamente a mí y a Marcelo, sonriendo, confiada en el poder de su propio atractivo.
―Es muy interesante, desde luego ―le contesta él, asintiendo con la cabeza.
―Marcelo ―digo yo, apoyando mi mano sobre su brazo―, escucha: en otras circunstancias, como puedes suponer, habríamos necesitado concertar una cita para compartir unos minutos juntos, ver si... podríamos entendernos ―le explico mientras atraigo a Claudia hacia mí y la miro a la cara, dándole a entender que es ella la que tiene la última palabra―. Pero en esta ocasión no va a ser necesario ―añado sonriendo, mirándola de nuevo y viendo cómo juega con su melena, excitada.
―Ajá, comprendo, sí ―dice mirándola discretamente. Claudia disfruta de este momento, sabiéndose el objeto de este tramo final de la conversación.
―Pues nada―vuelvo a intervenir―, te voy a dar mi número de teléfono, ¿te parece? Me llamas cuando quieras y cuadramos agendas.
―Perfecto, sí ―me dice sacando de su bolsillo el teléfono móvil. Cuando lo hubo anotado, añade―: Por cierto, Sergio, ¿de dónde sois? Yo vivo en La Laguna.
―Ostras, es verdad ―le digo, riendo―. Nosotros somos del Puerto de la Cruz. Como te dije antes, habíamos pensado que vinieras... que el chico viniera a nuestra casa. Queríamos usar nuestro dormitorio. Llegado el caso, podríamos ir a buscarte, recogerte donde nos dijeras, sin ningún problema.
―Oh, no, no te preocupes. Eso no será necesario ―me dice―. En fin, quedamos en esto ―concluye tendiéndome de nuevo la mano y sujetándome con la otra el brazo. Se la estrecho y a continuación se la ofrece a Claudia―: Encantado ―le dice, robándole una última mirada a sus ojos azul-verdoso.
Tras despedirnos, recogemos nuestras bebidas de la mesa y dejamos a Marcelo a solas, concediéndole algo más de intimidad, pues ya debía estar sacando conclusiones. Avanzamos despacio por el local y nos acercamos a la barra para pedir una última copa. Pongo mi mano sobre la cintura de Claudia, la deslizo hacia abajo acariciándole las nalgas, y le digo mirándola a los ojos:
―Qué bien, ¿no? Ojalá nos llame.
―Sí, sería estupendo ―me contesta. Yo la miro con ojos pícaros y le digo:
―¿Te ha gustado, eh?
―Sí... ―me dice en voz baja. Ambos sentimos la excitación en la mirada del otro. Nos besamos en la boca, sabiéndonos observados por muchos pares de ojos...

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10 comentarios:

  1. ¡Magníficos relatos! Somos muchos los que buscamos alimentar nuestras ansias lectoras de buena literatura erótica (de tal calidad no abunda) con joyas como estas y aquí las he encontrado. Tiene usted un maravilloso don para hacer transportar al lector a través de sus palabras. Espero que tras estos dos primeros relatos vengan muchos más.
    Por cierto, preciosa estética la del blog.
    ¡Felicidades!

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    1. Muchas gracias. Aún estoy experimentando con el blog, desconozco la mayoría de las funciones. Me alegro de que le hayan gustado los relatos. Saludos.

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  2. Exquisito y descriptivo. Enhorabuena me ha gustado mucho...

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    1. Me alegra que te haya gustado, Bernice, un placer. Saludos.

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  3. Muy buen el relato, con una tensión sexual muy bien conseguida. También es un acierto relatarlo desde el punto de vista excitado-torturado del marido.
    Un saludo,

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    1. Muchas gracias, Juan. En realidad, ni siquiera fue una opción la de adoptar ese punto de vista: mientras escribía, fue así como lo iba viviendo. Un saludo.

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  4. Que bien lo felicito por este relato es muy instructivo

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    1. Muchas gracias, Luis, un placer para mí. Un saludo.

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