lunes, 8 de mayo de 2017

La poderosa imaginación de Miss Cotton

[10:06] May:
¿Te apetece ir a la playa?
Es domingo por la mañana. Oigo la llegada del mensaje mientras hago estiramientos en el salón de mi casa, sobre una colchoneta. Me levanto, me acerco a la mesa donde está el móvil y lo abro. Es May, una chica con la que he intimado bastante últimamente.
[10:07] Javi:
Buenos días, Jane. ¿A la playa?
Estamos a principios de marzo, y todavía el tiempo es fresco. Por eso mi pregunta.
[10:07] May:
Sí, Tarzán. Asómate a la ventana, anda.
Yo le obedezco y me asomo con el móvil en la mano. El cielo está impoluto, azul brillante, ni una nube, ni una mota de polvo en el aire.
[10:08] Javi:
Espectacular. ¿Adónde?
[10:08] May:
Ya sabes que no me gustan las multitudes. ¿Vamos a La Laja?
Nos pilla a los dos a medio camino. Por esta época del año, hay todavía muy poca gente. Me parece buena idea, pero antes quiero terminar de hacer mis estiramientos y, quizás luego, un poco de cinta.
[10:08] Javi:
Ok. ¿Sobre las once y media?
[10:09] May:
Yo ya voy saliendo, Tarzán. Envíame un mensaje cuando llegues.
[10:09] Javi:
Vale, Jane. Te veo después.
Cierro la frase con un emoticono enseñando la lengua.
A raíz de nuestros juegos en la cama, May comenzó a llamarme Tarzán, y yo a ella, Jane. No sé si me puso ese mote por mi rudeza o si simplemente era su tendencia a usar artificios para novelar sus encuentros sexuales. Le encantaba emplear giros y expresiones sugerentes, andar con insinuaciones, evitaba llamar a las cosas por su nombre. «¿Me prestas el puñal?», me decía para referirse a mi miembro, mientras lo buscaba con la mano, bajo las sábanas.


Más tarde comprendí que era parte de su personalidad. Ella era prácticamente lo opuesto a mí, es decir, todo delicadeza y refinamiento. Llamar a las cosas por su nombre habría sido, ¿cómo expresarlo?, muy poco estético. Por eso yo la llamaba a veces Miss Cotton.*
Dicen que a veces se liga en las situaciones más insospechadas, como en el supermercado, o en un avión. Yo ligué con May en la biblioteca, donde trabajaba.
Al principio, lógicamente, no me prestaba ninguna atención. Yo era un usuario más devolviendo un libro o haciéndole alguna pregunta para encontrar no sé qué reliquia en el catálogo. Me quedé enseguida con su cara, desde la primera vez que coincidimos en el mostrador, pero también con su culo. Cuando se daba la vuelta e iba en busca del libro que yo había reservado, y que ha­bían colocado en el carrito de ruedas, me ofrecía un pedazo de retaguardia que me dejaba hipnotizado. Yo le hurtaba su contoneo escabulléndome de las miradas de sus compañeros de trabajo.
Todavía recuerdo aquellos pantalones vaqueros medio desgastados que amenazaban con romperse por la presión de su carne prieta. Sus dos nalgas rellenaban la tela como si fuera el aire de un globo, a todo lo que daban de sí, dibujando unas curvas de infarto. Para agravar todavía más la cosa, de cintura para arriba era bastante delgada, de modo que el contraste resultaba todavía más despiadado.


Una de aquellas veces que fui a recoger un libro que había reservado, se inclinó hacia delante sobre el carrito, tratando de leer en los lomos de los libros el título que le había dicho. Yo estaba perdiendo la noción del tiempo y el motivo por el que estaba allí. Tras unos instantes, regresa y se sienta. Me lo tiende.
―No está en muy buen estado. Estaba en el almacén.
Lo cogí y le eché un vistazo rápido. Ya estaba acostumbrado a llevarme prestados libros andrajosos. La historia de San Michele, de Axel Münthe, leí. El libro, de tapa dura, tenía el interior lleno de manchitas marrones. Me gustaba eso.
―Tiene buena pinta ―le dije―. Me lo llevo.
Meses después de conocerla, comencé a notar algunos detalles distintos en su comportamiento. Cuando la requería para que me ayudase con el ordenador, con el catálogo online, posaba una mano distraída en mi hombro y se asomaba por encima de mí mientras yo le explicaba, deslizando el dedo por la pantalla, lo que estaba tratando de buscar.
―¿Me permites un momento? ―me decía ella.
―Claro. ―Yo me levantaba de la silla y ella ocupaba mi lugar. Se entretenía largo rato introduciendo términos de búsqueda y explicándome cómo hacerlo.
―Muchas gracias, ¿eh? ―decía yo, extrañado por su dedicación.
―De nada ―decía May, sonriendo, y se marchaba contoneando la cintura.
Entre otros autores, fue Marcel Proust quien hizo de celestina entre los dos. Cuando yo devolvía un volumen de En busca del tiempo perdido, ella se detenía un momento, leía el título, lo acariciaba con sus delicadas manos, de dedos largos y finos, y me echaba una fugaz mirada.
Otro día, me encontraba yo entre las estanterías de la sección de criminalística. Yo solía alternar mis lecturas.  Por temporadas, me gustaba leer libros sobre asesinos en serie, psicópatas y criminales de todo tipo. Cuando me saturaba alguna temática, me relajaba buscando algo completamente distinto.
―¿Te apetece un café?
Di un respingo y me giré hacia atrás sobresaltado, no sólo por aquella voz inesperada, sino también porque estaba ojeando Dentro del monstruo, la biografía de Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie caníbal.
―Tengo media hora ―continuó May.
Dejé sobre el estante aquel instrumento del diablo, me transporté al momento presente, le sonreí y contesté, un poco atropellado:
―Ah... sí, claro.
Quién me diría a mí que, meses después, estaría disfrutando de ese bomboncito...
Fuimos viéndonos de vez en cuando, cada vez con más frecuencia. Como buena amante de la lectura, y como probablemente les ocurre a la mayoría de los que trabajan en bibliotecas, May me confesó que se fue fijando en mí por el tipo de libros que me llevaba prestados.
―Veo que tienes buen gusto ―me dijo una vez.
―Ya... Supongo que lo habitual es que te pidan libros de Danielle Steel, ¿no? ―le dije yo en tono de mofa.
―Y de Stephenie Meyer ―me respondió ella, siguiéndome la broma―. Pero a Marcel Proust, como te puedes imaginar, no lo sacan a pasear muy a menudo.
―Me hago una idea ―le dije―. Pero tampoco me extraña, ¿eh? Menudo es el tipo...
Resultó ser una chica muy interesante, fantasiosa, y con una personalidad un tanto poliédrica. En el terreno estrictamente sexual, en un principio me pareció que era bastante tímida o, cómo decirlo, decorosa. Le gustaba usar subterfugios para referirse al sexo, cosa que, por otra parte, me producía un morbo tremendo. A menudo, cuando se sentía excitada y le apetecía tener relaciones, decía: «¿Te apetece jugar?». Aunque al principio la expresión me chocaba, con el tiempo vi que tenía perfecto sentido.
Recuerdo que una mañana, estando desnudos en la cama, ella se ha­bía recostado cómodamente entre mis piernas y había empezado a manipularme el pene con muchísima paciencia: lo masajeaba despacio con las manos, lo lamía, lo chupaba… Al poco rato, la vi incorporarse, pasar sobre mí y buscar algo dentro del cajón de la mesita de noche. Cuando hubo encontrado lo que quería, regresó a su postura anterior y se puso a desenvolver con parsimonia una piruleta de fresa con forma de corazón. Sujetándola con la mano derecha, empezó a chuparla y a jugar con su lengua, al tiempo que me masturbaba con la izquierda. De tanto en tanto, llevaba su piruleta empapada de saliva a mi glande y lo embadurnaba hasta que se volvía rojo. Entonces acercaba su lengua manchada, lo lamía y luego se lo metía en la boca, haciendo deliciosos ruiditos con las succiones. Estuvo así durante un buen rato, saboreando, deleitándose, pasando intermitentemente de uno a la otra y viceversa.

Son cerca de las once y media, llego a la playa de La Laja. Echo un vistazo en la distancia pero no logro dar con May, a pesar de haber solo unos pocos bañistas diseminados por la arena. Saco el móvil de la mochila y le envío un mensaje mientras camino por el paseo de losas desgastadas.
[11:22] Javi:
¿Dónde andas, Jane?
[11:23] May:
¿Y tú? Estoy a mitad de playa, prácticamente sola. Tienes que andar bastante.
[11:23] Javi:
Ok, voy para allá. Hazme un hueco.
Al principio de mi relación con May, y a medida que la fui conociendo en el ámbito sexual, fui formándome una idea sobre ella que luego resultó ser equivocada. Lo que yo consideraba mera timidez, era realmente otra cosa. Tuvimos que pasar por algunos tropiezos antes de comprender de qué se trataba.


Recuerdo varias ocasiones en que yo estaba sobre ella, penetrándola, con sus piernas enroscadas en mi cintura, o quizás solo rozando mi sexo contra el suyo y besándola, cuando de pronto, al yo tratar de escurrirme hacia abajo para buscarle la vulva y lamérsela, ella me soltaba:
―¡Ay, no te vaaayas! ―me decía sujetándome con los brazos, su ceño fruncido y casi disgustada.
«¿Irme?», pensaba yo. «¿Tan lejos le parece?» Y yo tenía que quedarme allí. Tenía que aguantar, una vez más, mis ganas de comérmela, de olerla de cerca... Estos pequeños tropiezos se resolvieron bien unas pocas veces, pero a la tercera, o la cuarta, la que fuera, no acabó tan bien. ¡Yo no conocía todavía su cuerpo de mitad para abajo!
―¿Pero qué te pasa? No me dejas... ―le decía yo, realmente contrariado y con la excitación por los suelos. Me sentía inmovilizado.
Ella de pronto se cerraba en banda y no decía ni mu. Seguía enfurruñada. Pero no nos quedó más remedio que hablarlo, porque aquello no pintaba bien. Finalmente, se aclaró todo: no se trataba de timidez, sino de pudor. Todo se reducía al hecho de que le daba muchísima inseguridad la parte baja de su cuerpo. ¡No podía creérmelo!
Tampoco quise indagar demasiado. Sé que era una chica de relaciones larguísimas. Desconozco si sus parejas se conformaban con explorarla allí donde ella les permitía el acceso, y de la manera que ella quería. Menuda era. Pero conmigo eso no iba a ocurrir, porque mi excitación estaba corriendo serio peligro. ¡Insegura, decía! ¡Y con aquel pedazo de cuerpo, con aquellas nalgas que me tenían loco en la biblioteca, y con aquella preciosa vulva que hasta ahora solo había acariciado con los dedos! De ninguna de las maneras.
Por suerte, las barreras quedaron pronto dinamitadas. Supongo que obtuvo la prueba fehaciente de que su cuerpo no era motivo, ni siquiera remotamente, de vergüenza al verme a mí excitado como un mono cuando me adentraba con la boca en medio de la caverna entre sus piernas y de las dos compuertas redondas y vibrantes que eran sus tremendas nalgas.
Las cosas cambiaron, ¡vaya si cambiaron! En otra ocasión, cuando yo me incorporé de la cama para marcharme, me preguntó:
―¿Ya te vas? ―me dijo haciendo pucheritos, después de que hubiéramos tenido, esa mañana, una intensa sesión de sexo. Las sábanas aún estaban revueltas y nuestros cuerpos, húmedos de sudor.
―Sí, Jane, tengo que ir a...
No le interesaba lo que iba a decirle. Se puso a cuatro patas, se dio la vuelta, ofreciéndome la retaguardia, abrió un poco sus piernas, agachó la espalda y empezó a moverse, de delante hacia atrás, como una gata, girando su cabeza para espiarme y observar el efecto de sus sucias artimañas, mostrándome las nalgas abiertas, el ano y la entrada de su sexo, que se abrí­a y se cerraba como un bivalvo carnoso, rosado y perverso. Era una perdición. Así que no me fui... todavía.

A mitad del paseo de la playa, la localizo tendida sobre la toalla. Me acerco despacio, sin hacer ruido. Está echada boca arriba, con las piernas estiradas. La observo a placer. Me encanta mirar la curva descendente que se formaba entre el hueso de su cadera y su cintura.
Hoy lleva un bikini de color salmón. Cuando estoy lo bastante cerca...

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