martes, 4 de agosto de 2020

Amor rojo, placer negro

Ramo de rosas, regalo del amante, símbolo del amor
―Gabinete de psicología Arco-Millares, le atiende Celina.
―Buenas tardes. ¿Podría hablar con la doctora Cebrián, por favor?
―No sé si está ocupada en este momento. ¿Es cliente suyo?
―No. Soy su pareja.
―Ah, disculpe. Le paso con otra línea, no se retire.
―Gracias.
Se oye el chasquido del teléfono, y a continuación los tonos de llamada. Alguien descuelga.
―¿Dígame?
―…
En el auricular, se oye una respiración.
―¿Hola? ―vuelve a preguntar la señorita Cebrián.
―Tiene las piernas muy bonitas, doctora.
Se escucha una voz gruesa y pausada, jadeante. Quien quiera que sea, está forzando la voz, tratando de pronunciar lentamente, arrastrando las palabras. Parece un degenerado. Ella está a punto de colgar, pero se toma unos segundos más. Responde:
―… ¿Perdone?
―Largas, estilizadas… La veo salir cada día, señorita Cebrián. Me gustan mucho las medias que lleva hoy.

lunes, 27 de julio de 2020

Gemidos en el despacho

Esposa infiel escuchando a hurtadillas en despacho
El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.
―¿Un par de horas más?, ¿pero tú qué es lo que tomas? ―le digo usando ese tonillo de indignada que no me creía ni yo misma y que solía emplear con él. Ya nos conocíamos demasiado bien. Al pronunciar la frase, su cara impostada de cascarrabias dio paso de inmediato a una amplia sonrisa. Le encantaba incordiarme. ―Quédate tú, si quieres. Me voy a hacer un pis y recojo.

martes, 21 de julio de 2020

Los juegos de mi prima Bego (4ª parte, final)

El pezón de mi prima Begoña, a los 14 años
Nunca estuve preparado para los juegos que tramaba mi prima. Cuando me daba cuenta, ya estaba atrapado.
*Este relato consta de 4 partes. Si desea leer alguna de las restantes, puede encontrarla usando el buscador del blog o abrirla haciendo clic en los siguientes enlaces: PARTE 1, PARTE 2, PARTE 3.

―No lo puedo creer ―insiste―. ¿Me has grabado?
―Son solo unas fotos.
―Estás loco. O sea, estás loco, Pablo ―continúa, incrédula―. ¿Me sacaste unas fotos mientras…?
Yo alzo las cejas, ladeo la cabeza y le muestro las palmas de las manos: «¿Y qué otra cosa podía hacer?», venía a decir.
―Pero, ¿cómo…? ―dice casi para sí misma, reflexionando―. No oímos nada.
―No des más vueltas, Bego. Fue una coincidencia. Vine a coger unas cosas de la azotea, y les oí. Lo demás fue surgiendo.
Ella seguía negando con la cabeza, mirando el móvil.
―Supongo que no quieres comprobarlo, ¿verdad? ―le pregunto.
―Ni de puta coña ―me suelta como un disparo.
No estoy seguro, pero me pareció ver que se le colaba una media sonrisa. Se hace un pequeño silencio. Nos miramos con ojos esquivos. Yo vuelvo a excitarme, me la imagino a mi merced, toda una tarde. Se me altera el pulso de pensarlo.
―¿Cuándo te vas con tus padres? ―Le sigo hablando con mi tono de voz neutro, con la sartén bien agarrada.

Los juegos de mi prima Bego (3ª parte)

El pezón de mi prima Begoña, a los 14 años
Nunca estuve preparado para los juegos que tramaba mi prima. Cuando me daba cuenta, ya estaba atrapado.
*Este relato consta de 4 partes. Si desea leer alguna de las restantes, puede encontrarla usando el buscador del blog o abrirla haciendo clic en los siguientes enlaces: PARTE 1, PARTE 2, PARTE 4.

Yo me quedo mirándola un segundo, desconcertado y sorprendido. Fue como regresar a la realidad de sopetón. Me despegué de ella y me fui a grandes pasos a la ventana de la cocina. Me iba limpiando los labios mientras caminaba, los tenía llenos de saliva. El corazón me iba a mil por hora. Mi erección me incomodaba muchísimo al andar, me sentía ridículo.
Regresé a su cuarto algo recompuesto, pero excitado y dubitativo. ¿Podría continuar donde lo había dejado?
―Sigue regando ―le expliqué también con voz seria―. Aún le queda mucho, más de la mitad.
La paciente se había puesto la sábana por encima y me escuchaba con atención. En cuanto oyó mi resumen, dejó caer de nuevo su cabeza sobre la almohada, adoptó un gesto convaleciente y se desnudó hasta las rodillas. Volví a estremecerme. Me acerqué a ella despacio. Aún quedaban restos de saliva en los pezones.
―Le estaba… ―balbuceé. Necesitaba unos segundos para recuperar mi papel―. Debo continuar con la extracción ―dije por fin.
Ella giró la cabeza hacia un lado, sin abandonar su gesto sufriente, y dijo:
―Siga.

Los juegos de mi prima Bego (2ª parte)

El pezón de mi prima Begoña, a los 14 años
Nunca estuve preparado para los juegos que tramaba mi prima. Cuando me daba cuenta, ya estaba atrapado.
*Este relato consta de 4 partes. Si desea leer alguna de las restantes, puede encontrarla usando el buscador del blog o abrirla haciendo clic en los siguientes enlaces: PARTE 1, PARTE 3, PARTE 4.

Al acabar la conversación con mi madre, Begoña se vuelve a dirigir al cuarto de planchar y regresa con mi ropa limpia: un pijama azul con ribetes rojos, unos calzoncillos y un par de calcetines.
―Ve a ducharte, asqueroso ―me dice Cruella de Vil. Yo me río.
―No uses el agua fría hasta que acabe, ¿vale?, que me abraso ―le dije, pero me arrepentí enseguida: no era la primera vez que abría adrede un grifo para hacerme saltar en la bañera.
Llevaba unos minutos en el baño, disfrutando del agua caliente, con el cuerpo enjabonado de arriba abajo, cuando de pronto oigo unos golpes fuertes en el cristal de la puerta. Doy un brinco y estrujo instintivamente la esponja con la mano sobre mi pecho, haciendo chorrear el jabón. Me callo como un muerto. Sólo se oye el sonido de la ducha.
―¿Bego? ¿Qué quie…? ―intenté preguntar.
No tuve tiempo de decir nada más. Antes de que acabara la frase, mi prima ya estaba entrando en tromba en el baño. Abrió la puerta de par en par, se acercó a la bañera y descorrió la cortina de un manotazo. Yo me sentí como un conejo cuando lo iluminan de noche con una linterna.
―¿Qué haces? ―me pregunta poniendo los brazos en jarras, mirándome sin ninguna consideración.

domingo, 19 de julio de 2020

Los juegos de mi prima Bego (1ª parte)

El pezón de mi prima Begoña, a los 14 años
Nunca estuve preparado para los juegos que tramaba mi prima. Cuando me daba cuenta, ya estaba atrapado.
*Este relato consta de 4 partes. Si desea leer alguna de las restantes, puede encontrarla usando el buscador del blog o abrirla haciendo clic en los siguientes enlaces: PARTE 2, PARTE 3, PARTE 4.

¿Alguno de ustedes ha tenido la mala suerte de encontrarse con la mismísima perdición en su propia familia?
Yo sí, y se llamaba Begoña.
Era mi prima.
Bueno, sigue siendo mi prima, y se sigue llamando Begoña. Quiero decir que en aquel tiempo ella se convirtió en mi absoluta perdición. Menuda pieza...
No sabría decir cuándo empezó todo realmente, pero yo debía tener unos 9 años y ella, 13. De lo que sí me acuerdo es de que, ya a esa edad, ella comenzó a practicar juegos “sucios” conmigo. Hoy me atrevería a decir que me cogió como sparring para poner a prueba sus inquietudes sexuales.
Yo apenas podía hacer nada, casi no me daba oportunidad para reaccionar, tal era su empuje y su poder de persuasión. Tampoco era demasiado consciente en aquel momento de lo que sucedía. Me fui dando cuenta con el paso del tiempo.
Puede que ahora, a mis 24 años ―momento que he escogido para contarles esto―, nadie se alarmase porque una chica de 28 ―que son los que ella tiene― se me insinuara y coqueteara conmigo. Con la edad, las diferencias se diluyen, ¿verdad? Pero cuando yo era apenas un mocoso, esas diferencias eran enormes.

miércoles, 15 de julio de 2020

Una esposa en préstamo

Mujer sexy, con corsé de encaje, colocándose un ligero
Claudia terminando de prepararse. La cita espera en el salón, atendida por su marido.
Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.
A nuestro alrededor, en la barra, en la zona de baile y en otros asientos repartidos por la estancia, la gente charlaba relajadamente. Frente a nosotros, en un sillón de tres piezas, otro cliente tomaba su consumición, un chico alto, atractivo. Claudia, protegida por la pequeña mampara que ocultaba sus ojos, lo observaba tomarse su copa a pequeños sorbos, con total indolencia. Aunque había un hilo de música de fondo, muy suave, se acercó a mi oído para decirme:
―Lleva un rato mirándome.
Mi esposa es una mujer muy atractiva: pelo negro ondulado, muy abundante, ojos azul oscuro, casi verdes, piel blanca, 1'69 de estatura, pechos de tamaño medio, con las areolas pequeñas, como botones, rodeando unos pezones puntiagudos, y un culo de infarto: dos montículos redondísimos, de carne blanca y trémula, que adquirían un ligero aspecto a la piel de naranja cuando estaba de pie, pero que parecían dos manzanas brillantes y pulidas cuando se ponía a cuatro patas.

domingo, 12 de julio de 2020

La chica de enfrente

Imagen erótica de mujer desnuda tras una ventana
Al principio, Ariadna no sabía que yo la estaba espiando desde el edificio de enfrente.
Allí estaba, una vez más, sentada al borde de la cama, en su dormitorio, en ropa interior, velada su figura por una ligera penumbra. Me acerqué un poco más a mi ventana, descorrí ligeramente el visillo e incliné la cabeza hacia el cristal, lo suficiente como para que la luz del exterior, tenue ya a aquella hora de la tarde, bañara sólo un retazo de mi rostro. Entonces, ella gira su cabeza y mira en mi dirección buscando una presencia, algún movimiento, una sombra. Acto seguido, yo di un paso atrás, escapando de su mirada, y esperé, semioculto tras el visillo, que diera comienzo el ritual que Ariadna estaba a punto de brindarme.
Tras estas señales sutiles, ella volvía su cabeza, aparentemente satisfecha, e iniciaba para mí su particular número erótico. La veo alzar muy lentamente una pierna, llevar sus manos al muslo y asir el ribete de encaje de su media, que comienza a quitar con delicadeza, ovillándola poco a poco, estirando la punta del pie en el aire, recogiendo sus dedos y ofreciéndome aquel precioso empeine. Luego, alza la otra pierna y repite la operación, continuando así con su provocador entretenimiento, a su entero capricho, al que yo asistía mudo e indefenso.
Lo hacía todo con parsimonia, dedicándome cada gesto, aunque inexplicablemente jamás hubiéramos cruzado una palabra para alcanzar esta especie de entendimiento por el cual yo asistía a esta suerte de cabaret privado que me ofrecía cada pocos días, a la caída de la tarde.