sábado, 25 de marzo de 2017

Venganza carnal

―¿Me acompañas al baño?
Melissa siguió jugueteando con el tenedor sobre las verduras hervidas que aún quedaban en el plato, sin levantar la mirada. Su melena impecablemente lisa, que destellaba por momentos, rozaba los bordes de la loza, adornada con motivos florales. Alejandra se levantó, cogió el bolso que colgaba en el respaldo de su silla y se dio la vuelta.
―Ahora vuelvo ―dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
Se fue contoneando el trasero con mayor intención de lo habitual, compitiendo con el desdén que le había mostrado Melissa. Llevaba una minifalda ajustada color canela muy pálido, unas medias negras poco tupidas y unos zapatos de imitación de cuero, de medio tacón, negros también, con una hebilla sobre el empeine, imitación de esos modelos de los años sesenta. Marcos no pudo evitar buscarle las nalgas con los ojos, sin girar la cabeza, arriesgándose a que su novia le descubriera. Tenía un culo de infarto.
―Menuda zorra ―dijo Melissa sin levantar la vista del plato y sin parar de destrozar las verduras.
Marcos detuvo en seco los raviolis que estaba a punto de introducir en su boca, aun abierta, y el gesto de sorpresa se mezcló con la maniobra para engullir la pasta. Luego, las comisuras de sus labios se combaron levemente hacia arriba, en una sonrisa socarrona, y finalmente se metió los raviolis en la boca.
La complicidad entre él y su novia llegaba a extremos casi incomprensibles. No se trataba de una compenetración a todos los niveles, como esas parejas que están hechas el uno para el otro y se juran amor eterno. En realidad, tenían infinidad de peleas. Nos referimos al sexo, a la atracción sexual que sentían el uno por el otro. Vivían las relaciones con una permanente rivalidad, con fiereza, como si cualquier excusa externa fuera una invitación para desearse con violencia.
Marcos, aunque aparentara impasibilidad mientras masticaba sus raviolis, sabía perfectamente lo que sucedía y lo utilizaba contra ella. Sabía que Alejandra llevaba toda la noche tonteando con él en el restaurante.
―¿A qué ha venido eso?
Melissa siguió manipulando el tenedor, rasgando la cerámica con las púas y consiguiendo arrancarle pequeños chillidos al plato, provocando la dentera de Marcos.
―No soy estúpida ―le dijo atravesándolo con los ojos, sin levantar la cara―. ¿Es que te la quieres follar?
Ahora él sonrió abiertamente pero permaneció callado. Sin osar revelarle ni la más mínima pista, comenzaba a sentir chispazos de excitación recorriéndole el cuerpo: le encantaba verla celosa.
―No sé en qué te basas para decir eso ―le contestó él sin lograr disimular, o sin querer hacerlo intencionadamente, su sonrisa―. Tú estás más buena que ella, y lo sabes.
Melissa bajó la mirada, aguijoneada por el piropo, pero no podía permitirse manifestarlo.
―Vete al diablo ―le dijo con algo menos de convicción―. Además, no es eso lo que te he preguntado. ―En cuanto volvía a pensar en Alejandra, la rabia regresaba inmaculada. Y pensando en el rey de Roma, la vio regresar de los servicios balanceando las caderas.
Eran amigas desde el instituto, aunque el término «amigas» admitía ciertos matices. Su amistad se había forjado a base rivalidad. Jugaban a ser chicas duras y, más que nada, a hacerse notar y desear por los guaperas y gallitos del corral. Estar unidas les reportaba muchas ventajas: se daban seguridad la una a la otra, se contaban todos los chismes, se ayudaban en sus conquistas... Pero también tenía inconvenientes, que se reducían prácticamente a uno: estar interesadas en el mismo gallito. A veces se distanciaban durante un tiempo por este motivo, pero finalmente volvían a hacer las paces. Y hasta el día de hoy.
Alejandra colgó de nuevo su bolso, cardó su melena ondulada con ambas manos, se sentó, cruzó sus piernas y tomó un sorbo de vino blanco de su copa.
―¿Alguna conversación interesante desde que me he ido?
No es que fuera un as de la intuición. Sabía que hablaban de ella. Sencillamente, era obvio lo que ocurría entre los tres. Melissa, soltando de una vez el tenedor, cogió su copa, tomó un sorbo con parsimonia, y, mirando fijamente la estela que el vino dejaba en la barriga del cristal, dijo:
―Bueno, no sé si te parecerá interesante. Marcos me ha pedido que te preguntara si estarías dispuesta a hacer un trío.
Se hizo el silencio. Mientras ella seguía las evoluciones del vino, que hacía girar con movimientos circulares, Marcos, que pinchaba los últimos raviolis que quedaban en su plato, detuvo el tenedor en seco. Alejandra, que también se quedó inmóvil un segundo, giró el rostro hacia su amiga.
―¿Un trío? ―dijo. Y tras una nueva pausa buscó los ojos de Marcos, que volvía de nuevo a la vida y comenzaba a llevarse a la boca los raviolis. Volvió a intervenir Melissa, temerosa de que él echara por tierra su arranque espontáneo.
―Un trío, sí: tú, Marcos y yo, los tres ―dijo con firmeza y con cierta indiferencia. Por fin, la miró a los ojos, envalentonada, y añadió―: ¿Y bien? ¿Qué contestas?
Haciendo esfuerzos por aparentar aplomo, Marcos reflexionaba a toda velocidad, mientras sus ojos recorrían los objetos de la mesa, inquietos. Notó la mirada de Alejandra sobre él. Ella también se debatía por mantener la compostura y por sacar de la chistera una respuesta aceptable. Las dos leonas habían empezado un nuevo round.
―Pues sí que os ha cundido mi ausencia ―dijo forzando una ligera sonrisa. En su interior, se sentía hinchada, rebosante de vanidad, por que Marcos hubiera tenido esa idea. En cierto momento dudó de si el rubor le habría alcanzado la cara. Reflexionó un segundo más, tomó aliento lo más silenciosamente que pudo, y respondió mirando de nuevo a Marcos, como si Melissa fuera la tercera en discordia y ella la protagonista:
―Pues sí, me gustaría mucho.
Y diciendo esto, Marcos, después de asimilar lo que estaba ocurriendo, habiendo pasado de la inquietud a la manifiesta excitación, la miró a los ojos, miró luego a Melissa, hinchó sus pulmones con aire fresco, y dijo finalmente:
―Me alegro de que te guste la idea, de verdad que sí. ―Y, dibujando una suave sonrisa en su boca, tomando su copa y alzándola hacia el centro de la mesa, añadió―: Por nuestro nuevo proyecto.
Los tres chocaron las copas y tomaron un sorbo, Melissa buscándolo con los ojos a través del cristal estelado, rabiosa y excitada.
―Y ahora, señoritas, si me disculpan ―continuó Marcos, pasándose su servilleta de tela por la boca, levantándose de la mesa y desplazando su silla―, yo también tengo que ir al baño.
Volvió a colocar su silla y, cuando pasó por detrás de Alejandra, deteniéndose sin que ésta lo notara, clavó sus ojos en los de Melissa durante un eterno segundo. Saltaron chispas, y el deseo los consumía a ambos. Sin dejar de mirarla, echó a andar hacia los lavabos.
 Ambas eran mujeres exuberantes. Alejandra, de 35 años, como su amiga, y algo más alta, tenía una melena castaña ondulada que a menudo, no hoy, se tintaba de color cobrizo. Medía 1'71 y pesaba 68 kg. Era de piel muy blanca, con unos pechos no muy abundantes pero muy bonitos. Tenía los ojos marrones, aunque en los días de mucha luz adquirían una tonalidad verdosa. Su trasero ya lo conocemos.
Melissa, de 1'67 de estatura y 67 kg, era también de piel blanca, pero menos lechosa que su amiga. Su pelo era de natural liso, pero ella además se lo alisaba a conciencia y teñía sistemáticamente de negro. Sus ojos, los suyos sí, eran de un verde océano impactantes. Tenía un culo respingón que traía loco a Marcos, que no dudaba en azotar cuando la tenía a cuatro patas. Los azotes hacían que las nalgas, con pequeñas rugosidades de celulitis, quedasen vibrando, algo que le volvía loco. Apretárselas con fuerza mientras la penetraba era otro gesto delicatessen mientras practicaban sexo. Sus pechos eran muy abundantes, estaban salpicados de algunos lunares oscuros que los hacían incluso más sexis, y sus pezones, de un rosado muy vivo, eran también la perdición de su novio.
Cuando regresó del baño, las dos le esperaban ya en el mostrador.
―¿Nos vamos? ―le dijo Melissa enlazando su brazo con el suyo―. Ha pagado Alejandra. No he podido impedirlo.
La amiga se adelantaba ya camino de la calle. Mientras se alejaba, sin girar del todo la cabeza, iba diciendo:
―Qué menos, ¿no? Además, siempre me invitáis vosotros.
Marcos y Melissa la siguieron después de enviarse una mirada tensa, aunque también con cierta picardía. A medida que avanzaban hacia la puerta, él deslizó la palma de su mano abierta sobre su culo. Ella llevaba un pantalón negro de algodón, de tela muy fina y pata muy ancha, que se ajustaba asombrosamente a sus curvas. Más de un comensal, no había duda, registró el detalle.
No hablaron del asunto en todo el trayecto hasta que llegaron a casa de Melissa. Era domingo. Pasadas las once, ambos metidos ya en la cama, él con unos bóxers y una camisa de algodón ajustada, y ella tan solo con unas bragas, surgió de nuevo el tema.
―¿Vas en serio? ―pregunta Marcos.
―¿Si voy en serio con qué? ―contesta ella poniéndose de costado y pasándole el brazo por el torso, cerrando los ojos.
―Meli, corta el rollo. Venga, dime, ¿por qué has hecho eso?
―No sé. Creo que me tiene un poco harta. Y tú eres un cabrón.
Marcos le sujeta la mandíbula con una mano, zarandeándola ligeramente, arrugándole las mejillas y frunciéndole los labios.
―No tienes remedio ―le dice, y acto seguido la besa sobre los labios fruncidos. Luego, añade―: En serio, ¿qué piensas hacer? No te creo. Quiero decir, no me parece que hacer un trío sea tu forma de «vengarte» porque te tenga harta. Ya la has visto, ha contestado que sí.
Melissa abrió los ojos y observó cómo Marcos recorría el cuarto con la mirada, de nuevo perdido en reflexiones. Ella desliza su mano por el vientre y le busca el miembro sobre la tela del bóxer. Se lo aprieta ligeramente, gira el rostro hacia él, y dice:
―¿Quieres follártela, verdad? Dímelo.
Él vuelve a desplegar una sonrisa socarrona, le sujeta la melena por la nuca, con fuerza, y la mira a los ojos.
―Cómo me pones, joder ―le dice mordiéndose los labios―. Sí, me gustaría follármela, pero sólo si estás tú.
Se sostuvieron la mirada varios segundos.
―Pues eso es lo que quiero: quiero ver cómo te la follas en mi presencia ―le dice―. Me dieron ganas de darte dos hostias en el restaurante. Sabes que no la aguanto cuando se pone así contigo. Y cuando le miraste el culo descaradamente me comieron los demonios. ¿Crees que no te vi? ―y le suelta una pequeña bofetada―. Fue ahí cuando lo decidí. Te odio, la odio. Quiero verla desnuda, ver cómo se te insinúa esa zorra estando sin ropa, quiero ver cómo... ―Se detiene un momento, se incorpora un poco y se apoya sobre los esculpidos pectorales de Marcos. Luego, continúa―: La puñetera idea me pone como una moto, joder.
Él se queda atónito durante unos instantes. Sigue mirándola fijamente. Tras unos instantes, una amplia sonrisa le invade el rostro.
―Qué perversa eres. A mí la idea también me hace subir por las paredes. Eres la hostia, ¿sabes? Hagámoslo ―le dice con vehemencia, y comienza a comerle la boca y a aprisionarle los pechos desnudos.
Llevaban juntos cuatro años. Marcos era un ex-policía local convertido en pequeño empresario. Decidió que andar todo el santo día desconfiando de todo el mundo y pensando en las fallas del carácter de las personas estaba causando estragos en su propia personalidad. No le gustaba vivir así. Una de sus grandes aficiones era desde siempre el deporte. Buena prueba de ello, y de que a sus veintitantos decidiera hacer las pruebas para ingresar en el cuerpo, era su envidiable físico: 1'83 de estatura y 79 kilos de fibra muscular. La grasa había que buscarla justo después de que se comiera tres perritos calientes. Si no, no había forma.
A sus 32 años, decidió aprovechar un amplio terreno que había heredado de su abuela materna y montar unas pistas de paddle. Este deporte estaba en completo auge. Comenzó con cuatro y ahora, con 41 años, el Sport Club La Cornisa ya disponía de nueve de paddle, dos de tenis de césped artificial y tres de squash.
Marcos y Melissa tenían cada uno su propia casa. En ocasiones, especialmente los fines de semana, se quedaban juntos, bien en la de Melissa o bien en la él. Tras la cena con Alejandra en el restaurante, no se habían visto desde hacía dos días. El móvil de Marcos sonó cuando departía con unos clientes habituales en la recepción del club.
Era un whatsapp de su chica. Le había enviado una foto de unas piezas de lencería que acababa de comprar en una tienda de Women's Secret.
Marcos:
¿Y estos trapitos?
Melissa:
El envoltorio de tu regalo del sábado.
Marcos:
¿El envoltorio? La madre que me... Muy bonito, pero no te va a durar puesto mucho tiempo.
Melissa:
Qué preocupada estoy. ¿Has pensado en mi amiguita?
Marcos:
Mucho. Tengo muchas ganas de quitarle el envoltorio a ella.
La aplicación del móvil le indica que Melissa está escribiendo, pero no llega ningún texto. Se detiene, vuelve a comenzar. Finalmente, llega este mensaje:
Melissa:
Hijo de puta.
Él le envía un emoticono de sonrisa desternillante, con lágrimas salpicando hacia los lados. Escribió:
Marcos:
Pienso todo el rato en la cita. No lo entiendo. Quiero que me veas con ella. Me pongo como una moto solo de pensarlo. Esto es muy heavy.
Melissa:
Me pasa igual. Me pongo a tope cuando imagino la escena. Cachonda perdida.
Marcos:
Quiero verte con esa lencería.
Melissa:
Si te portas bien.
Marcos:
Te dejo, pervertida. Mis clientes. Beso.
Minutos después, aún en el establecimiento, cerca de las seis de la tarde, suena el teléfono de Melissa. Una llamada. La descuelga:
―Hola, zorrita ―dice Alejandra. Se llamaban así «cariñosamente» desde siempre―. ¿Qué haces?
―Nada, prosti, comprando lencería. Estoy en la tienda de Women's Secret, frente al auditorio.
―Vaya, ¿planeando sorprenderle de nuevo?
―Por supuesto. Pero esta vez es diferente. Y a ti debería importante que me cuide. Es para nuestra cita. Quiero estar especialmente guapa para él. Y tú deberías hacer lo mismo. ¿No has pensado en nada?
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Alejandra cayó en la cuenta de que «nuestra cita» la in­cluía a ella.
―Ah, ¿te refieres a...? ―dice Alejandra.
―Sí. Hemos pensado que podríamos quedar este sábado. Tú no trabajas, ¿no?
―No, tengo libre. ―Alejandra parece dudar de nuevo. Iba a comenzar una frase pero cambió de idea―: Oye, Meli, ¿tú estás segura de... ? En fin, no sé, ¿lo has pensado bien?
―Sí, los dos lo hemos pensado, ¿por?
―Bueno, no sé... Sé que hemos fantaseado alguna vez con este tipo de cosas, pero...
―No te preocupes, no forzaremos nada. Pasaremos la velada juntos y veremos qué tal se nos da. Dejaremos que fluyan las cosas. Que suceda lo que tenga que suceder, ¿te parece?
―Sí, mejor así ―contesta Alejandra algo aliviada―. Pues quizás yo también me compre algo ―concluye, añadiendo una risilla al final de la frase.
«Claro, zorra. Ponte todo lo guapa que puedas», piensa Melissa.
―Claro, cómprate algo sexi. Es la primera vez para todos, ¿no?
―Sí... ―contesta Alejandra―. Bueno, te dejo, quizás me dé tiempo de mirar algo ahora. Ya hablamos. Ciao.
―Ciao.
El viernes por la tarde, Melissa sale directamente del trabajo y se va a casa de Marcos. Él estaba ya en el salón, duchado, con su pijama y sus calcetines de colores a rayas, y con los pies sobre la mesa baja de centro, viendo cómo Terelu Campos se degradaba una vez más delante de toda España subiéndose a una báscula, descalza, y dejando de manifiesto que no solo no había adelgazado ni un gramo después de que Sálvame Deluxe hubiese puesto a su disposición un personal trainer, sino que además había engordado.
Poco después ella salió del baño, fresca y perfumada, y se echó a su lado en el sofá, cubriéndose con una manta de punto multicolor. Él comenzó a masajearle la pierna con la mano que tenía libre. Con la otra subía el volumen para oír los sollozos de Terelu.
―¿A qué hora lo de mañana? ―pregunta Marcos indolentemente, casi con apatía, como si sustituyera una espiración por una frase, pero era obvio que los dos no podían dejar de pensar en ello.
―A las nueve. Sin presiones, nos dejaremos llevar, ¿ok? ―le dice ella, llevando su mano al cuello de Marcos, acariciándolo.
―Claro, sin presiones.
Apenas hablaban. Hablaban sus manos inquietas.
―¿Estás nervioso? ―pregunta ella.
―Un poco ―dice. Luego, se lo piensa mejor―: Sí, la verdad es que sí ―y se gira para mirarla, sonriendo.
―Yo también.
El sábado por la tarde, todo estaba preparado. Decidieron que habrían cenado antes del encuentro, y que solo tomarían unas copas en el salón. Para distender el ambiente, Marcos había puesto en la tele el resumen semanal de First Dates, mientras Melissa se daba los últimos retoques en el baño. Alejandra había llegado puntual. Marcos se acercó a la puerta al oír el timbre. Al verla se quedó impactado: estaba guapísima. Se lo dijo.
―Tú también estás muy guapo, ¿eh? ―dijo ella, posando su mano sobre el pecho y tironeándole divertida de las solapas de la camisa, aprovechando que estaban a solas.
La moda no era la especialidad de Marcos. Solía vestirse demasiado informal. El hecho de que su trabajo no le exigiera ponerse otro tipo de vestimenta diferente a la que solía usar hacía que desatendiera aún más este aspecto. Pero ahí estaba Melissa para darle unos toquecitos.
Se había puesto una camisa blanca de cuello con las solapas muy amplias, que llevaba abiertas hasta el segundo botón. Apremiado por su chica, dejó los vaqueros que pretendía ponerse y se enfundó en unos pantalones de pinza grises de un tejido de finísimas líneas que tenían cierta apariencia a la pana. Estaba realmente elegante. Lo combinó con un cinturón negro con la hebilla color plata, no muy robusta, y unos zapatos de cuero gris oscuro, casi negros, que se ajustaban a su pie como un guante. No se puso calcetines. Su pelo era castaño, ondulado, con algunas canas aquí y allí. Se le formaban graciosos bucles sobre la frente.
 Alejandra llevaba ya unos minutos sentada en un sofá, frente al televisor, comentando con Marcos las evoluciones de las parejas de First Dates.
―¿Has visto la cara que ha puesto la tía cuando Carlos Sobera ha hecho entrar a su cita? ―pregunta Alejandra.
―Yo diría que «de asco» sería bastante acertado.
―Menudos freakys. ¿Es que no encuentran a gente normal por el vasto mundo?
―Lo harán aposta, para dar juego. Así es más divertido. En algunas parejas se observa la química a kilómetros, eso me encanta ―dice Marcos, y aprovecha que Alejandra está distraída mirando a uno de los comensales, que tenía piercings hasta en el DNI, para observarle con detenimiento las piernas.
Llevaba, esta vez, unas medias negras de malla muy fina impresionantes. El tejido transparente tenía algunos dibujos de volutas y filigranas imitando vegetación. Llevaba unos zapatos de charol de generoso tacón con la punta abierta, por donde asomaban dos dedos con las uñas pintadas de rojo. La falda, que llegaba a mitad de muslo, era de un rojo más pálido, a juego con las uñas.
Se había puesto una camisa de tirantes de color negro, que hacía una especie de fruncido que confluía en el escote, el cual había adornado con un diminuto colgante dorado en forma de corazón, con pequeñas incrustaciones de cristal blanco. El sujetador de encaje sólo era perceptible allí donde el escote se perdía. Se había dejado el pelo suelto y se lo había teñido, una vez más, de color cobrizo oscuro. Marcos la miraba boquiabierto, teniendo que cerrar de nuevo la boca cada vez que se veía obligado a contestar a uno de sus comentarios, cuidándose mucho de que no le pillara escudriñándola. Cuando pensaba que ese pedazo de mujer podía estar, si todo iba bien, en sus brazos algo más tarde, el cuerpo se le helaba.
―¿Y bien? ―sonó de pronto en el salón. Era la voz de Melissa. Se había acercado sin hacer ruido. Tenía un brazo a medio extender apoyado en el bastidor de la puerta. La otra mano descansaba sobre la curva de su cadera. Se mantenía inmóvil con una pierna estirada y la otra ligeramente flexionada, apoyando solo la punta de su zapato junto al otro, como una auténtica vedette.
Marcos, arrancado de súbito del país del pecado y traído de regreso al país de la lujuria, la miraba con los ojos como platos, boquiabierto otra vez.
«La madre que me parió», pensó. «Creo que necesito ayuda.»
Alejandra giró también su cabeza hacia la puerta. Se quedó estupefacta.
El pelo lacio de Melissa había desaparecido. Logró darle un aspecto ondulado, con suaves bucles, algunos de los cuales colgaban sobre su frente, traviesos. Se lo había recogido parcialmente con una pinza de nácar oscura, dejando su blanco cuello desnudo, guarnecido por graciosos mechones. Dos pendientes color plata, constituidos por tres hebras de finísimas cadenas, como lágrimas, colgaban de los lóbulos de sus orejas. Llevaba una gargantilla de brillantes piedrecitas de color negro, muy ajustada al cuello, como si fuera un tatuaje, y otra cadena de plata, muy delgada, que caía perezosa sobre su pecho, como si fuera un hilo de miel, adquiriendo las ondulaciones de sus clavículas desnudas.
Su escote pronunciado era atajado por un corpiño de encaje y tul color azul oscuro, sin tirantes, que, junto a la ropa interior, de encaje también, formaban una celosía inquietante y provocadora. El corpiño llevaba además diminutas incrustaciones de pedrería que emitían brillantes destellos. Se había pintado los labios de un rojo cereza. Una sombra oscura manchaba sus párpados, haciendo que el blanco y verde de sus ojos destacaran descaradamente sobre su rostro. Llevaba una falda ajustada de raso color negro, con una amplia abertura por delante, que descendía desde la cadera. Cubrió sus piernas con unas medias muy finas, negras también. Los zapatos, de un azul muy oscuro, forrados en paño de raso, iban a juego con el corpiño. El empeine estaba franqueado tan solo por una fina tira que se unía a otra que se ajustaba al tobillo con una pequeña hebilla. Así, el precioso arco de la planta del pie aparecía desnudo, velado solo por la tela transparente de las medias.
 Marcos se levantó del sofá y fue hacia ella, con parsimonia. Cuando llegó a su altura, se quedó mirándola a los ojos fijamente. Tenía las manos en jarra. Luego, a medida que la recorría de arriba abajo con la mirada, y que aspiraba su delicioso perfume, avanzó una mano y fue rozando su corpiño y su falda con la yema de los dedos.
―Estás impresionante ―dijo finalmente. Ella sonrió, sin desviar ni un milímetro sus ojos intensos de los suyos.
Se oyó un taconeo a espaldas de Marcos. Alejandra se acercaba despacio. Él se hizo a un lado y Melissa abandonó su pose de diva divina. Avanzó unos pasos.
―Hola, prosti ―dijo acercándose a ella, retadora, recorriéndola con los ojos, conteniendo el pellizco de la rabia. Sus perfumes se mezclaron, como feromonas compitiendo por el macho disponible―: Veo que te has puesto guapa para mi chico ―añadió acercándose aún más a ella, posando suavemente una mano sobre su nuca y dándole un leve beso en los labios. Alejandra consiguió reprimir un respingo y cerró los ojos a tiempo para recibir los labios de su amiga.
«Sin presiones», pensó Marcos. «La virgen. Se lo está tomando con mucha tranquilidad.»
Alejandra se recompuso, tomó una bocanada de aire, fabricó una sonrisa forzada, y dijo:
―¿Te gusta? ―Alzó los brazos y giró sobre sí misma.
«Y ahora la otra.»
―Estás muy bien, veo que has hecho los deberes.
Marcos las miraba estupefacto. Dos hembras impresionantes compitiendo por él. Ni en sus mejores sueños. Tuvo ganas de alzar las manos y formar una T pidiendo tiempo muerto.
―Estáis estupendas, las dos ―dijo, y dos pares de ojos intensos, como flechas, alancearon los suyos. Sonrió como pudo, amortiguando la andanada―: Bueno, bueno, ¿tomamos algo? ―añadió tomándolas a cada una de un brazo y dirigiéndolas al tresillo. Mientras las acompañaba, apoyó sus manos en sus cinturas, justo sobre la curva de los glúteos. Un fogonazo de excitación le recorrió el cuerpo. Ambas podrían estar desnudas solo para él en breves instantes. La cabeza le daba vueltas. Su entrepierna comenzaba a notar los golpes.
Marcos quitó el volumen del televisor, puso un CD de Cesária Évora y les sirvió unas copas de licor de mora. Charlaron de trivialidades durante unos minutos. Ellas se sentaron juntas en un sofá, con sus cuerpos ladeados y las piernas cruzadas. Sus rodillas casi se tocaban. Él, sentado en un sillón, las miraba a hurtadillas cada vez que podía. Los efluvios del alcohol estaban creando un estupendo efecto.
―Es precioso ―dijo Alejandra rozando con los dedos el corpiño de encaje de Melissa.
―Gracias ―respondió―. ¿Y tú, compraste algo? ―Sus dedos se pasearon por el muslo de Alejandra, recorriendo la filigrana de las medias. Sus ojos buscaron los de Marcos.
«Los envoltorios», pensó él, «que Dios me ayude a desenvolver todo esto.»
―Sí, me pasé por Etam ―y diciendo esto tiró ligeramente de su camisa hacia delante, enseñándole el ribete morado de su sujetador de encaje.
―Muy buena pinta ―dijo, y buscó de nuevo los ojos de su novio.
«Sí, es para mí. Mi papel de regalo», le dijo sin hablar.
Se sirvieron unas copas más. La mano de Melissa palpaba la pierna de su amiga cada vez con más confianza. Se miraban a los ojos de vez en cuando. Marcos, mucho más relajado, las observaba cobijado en su sillón.
De pronto, Alejandra deja su copa sobre la mesa y comienza a acariciar el brazo de Melissa con la punta de los dedos. Sube hasta el hombro, se pasea por el cuello, la mejilla y finalmente aterriza en los labios. La pintura hace que los dedos tropiecen y arrastren la piel, deformándolos. Se acerca y la besa. Melissa pasa su copa de una mano a otra sin mirar, la coloca sobre la mesa, toma a Alejandra por la nuca y la besa con más fuerza.
Marcos presencia la escena tragando saliva. Su cuerpo se tensa. De vez en cuando, percibe una lengua abrirse camino en busca de la otra. Por encima de la voz de Évora, comienzan a escucharse los chasquidos de los besos y las succiones. Las dos mujeres se acarician la piel del busto, las caderas, las piernas.
«Me cago en la hostia.» Toma un buen trago de licor y deja la copa en la mesa. Extiende los brazos sobre el borde del respaldo del sillón y se dispone a disfrutar de la escena. Melissa echa sus brazos hacia atrás y comienza a deshacer el cordón de su corpiño, que lo ajusta a su cuerpo con un trenzado en zigzag. Se pone de pie y se lo quita. Seguidamente, abre la cremallera de su falda, la desliza hacia abajo, la deja caer y la desplaza sobre la alfombra de la mesa con la punta del zapato. Sobre el cuerpo de Meli­ssa aparece una especie de body de encaje de una sola pieza, color azul celeste, que le cubre por completo desde los pechos hasta la entrepierna. Los pezones rosados se aprecian parcialmente por los orificios de la tela. Por la parte de los glúteos, el body se estrecha hasta perderse entre las nalgas. Marcos no da crédito: ya lo había visto en la foto que le envió hace cuatro días por whatsapp, pero una vez puesto parece otra prenda distinta.
Melissa se vuelve a sentar y retoma el cuerpo de Alejandra donde lo había dejado. La acaricia, se besan. Luego, se retira ligeramente hacia atrás y tira del encaje del body hacia abajo, haciendo brotar un abultado pecho. Posa una mano sobre la nuca de Alejandra y la atrae hacia sí, invitándola a succionar el pezón rosado, en plena erección. Su lengua vibrante le acaricia la punta. El pezón se yergue aún más. Melissa cierra los ojos, levanta la cara al techo y recibe la boca cálida de Alejandra, que la succiona. Mientras su amiga se amamanta, busca la mirada de Marcos. Su rostro es un poema. Su entrepierna es la carpa de un circo.
Melissa se guarda de nuevo el pecho bajo la tela e indica a Alejandra que se dé la vuelta. Comienza a desvestirla. Se ponen de pie y le quita la camisa y la falda. Aparece ante ella una figura estilizada, de piel muy blanca, cubierta con un juego de ropa interior de infarto: el encaje se intercala con amplios tramos de tela de tul muy transparente. Los pezones y la entrada de su sexo se aprecian sin ninguna dificultad. Si hubiese estado solo, Marcos se habría persignado. «Santo Cristo», piensa. Traga de nuevo saliva.
Las dos mujeres se quedan mirándose. Ambas tienen los pómulos como la grana. Respiran con agitación. Melissa se acerca a Marcos y lo toma de la mano. Él se levanta del sofá visiblemente embarazado: su erección deforma a todas luces el pantalón. Se acerca a Alejandra, la toma a su vez de la mano y los conduce al dormitorio, que han acondicionado previamente.
Al entrar en el cuarto, el sonido de los tacones desaparece: una mullida moqueta cubre todo el suelo. La cama, ya sin edredón, está vestida con una sábana color crema. Melissa pasa al otro lado de la alcoba y enciende una lámpara de pie, de muy baja intensidad, con una luz anaranjada. Luego, regresa con ellos, que siguen de pie, inmóviles, se sienta en un sillón que ha colocado junto a la cómoda, con amplios antebrazos, cruza las piernas y, finalmente, alza los brazos hacia delante, con las palmas hacia arriba, como diciendo: «adelante».
Marcos, con brasas en las mejillas, mira a los ojos a Alejandra. Duda. Quiere volver a mirar a su novia, como si necesitara el auxilio de su apuntador, pero se reprime. Posa una mano en la curva de la cintura de la mujer y la atrae despacio. Nota el calor de la piel. Huele de infarto. Ella se ve obligada a mirar hacia arriba; él, hacia abajo. Labios carnosos, piel blanca, resplandeciente. Dos pezones velados, amenazantes. Marcos sigue aturdido. Respira, se recupera. Se decide. Alza una mano, la toma de la nuca, la atrae hacia sí y la besa en la boca. Ella responde, lo besa a su vez, le acaricia la espalda musculada. Las bocas comienzan a reconocerse, las lenguas se palpan por dentro, los dientes tropiezan, las narices buscan su lugar. Aumenta el calor. Saliva.
Una mano vellosa se desliza sobre el glúteo, lo aprieta, lo atrae. La erección tropieza con el encaje. Respiran con más fuerza, chasquidos de besos, se mezclan los alientos. La boca de Marcos resbala por la piel blanquísima del cuello, palpitante. Ella siente el aliento cálido. Él encuentra una vena encabritada, la besa. Sigue bajando. La cadena se enreda en los labios. La lengua deja un rastro húmedo, se hunde en el hueco de la clavícula. Aparecen dos montículos de carne, luego un encaje. Tres dedos crispados tiran de él hacia abajo y brinca un pezón. Una lengua lo apacigua, lo embadurna. Ella se agarra al cuello y se deja succionar.
En el sillón, el pecho de la novia se hincha y deshincha con agitación. Una mano desesperada se lanza bajo el body de encaje en busca de dos enormes senos, los aprieta. Los dedos pellizcan las puntas erizadas. Otra mano ansiosa acaricia la entrepierna, que se retuerce. La tela de encaje roza los labios húmedos. Se empapa. Se lleva los dedos a la boca. Los chupa. Aspira el olor.
Él observa a la chica del sillón, su entrepierna expuesta, los movimientos de la pelvis, los enormes pechos bajo la tela. Se miran a los ojos. Aprietan los dientes, se muerden los labios. «Joder.»
Marcos regresa a Alejandra. La conduce hacia atrás y la sienta sobre el borde de la cama. Está agitada. Se arrodilla frente a ella. Toma un pie en su mano y retira el zapato. Luego, el otro. La filigrana de la media decora el precioso empeine, los dedos. Las uñas pintadas de rojo decoran la media, el pie. «Dios...» Desliza las manos por la pantorrilla, el muslo, hacia arriba. Luego, regresan por el mismo camino arrastrando la media. Piel blanca inmaculada. Un tobillo delicado, unas finas venas sobre el empeine. Preciosos dedos. La lengua los acaricia. Los labios los besan. Los introduce en su boca.
La novia desciende del sillón, avanza de rodillas hacia él. Le acaricia la espalda, acerca su cara a la suya, mientras él besa el pie, mientras chupa los dedos. Ella busca su miembro con la mano. Lo acaricia. Él se inquieta, duda. Deja reposar el pie en el suelo y busca los labios de la novia. Ella rehúye. Se miran. «Todavía no», le dice con los ojos. Él entiende. Se relaja. Lo prefiere así, porque ahora quiere a Alejandra. Avanza hacia el borde de la cama. La sujeta por las pantorrillas, abre sus piernas, las alza. Ella se echa hacia atrás. El sexo ofrecido. Fuego en las mejillas. Vuelve a estar aturdido.
Una mano le baja la cremallera, se introduce bajo los bóxers y atrapa su miembro. Lo masajea. Aún de rodillas, el hombre se incorpora y avanza hasta la entrepierna abierta. Un olor. Nuevo. Hembra. El tejido de tul que apenas oculta el sexo, los labios rugosos. Aspira. Humedad. La hembra está excitada. Dos garfios avanzan bajo los glúteos y tiran del encaje. La prenda se desliza por las piernas, por los empeines estirados. Bragas sobre la moqueta. La novia las recoge, las acerca a su cara. Huele. Un competidora. Se excita, se encela. Quiere al macho para sí.
El sexo desnudo de Alejandra brota ante la cara de Marcos. Está conmocionado, aturdido. Comienza a salivar ante el banquete. Las manos sujetan los muslos y los separa. El centro se abre, los labios se despliegan. Se acerca y come. La lengua se introduce, los labios chupan, succionan. Ella se estremece, se retuerce, jadea. La novia abandona el miembro y se incorpora, sujeta una pierna alzada y contempla la comilona. Lleva la mano a la nuca del hombre, a su pelo. Lo acaricia. Vuelve al suelo y busca el miembro con la boca. Succiona. Alejandra aprieta sus pechos con una mano. Con la otra, empuja la cabeza de Marcos sobre su sexo. Más jadeos. Más chasquidos.
Melissa se pone de pie. Él la presiente, gira la cara. Se clavan los ojos. La vulva de Alejandra, hinchada, brillante de saliva, se sigue meciendo, como un pequeño polluelo que buscara a tientas el pico de la madre que instantes antes lo alimentaba. La novia avanza por detrás de él, rodea la cama y pasa al otro lado. Marcos la sigue con la mirada, con las piernas de la amiga abiertas, prendidas con sus manos. Se sienta en la cama, se quita los zapatos. Sube. Echa mano de su entrepierna. Hurga. De pronto, la braga elástica se desprende y aparece la vulva húmeda. Avanza hacia su amiga, alza una pierna y queda a horcajadas sobre su cara. Dos nalgas redondas, vibrantes, el ano contraído, los labios abiertos. Desciende buscando el contacto. Una lengua hurga en el sexo. Melissa siente una corriente que la traspasa. Se yergue y disfruta. Masajea sus pechos. El hombre, atónito, desciende y vuelve a lamer el sexo de Alejandra, pero sin dejar de mirar al frente por unos instantes. Nuevos jadeos, nuevas respiraciones agitadas.
Tras unos minutos, Melissa se retira. Se sienta momentáneamente junto a su amiga, que sigue tendida. Respira. Se saca el body. Comienza a acariciarle el torso, los hombros. El chico deja reposar los pies de Alejandra sobre la moqueta y se sienta al borde de la cama. Melissa le mira a los ojos. Se inclina hacia abajo, da un pequeño beso a Alejandra en los labios y la incorpora. Se pega tras ella. Sus cuerpos húmedos se tocan. Luego, le quita el sujetador, que lanza hacia un lado. Los pequeños pechos, bien formados, quedan expuestos. El hombre los mira. Las manos de Melissa los cubren, los masajea. Juega con sus pezones. Sin retirar las manos, hace señas con los dedos índices, que se enroscan y se extienden, como ganchos: «ven», dicen. La boca de él obedece. Alejandra se echa hacia atrás y descansa sobre los pechos de su amiga, cálidos, húmedos. El hombre los abarca con las manos, los chupa. Melissa besa a la chica en la boca, le acaricia los labios con la lengua. Alejandra atrae a Marcos con ambas manos, le aprieta la cabeza contra sí. La novia desliza su boca al oído de su amiga. Le dice: «Quítale la ropa».
Con las manos, Alejandra invita a Marcos a incorporarse. Ella también lo hace y se sienta sobre la cama con una pierna flexionada. Le quita la camisa. Luego, echa mano del pantalón. La cremallera, que sigue abierta, deja entrever a través del hueco el miembro excitado. Le abre el cinturón, el botón. Él se levanta y deja caer los pantalones al suelo. El pene asoma casi completamente por encima de la tela del bóxer, bamboleante. Se los quita y se sienta en la cama. Melissa se acerca a su oído de nuevo: «Chúpasela», le dice.
Alejandra se estremece ante la nueva orden. Una oleada de excitación le invade el cuerpo. Siente que le arden las mejillas y un nuevo cosquilleo en su entrepierna. Le palpita. Despacio, mirando a los ojos al hombre, como pidiendo permiso, se acerca despacio y se inclina. Desliza la mano por el muslo velloso y atrapa el miembro. Lo masajea. La piel cubre y vuelve a descubrir la punta rosada, húmeda. Se inclina hacia abajo. Envía su lengua tímida. Acaricia la punta, la ranura, que lagrimea. Marcos mira a Melissa. Ella se muerde el labio. Acaricia la espalda de su amiga con una mano. Con la otra, se masajea los pechos. Él cierra los ojos y lanza la barbilla al cielo cuando Alejandra se introduce su miembro en la boca. Siente el calor invadiéndole el glande. La chica succiona la superficie suave. Su cabeza sube y baja despacio, rítmicamente. Él posa su mano sobre la melena cobriza. Quiere sentir los movimientos.
Melissa lleva una mano a su entrepierna y comienza a hacer círculos. Con la otra, presiona uno de sus senos hacia arriba y envía su lengua hasta el pezón, haciendo círculos. De tanto en tanto, lleva su mano al sexo de su amiga. Le introduce dos dedos. Ahora, los sonidos de sus succiones se ven interrumpidos por pequeños quejidos de placer. Luego, se recuesta sobre el colchón al lado de Alejandra y la observa chupar de cerca. Se deleita con los ruidos que hace. La ve deslizar su mano arriba y abajo por el miembro acompasándola con los movimientos de su cabeza. Tienes los ojos cerrados. Melissa pone una mano sobre su melena. La acaricia. Luego, se acerca a su oído: «dámela», le dice, «ahora yo». Su amiga obedece, abandona su comida y se la ofrece sin soltarla. La otra chupa. A intervalos, se pasan el miembro la una a la otra. Marcos apoya sus manos sobre sendas cabezas, mirando hacia abajo para ver sus bocas y sus lenguas ávidas que comparten el botín.
Marcos está que explota. Su excitación le envalentona, le arrebata. Toma a ambas mujeres por la barbilla al mismo tiempo, ansioso, y separa de su miembro las cabezas succionadoras para que se detengan. Éstas miran hacia arriba. Toma a Alejandra por los hombros, la incorpora. Hace que se dé la vuelta, que se ponga a cuatro patas, que le ofrezca su sexo. Él observa sus nalgas abiertas, blanquísimas, turbadoras. Observa su entrada partida. Se vuelve loco. Mira a Melissa. Le come el deseo. Se agarra el miembro, lo masajea, se acerca a la hembra y busca la entrada con su punta hinchada. Vuelve a clavar los ojos en los de su novia. Siente que va a penetrarla a través del cuerpo de su amiga, como si fuera una mera extensión.
Alejandra, al sentir el roce del hombre sobre su sexo, cierra los ojos, alza la cabeza y respira agitadamente. Él la penetra, ella suelta un quejido, frunce el ceño en una mueca de placer, como si le doliera, y acompasa su cuerpo a las embestidas del macho, que la sujeta con fuerza de los montículos de las caderas.
Melissa está fuera de sí. De rodillas, observa la escena metiéndose los dedos en el sexo, acariciando sus pechos y pellizcando sus pezones. Sus ojos brincan sin descanso abarcando todo el cuadro. Observa a la hembra con la espalda arqueada, ofrecida, los pechos bamboleantes, los glúteos vibrantes con cada embestida. Mira al macho sudoroso, fuerte, sus brazos crispados prendiendo las caderas de la chica, apretando la carne de las nalgas, deformándolas. Se deleita con el sonido de su pelvis al chocar, carne con carne. Está a punto de correrse.
Se acerca a ellos. Pone sus manos sobre las nalgas de la chica y las separa, las aprieta. Ve el miembro del hombre ir y venir, castigándole el sexo. Desliza una mano hacia el centro, donde se juntan las nalgas, y deja pasar el pene entre los dedos. Quiere sentirlo entrar y salir de ella, de su amiga, de sí misma. Los dos cuerpos parece que son uno. Luego, lleva la mano por debajo y busca el clítoris de Alejandra. Presiona y comienza a hacer círculos frenéticamente. La chica no lo soporta y llega a un brutal orgasmo. Los quejidos invaden la estancia. La mano de Melissa recibe una oleada cálida de flujo. Ahora es ella quien jadea agitadamente. Lleva la mano bañada a su propio sexo y se acaricia. Mira al macho, desesperada. Se gira, se pone a cuatro patas y le ofrece el sexo. Se inclina hacia abajo, mete la mano bajo su cuerpo, alcanza su vulva y la abre con los dedos, pidiendo su venida.
Marcos se separa de Alejandra. Su miembro enhiesto sale de su cuerpo, brillante, hinchado, y Alejandra se deja caer sobre el colchón, exhausta, su pecho crispado. Marcos prende su pene con la mano y se acerca a Melissa, que gime esperando que la llene. Él palpa la brecha húmeda con el glande y empuja. Su pene se pierde en la cavidad, lubricada por los flujos de las dos hembras. Marcos observa el culo imponente de su novia. Está arrebatado. Le da un fuerte azote sobre una nalga y ésta queda vibrando. Comienza a penetrarla con fuerza. Sus cuerpos, sudorosos y húmedos, emiten fuertes chasquidos con los choques de las embestidas. Melissa acaricia su clítoris con la mano y deja pasar nuevamente el miembro entre sus dedos. Su cara, aplastada contra el colchón, está contraída por el placer.
Alejandra se acerca a ella y comienza a masajearle los pechos. Aprieta las nalgas de Melissa y les da pequeños azotes. Observa el cuerpo de Marcos embistiéndola, su pecho muestra meandros de sudor. Le mira a la cara. Le ve apretar los ojos mirando hacia arriba a intervalos. Está a punto de correrse. Alejandra lleva una mano bajo el cuerpo de Melissa y le acaricia el clítoris con un rítmico movimiento. Su amiga comienza a contraerse. Observa los empeines de sus pies estirados, los dedos apretados. Su cuerpo comienza a temblar y se corre emitiendo un fuerte quejido. Segundos después, ve a Marcos apretar los dientes, los párpados. Jadea, suelta un gruñido y su cuerpo se convulsiona, embistiendo de manera incontrolada las nalgas de Melissa. Cuando se descarga dentro de ella, Alejandra respira agitada, como si también recibiera parte del semen. 
Marcos se deja caer hacia delante, su pecho contra la espalda de Melissa, sus brazos temblorosos, como dos columnas, a ambos lados de ella. Respira, recupera el aliento. Se deja caer hacia un lado y queda tendido entre las dos mujeres. Su miembro sale del cuerpo de su novia, húmedo, brillante. Alejandra desliza los dedos por la espalda de Marcos, empapada de sudor, y éste desploma su brazo sobre el cuerpo de Melissa, de espaldas a él. Las respiraciones agitadas van recuperando su ritmo sosegado.
Tras unos minutos, Alejandra se incorpora y baja de la cama. Recoge su ropa desperdigada por la moqueta. Antes de salir del cuarto, ve que Marcos se gira y mira hacia ella. Extiende el brazo y la mano, pidiéndole que se acerque. Ella lo hace y le tiende la suya. Él se la toma, le acaricia los dedos y la mira a los ojos varios segundos. Ella sonríe. Se sueltan, Marcos vuelve a girarse y a abrazar a Melissa. Alejandra se va y se mete en el baño.
Unos veinte minutos después, desde la cama se oye el débil taconeo de Alejandra en el salón, el sonido de unas llaves. Melissa sale de debajo del cuerpo de Marcos y busca una camisa en un cajón. Se la pone y sale de la alcoba, descalza. Encuentra a Alejandra dirigiéndose a la puerta. Va tras ella. Ya en el umbral, se quedan frente a frente. No les salen las palabras. Finalmente, Melissa acaricia el brazo de su amiga. Le toma la mano y la mira a los ojos. Se acerca, le da un beso en los labios. Se vuelven a mirar. Sonríen. Se sueltan. Se cierra la puerta.
Melissa se da la vuelta y da unos pocos pasos por el salón, pero se detiene. Parece aturdida. Se echa ambas manos a la cabeza y se recoge el cabello, retirándolo hacia atrás. Se muerde el labio sin bajar aún las manos, niega levemente con la cabeza. Sonríe. Deja caer su melena y comienza de nuevo a andar. Se mete en su alcoba, rodea la cama y se echa junto a Marcos, bajo el brazo.

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